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¿Del trabajo a casa y de casa al trabajo?

Valentín Muro

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PARA LA NACION
Martes 12 de septiembre de 2017 • 00:40
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Es particularmente incómodo escribir acerca del trabajo en un contexto de desocupación. Nunca hubo ocupación plena. Aún así, escribir acerca del trabajo nos pone frente a una paradoja: quienes no lo encuentran, sólo quieren trabajar, y quienes trabajan, por algún motivo, odian su trabajo. O, al menos, esto último es lo que nos acostumbramos a escuchar, rara vez cuestionando el axioma.

Muchas veces el trabajo parecería ser eso que hace posible pagar las cuentas para luego hacer lo que realmente queremos hacer. Es aquel mal necesario que eventualmente dejaremos atrás cuando podamos retirarnos, ganar la lotería, encontrar un tesoro submarino, o lograr ser adoptados por un mecenas que se preste a financiar nuestros proyectos creativos.

Cuando en 1999 salió la película "Office Space" se la consideró un fracaso. Incluso Mike Judge -conocido por Beavis and Butt-Head, King of the Hill y más recientemente Silicon Valley de HBO- pensó que había sido un error en su carrera. Fue recién años más tarde que la película se volvió un clásico, primero entre contadores y luego entre el público general, que alienado por su día a día laboral vio en su trama un escape al hastío del trabajo.

En la película, Peter -el protagonista- se ve presionado por su novia para ir a una dudosa terapia de hipnosis que se supone va a reparar su relación. Llegado el momento, Peter le ruega al hipnotizador que le ayude a volver del trabajo todos los días convencido de que ha estado todo el día pescando. En el medio de la terapia, el hipnotizador muere y Peter queda atrapado en su hipnosis. Empieza a llegar a la oficina a las 2 de la tarde en sandalias, destruye su cubículo, insulta al jefe y termina admitiendo: "no es que sea vago, es que realmente no me importa". Inmediatamente sube en la escalera corporativa.

La película, redescubierta cada varios años, sigue resonando. Quizá es porque atiende la disonancia cognitiva que nos genera vivir en un mundo que contrasta la oferta de herramientas para flexibilizar la organización del trabajo con el absurdo requerimiento de cumplir con horarios de trabajo propios de la revolución industrial. Esto se vuelve aún más acuciante cuando se trata de trabajo creativo: es irrefrenable la sensación de que este puede acotarse de 9 a 18, entonces, parecería verse reforzada simplemente por el reconocimiento de que hay otras posibilidades.

"El horario de oficina es barbárico", dijo hace algunos meses en Berlín el autor de "Generación X", Douglas Coupland. "Realmente creo que un día vamos a mirar los horarios de oficina que tenemos ahora y nos va a dar la misma impresión que el empleo infantil del Siglo XIX. En el futuro no habrá horarios así. El día estará intercalado con otras partes de la vida y manejar la agenda será pura improvisación." Incluso si su futurismo es errado, son exactamente estas sospechas las que juegan en nuestro rechazo al horario de oficina. Conociendo otras posibilidades para organizar el trabajo, ¿por qué cumplimos horario como en la fábrica?

La desestructuración del horario laboral de la que hablan Coupland y otros, sin embargo, también tiene sus consecuencias indeseadas, aunque quizá manejables. La disolución de los bordes entre el horario de trabajo y el de ocio tiende a caer en la conexión permanente y la falta de descanso, antes que en unas constantes vacaciones. Pero que el horario de oficina sea un importante campo de disputa no debe hacernos creer que es, en efecto, el mayor problema para la "felicidad laboral". No cuesta imaginar que si en el trabajo hiciéramos algo significativo para nosotros, ir a la oficina probablemente no sería tan grave, aunque aún queda el asunto de las reuniones. Al respecto, Coupland concluye "me encantaría decir que en el futuro no habrá más reuniones, pero siempre habrá reuniones".

El trabajo no es sólo cumplir horario a cambio de dinero para luego hacer lo que queremos. O, al menos, hay motivos muy interesantes para no caer en esa trivial definición. "Como pasamos nuestros días es, por supuesto, como pasamos nuestras vidas", dice la escritora Annie Dillard. Franquear esta distancia entre la vida y el trabajo-entendidos como opuestos-es lo que genera la figura del "amateur". Esta figura, que fácilmente se nos hace mítica, no es el aficionado, sino aquel que ama lo que hace. Este es el perfil que debería buscarse cultivar.

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