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8 horas entre oro y plata: un día en la vida de un orfebre moderno

Pedidos insólitos, metales preciosos en frasquitos y detalles que duran siglos en un oficio que pocos millennials eligen

Martes 12 de septiembre de 2017 • 00:10
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LA NACION
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Lisandro Bertero, un orfebre millennial
Lisandro Bertero, un orfebre millennial. Foto: Patricio Pidal / AFV

¿Mancha el oro?, pienso mientras me visto para pasar un día con el orfebre Lisandro Bertero. Elijo un conjunto que me gusta pero que no me muero si tengo que perder y salgo para Colegiales. "Da a la calle", me había dicho Lisandro, y efectivamente: una vidriera nomás lo separa de la vereda. Son las diez de la mañana, el horario en que Lisandro suele arrancar su día en el taller; pide disculpas por el desorden y me muestra las tareas para hoy: una cruz, el cabo de un cuchillo, dos versiones de una hoja que por ahora son como un antes y después: una de las hojas está pintada con delicadeza (esmaltada, es la palabra), en un turquesa con algunos bordes ocres, tornasolados. La otra está en su plateado natural.

Vamos a empezar con la cruz, que todavía es una impresión en un papel. Saca su cuaderno y, entre dibujitos de sus hijos, se encuentra un boceto a lápiz de la misma cruz. "Una clienta me había pedido una cruz moderna, con un diseño moderno pero que estuviera atada, viste, que las cruces van atadas así en el medio", me cuenta, "le hice un dibujo y le gustó. En general dibujo primero a lápiz y después voy a la compu y lo vectorizo, para tener las medidas perfectas. Pero siempre necesitás primero la mano, el dibujo tradicional", explica, "al menos para mí es así".

Fundido a plata

El primer paso, después de que está el diseño, es fundir el metal. Lisandro junta un montoncito virutas de plata sobre una balanza electrónica y mientras pesa me explica que esto que está por fundir es pura, que la vamos a mezclar con un poquito de cobre para llegar a la liga 925. Esos 925 expresan las milésimas de plata que contiene la aleación (las milésimas restantes vendrían a ser el cobre, en este caso). Me pregunta si escuché la expresión "plata de ley" y me dice que se refiere a ligas como estas, plata 999, plata 950, plata 925 y plata 800. Se dice plata de ley porque en ciertos países (en España, por ejemplo, y en Inglaterra, con lo que ellos llaman la plata sterling) te pueden demandar si no sos exacto con la liga. "Los maestros con los que he trabajado usan casi solamente 925 para joyería", me cuenta, "para cuchillos podés usar 900 y para platería criolla, unos estribos por ejemplo, 800. Pero a mí me gusta experimentar".

Lisandro Bertero, un orfebre millennial
Lisandro Bertero, un orfebre millennial. Foto: Patricio Pidal / AFV

Levanta de la mesa la hojita esmaltada: "esta pieza, por ejemplo, tiene dos aleaciones diferentes. Una más pura abajo, 950, porque es más blanca, para que levante los colores del esmalte, y una más dura arriba, 900, para poder trabajar sobre esa cara sin que se deforme". Me dice igual que este invento con plata es una rareza, que él experimenta más con oro, que es más noble y más versátil. Un cliente hace poco le trajo para fabricar unas alianzas un montón de joyas de la familia para fundir. "El asunto es que él quería oro blanco, y lo que me trajo no era oro puro; o sea, quería que fuera oro blanco pero además quería que las alianzas las hiciéramos con sus cosas, con las joyas de la abuela. No era oro 18 que es lo que yo hubiera necesitado, pero le dije 'te lo tomo'". Lisandro hizo oro 14 con paladio, una aleación que se usa para oro blanco. Lo mezcló con una aleación ya hecha y finalmente el color quedó muy lindo, único. "Creo que mi virtud principal es esta, soy flexible. Si me piden algo raro o heterodoxo siempre trato de encontrarle la vuelta, no te digo que no como podría decirte un maestro de vieja escuela", dice Lisandro, que califica como orfebre millennial: es clase 85.

Volvemos a nuestra cruz: Lisandro calienta el fondo del crisol donde vamos a poner las virutas para fundir, porque si está frío y se apoya la pieza al rojo puede hacer una serpentina y escaparse. Un minuto después apoya la plata, y para los que no estamos acostumbrados (el fotógrafo y yo, básicamente) es un espectáculo bellísimo. El fundido no es parejo: Lisandro nos señala los lugares en los que las partes se juntan primero, donde la aleación de plata y cobre se está formando más rápido. Usando todavía el soplete de oxígeno, Lisandro mezcla en la plata nitrato de potasio, una sal que oxida metales innobles como el plomo: de esa manera se asegura de que no entren en la aleación. Luego vuelca todo en la lingotera. "Le puse aceite para que corra más rápido y ahora lo tengo que quemar para limpiarlo", sigue explicándome, y luego de aplicar algo más de calor sumerge la pieza en un potecito que explica las salpicaduras de su delantal oscuro y que responde a la primera pregunta que me hice hoy cuando me levanté: el oro no mancha, pero los líquidos que se usan para trabajarlo sí. "Esto es Harpic", me dice con una sonrisa, y sigue hablando de sus experimentos: una vez se quedó sin ácido clorhídrico y decidió ir al supermercado a mirar los ingredientes de los productos de limpieza. Está siempre buscando productos comerciales para evitarse el viaje a la droguería.

De herencias, caprichos y ladrones

Lisandro Bertero, un orfebre millennial
Lisandro Bertero, un orfebre millennial. Foto: Patricio Pidal / AFV

Antes de arrancar a trabajar sobre el cabo de un cuchillo Lisandro junta la limadura de plata que quedó en la mesa; en este oficio no se desperdicia nada. Cada cuatro o cinco años manda un frasco de limadura a fundir y así obtiene plata nueva; tiene otro igual, de oro, bastante menos lleno. "Yo laburé en muchos talleres y hay cada historia", me cuenta Lisandro, "Gente que se llevaba oro en el pelo, o pegado en la suela del zapato. Trabajé un tiempo haciendo lapiceras en Antonio Belgiorno, ahí, por ejemplo, escuché de todo". Lisandro toma la medida del tamaño de la hoja y la corta con cuidado; a partir de ahora, dice, "es todo a mano, trabajo de chapista", queriendo decir que lo que queda es más fuerza que delicadeza. Aprovecho que tiene la atención libre para preguntar por esos talleres en los que trabajó, o más bien: ¿cómo llega un muchacho de su edad a interesarse por la orfebrería, y cómo logra iniciarse en el oficio? La respuesta es mitad predecible y mitad sorprendente.

El padre de Lisandro es un orfebre muy conocido, salteño como él, que tuvo su momento mainstream el año pasado, cuando fabricó el accesorio que llevaba Isabel Macedo en el cinturón de su vestido de casamiento. Pero Lisandro no pisó el taller de su papá hasta los 19; empezó haciendo mandados, que liijame este cuchillo, que mirá lo bien que te quedó, y se enganchó. "Fue un tema cuando dejé la carrera para dedicarme a esto", cuenta Lisandro, que en ese momento estudiaba ingeniería, "mi viejo me decía 'vos querés hacer esto pero vas a estudiar', decía mi viejo, y ahora pienso que podría haber hecho las dos cosas, pero me copé más con esto". Igual sí estudia, Artes Visuales en la UNA. Y para aprender trabajó con los mejores: Jorge Pablo Pallarols, Fabián Nanni, Patricio Draghi, Armando Ferreira (que le devolvió un favor a su padre, que le escribió una carta que Ferreira perdió para tomar clases con él y años después cumplió con el hijo) y más.

Lisandro Bertero, un orfebre millennial
Lisandro Bertero, un orfebre millennial. Foto: Patricio Pidal / AFV

"Estas dos piezas tienen que quedar enfrentadas", me dice volviendo al cabo de cuchillo, que se hace por mitades. "Una vez que lo enfrentás, si no queda perfecto una vez que limes un lado te va a quedar siempre más finito", me explica, al tiempo que ata bien fuerte las dos piezas para que no se abran con el calor cuando las suelde. "¿Y si pasa eso no tiene arreglo la pieza, no? Tenés que ser muy cuidadoso", le pregunto, y se ríe de mi alarma. "Todo tiene arreglo", contesta tranquilo, "salvo una impureza con plomo, algo muy innoble, casi todo se arregla, y si no, fundís y vas de vuelta". Empiezo a entender que la orfebrería no es, como pensaba cuando llegué, un trabajo para obsesivos, sino tal vez todo lo contrario: un oficio para buenos temples, para los que no se angustian con la imperfección y el error. "Yo soy muy torpe, me equivoco mucho, te digo: este oficio es para cualquiera que tenga la paciencia".

Suelda el cabo con rapidez, usando soldadura dura, que es la mejor para que no se vea la costura; mientras, me pasa otro cuchillo que terminó ayer para que vea cómo tiene que quedar. Un cliente vio en un museo un cuchillo que era de Rosas y le pidió una réplica exacta, así que Lisandro fue a verlo al museo, chequeó las medidas en el catálogo y se puso a trabajar, no sin antes aclararle a su cliente que igual igual no iba a quedar porque son manos distintas. Le pregunto si es frecuente que le salgan con pedidos así de raros, y contesta que sí: ahí mismo tiene un molde de cera, un torito que le encargó un cliente bolsero que quería un toro como el de Wall Street pero que fuera diferente, "su propio torito", así que le tuvo que ofrecer varios diseños. A todo esto, ya estamos listos para rescatar a la cruz del Harpic, y yo me muero de hambre. "¿No almorzás?", le pregunto disimulada. "No, me quedo dormido. Sigo derecho hasta las 16 que me voy a buscar a los chicos al colegio".

Lisandro Bertero, un orfebre millennial
Lisandro Bertero, un orfebre millennial. Foto: Patricio Pidal / AFV

Trabajo fino

La cruz ahora tiene que ir a la laminadora, y Lisandro aprovecha para mostrarme bien la máquina. "Es como una pastalinda", compara, y señala los distintos rodillos, que, igual que en la pastalinda, producen formas diferentes. "Con este hago alambres, chapas y alianzas", explica mostrando los rodillos de los costados, y cepilla la cruz para sacar el sobrante de ácido. La cruz se lamina en el rodillo del medio. "Esta máquina es muy cara. Esta es italiana pero por suerte ahora se fabrican en Argentina porque el oficio se extendió, y son buenas las nacionales", me cuenta. En general es caro el oficio, dice Lisandro, es caro empezar, ante todo, por las máquinas y por las clases también, pero la generación actual de orfebres, de la que habla con mucho cariño ("antes los maestros no se pasaban ni un consejo entre ellos; nosotros, menos los clientes, compartimos todo"), está queriendo cambiar eso. Con el apoyo de un Mecenazgo del GCBA armaron una beca para que un grupo de principiantes pudiera estudiar un año entero de forma completamente gratuita, sin pagar ni siquiera materiales. Cuando la cruz sale de la laminadora Lisandro descubre que tiene una impureza; primero la golpea a ver si sale, pero sigue ahí. "Ni te preocupes", me dice él a mí, "la cruz va con el hilo en el medio, ¿te acordás? Y soldadura. Todo eso me va a tapar la impureza".

Esperamos que la cruz se enfríe. Lisandro la tiene que probar con el dorso o en la uña, porque tiene la mano demasiado curtida; para cuando sienta el calor ya va a haber olor a piel quemada. Ahora viene el calado, el trabajo más preciso: pega el dibujito vectorizado que me mostró al principio sobre la plata y se pone a calar, siempre por afuera de las líneas. "Ves, esto me lo mostró un compañero de trabajo de lo de Patricio Draghi: al dibujo hay que ponerle plasticola abajo pero también arriba. Un día caminando a la noche por la calle y mirando a los changos se dio cuenta de que los carteles de los políticos se pegan de los dos lados, así que ahora ponemos plasticola de los dos lados y se nos despega mucho menos", me muestra, y se ríe, "en esas cositas se nos va el trabajo". Ahora, a limar los bordes: lo que no se pudo hacer bien con el calado se resuelve con la lima. Este es el laburo de joyería más fino: limar, remachar y decorar el remache.

Lisandro Bertero, un orfebre millennial
Lisandro Bertero, un orfebre millennial. Foto: Patricio Pidal / AFV

"En platería podés dejar el remache. En joyería es otro lenguaje, si dejas el remache tiene que ser un remache que decore. Yo trato de hacer la platería con lenguaje de joyería, y un poco también joyería con el lenguaje de la platería: así trabajaba Draghi", dice, y se pone el barbijo para pulir, que de aspirar vidrio los orfebres viejos están todos enfermos. Ni bien termina entra una transeúnte curiosa, a preguntar si es un taller de alfarería; dice Lisandro que pasa seguido. A veces consigue clientes; otras le pasan cosas raras, como cuando una mujer pensó que se trataba de un taller de costura, dejó una bolsa de zapatos sin preguntar y encima se enojó cuando volvió a la semana y no se los habían arreglado.

Lo único que me queda por ver de lo que hay para hacer hoy es un esmaltado, con la hojita de plata del principio. El fotógrafo ya se fue, así que no va a salir, pero yo lo quiero ver; además, Lisandro me dice que ya casi nadie hace ese trabajo. Mezcla los polvitos y me explica cómo funcionan los colores, cuáles pueden ir directo sobre el metal y cuáles tienen que ir sobre otra capa para no amarronarse. "Es lento este trabajo, vos ya has visto", dice como disculpándose mientras aplica los bordes ocres de la hoja con un pincelito minúsculo, "uno de mis colegas, de Olavarría, contaba que había dado una muestra en Capitán Sarmiento y decía que lo aplaudían cuando cincelaba. Y todos le decíamos, ¡pero qué verso! Esto es una cosa muy tediosa, nadie te aplaude por cincelar, no es como un dibujante que en tres garabatos te armó una figura", sonríe. Le quiero decir que es un poco lo que vine a buscar, pero suena a esnobeada periodística, y ya es casi hora de irse, mejor lo dejo terminar. "Quedaron re parecidas", le digo, mirando la que ya estaba hecha. "Por suerte nunca quedan iguales", me contesta él.

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