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La polémica por el estadio para la selección: las mudanzas que alienta un plantel asustado por los fantasmas

Los futbolistas por lo bajo piden jugar en la Bombonera y Claudio Tapia encabeza las gestiones para darles el gusto; la Argentina se detiene en detalles menores mientras la clasificación a Rusia 2018 es todo un interrogante

Lunes 11 de septiembre de 2017
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LA NACION
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Asustado por los fantasmas
Asustado por los fantasmas.

La Argentina quedó eliminada de la Copa América 2011 en Santa Fe. Perdió con Brasil en el Gigante de Arroyito. Paraguay le ganó en el estadio Kempes. Bolivia arañó un empate en La Plata. Del Monumental se llevó su primera victoria Ecuador y Venezuela acaba de robar un punto histórico. En la Bombonera perdió por penales la definición del Superclásico de las Américas con Brasil. Esta cadena de frustraciones está envasada en menos de una década. Si la selección busca inmunidad tendrá que probar en Jupiter o Saturno, por acá agotó el blindaje. No existe protección.

Discutir por el estadio donde se jugará con Perú es ridículo. ¿O funcional al pánico de no llegar a Rusia? Tanto ruido desenfocó lo importante, porque son el juego, la falta de eficacia y los bloqueos emocionales los que dejaron a la Argentina tanteando el precipicio. La AFA se prestó a la parodia y envió a la FIFA una nota pidiendo la autorización de la Bombonera y del estadio de Central, que apenas se agregó para despistar, ya que el 3 de octubre, a 48 horas del partido del año para la selección, recibirá un recital de Aerosmith. Un show que se conoce desde mayo; todos sabían que no se jugaría en Rosario. Sólo interesaba la Bombonera, pero nadie asume la decisión.


El seleccionado de la Argentina tuvo un rendimiento muy irregular como local: sumó 14 puntos de los 24 posibles. Cayó con Ecuador (0-2) y Paraguay (0-1), empató con Brasil (1-1) y Venezuela (1-1) y venció a Bolivia, Uruguay, Colombia y Chile.

La idea de la mudanza es de los futbolistas. Otra vez, porque la localía en estas eliminatorias estuvo atravesada por sus humores. La comedia de enredos comenzó en marzo de 2016, después de perder con Ecuador y empatar con Brasil en River. "Nunca más visitantes en casa. ¿Cómo puede ser? Vamos a Ecuador, a Perú o a Paraguay y nos hacen sentir bien visitantes, acá el rival juega cómodo...", reclamaban. Querían sentirse arropados por un público más cálido. Derrotaron a Bolivia en Córdoba, y a Uruguay en Mendoza. Hasta que el interior comenzó a intuir el derrumbe: los silbidos sellaron la derrota con Paraguay, en Córdoba, y el malhumor con Higuaín, pese a golear a Colombia, en San Juan, terminó con el romance. La vuelta a Buenos Aires estaba en marcha. Pero, ¿en qué cancha sería?

Asustado por los fantasmas
Asustado por los fantasmas.

Los jugadores eligieron la Bombonera. Lo confirmaron públicamente Armando Pérez, interventor de la AFA a través del Comité de Regularización, y el propio Bauza. Luego, el DT debió retractarse para no comprometer a sus dirigidos, que igual ya no lo respetaban. El encuentro con Chile, el siguiente rival, finalmente se jugó en River porque Pérez se los imploró desde los apremios económicos de la AFA. Ganaron y el tema se olvidó. Perdieron en La Paz, empataron en el Centenario, decepcionaron con Venezuela en el Monumental y otra vez la parodia con Rusia tambaleando. Los futbolistas siempre buscaron jugar en la Bombonera. Por estas horas y en voz baja, los dirigentes se atropellan para confirmarlo.

El último partido en la Bombonera, el Superclásico de las Américas ante Brasil, en 2012

¿Por qué prefieren la Boca? ¿Para intimidar al rival? Difícil sostener esa teoría por dos razones. Primero, salvo en alguna plaza del interior, el público de la selección es naturalmente familiar y distante, casi ausente; ese hincha no hará temblar a la Bombonera. Segundo, desconociendo por un instante la descripción anterior, si la búsqueda fuese arrinconar a Perú desde una atmósfera asfixiante, la presión puede ser el peor consejero para un plantel en crisis emocional. De repente, el enemigo puede dormir en casa.

Claudio Tapia, fanático del símbolo selección, válido interlocutor con los jugadores porque ya en los anárquicos tiempos de Luis Segura ponía la cara, estaría dispuesto a concederles la demanda. Porque los dejaría sin excusas ante un derrumbe, sí, pero especialmente porque él está en sus manos. Si la selección no se clasifica al Mundial, la carrera política de Tapia habrá acabado. No podría despegarse de la foto más antipática desde 1969.


La producción como visitante estuvo muy lejos de la ideal: cosechó sólo 10 unidades de 24. Superó a Colombia (1-0) y Chile (2-1), igualó con Paraguay (0-0), Venezuela (2-2), Perú (2-2) y Uruguay (0-0) y perdió ante Brasil (3-0) y Bolivia (2-0).

La determinación no se puede demorar; como máximo, se conocerá este martes en la reunión del comité ejecutivo. Cualquier decisión expondrá a Tapia. Si elige la Bombonera, habrá pérdidas económicas -son casi 13.000 entradas menos a la venta en comparación con el Monumental-, disconformidad de los sponsors y trastornos logísticos. Además, se ampliará la grieta con River, que ya arrastra varias discrepancias con la nueva administración de la AFA. La sombra de Daniel Angelici aparece a cada paso. Y si el último partido como local no se mueve de Núñez, los jugadores rumiarán que no fueron escuchados. Aunque nunca lo dirán.

Después, las miserias ya se ocuparon de salpicar esta historieta. Rodolfo D'Onofrio insiste en cada aparición pública con desempolvar los fantasmas del 69 e instalar la ruindad de la mufa. Desde Boca responden con el torpe infantilismo de ser la única cancha 'libre de descensos'. ¿Sensatez? Ninguna. Combustible ideal para un tema guiado por el disparate.

Mientras, Perú atiende sus intereses. La Federación le comunicó a la FIFA que rechazará jugar en la Bombonera. Aduce dos razones: "Deberán ser estadios inspeccionados y aprobados por FIFA o las Confederaciones", y se apoya en que la Bombonera recibió una suspensión en 2015 por el polémico 'gas pimienta' en el entretiempo del Boca-River por la Libertadores. Perú reclama un escenario con garantías. Y, por otro lado, se aferra al reglamento, que establece que las asociaciones tienen que comunicar la ciudad y el estadio con al menos tres meses de antelación. Envuelta entre miedos y urgencias por su decepcionante marcha en las eliminatorias, la Argentina no necesita nuevos problemas. Pero se los busca con un incomprensible poder de autodestrucción.

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