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Conspiraciones, corrupción y cambio climático

Martes 12 de septiembre de 2017
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Miami, Florida
Miami, Florida. Foto: AFP / Joe Raedle

NUEVA YORK.- Tras la devastación del huracán Harvey tras su paso por Houston -una devastación perfectamente en línea con las predicciones de los meteorólogos-, lo esperable era que todos prestaran mucha atención cuando los expertos advirtieron sobre el peligro que implicaba el huracán Irma. Pero no fue así.

El martes, Rush Limbaugh acusó a los climatólogos de inventar la amenaza de Irma por razones políticas y financieras: "Hay una intención de impulsar esa agenda de cambio climático, y los huracanes son la forma más rápida y efectiva de hacerlo", declaró Limbaugh. Horas después evacuó su mansión de Palm Beach.

De alguna manera deberíamos agradecerle a Limbaugh, al menos por haber introducido el tema del cambio climático y su relación con los huracanes, aunque más no sea porque es el tema que el gobierno de Trump intenta esquivar con desesperación. Scott Pruitt, director de la Agencia de Protección Ambiental y muy amigo de los contaminadores, por ejemplo, dijo que no es momento de tocar el tema, y que hacerlo sería "insensible" para con el pueblo de Florida.

Es cierto que no hubo muchas otras personas influyentes que hayan rechazado específicamente las advertencias sobre el poderío destructor de Irma, pero negar la ciencia y acusar a los científicos de corrupción y motivaciones políticas es el modo de operar estándar de la derecha norteamericana. Cuando Donald Trump declaró que el cambio climático era un "fraude", simplemente expresaba el pensamiento de un republicano cualquiera.

Y gracias a la victoria electoral de Trump, los conservadores negacionistas y anticiencia actualmente gobiernan Estados Unidos. Casi todas las figuras importantes del gobierno de Trump que se ocupan del medio ambiente o de la energía pertenecen al establishment republicano y además son negacionistas del cambio climático y de la evidencia científica. Y el negacionismo climático, casi sin excepciones, incluye teorías conspirativas como la de Limbaugh.

En todo caso existe un consenso científico abrumador sobre el efecto de la actividad humana en el calentamiento del planeta. Cuando los políticos y gurús conservadores desafían ese consenso, no lo hacen tras sopesar concienzudamente la evidencia, sino cuestionando el móvil de miles de científicos de todo el mundo. Según ellos, todos esos científicos, motivados por la presión de sus pares y a cambio de retribuciones financieras, estarían falsificando datos y ocultando cualquier opinión en contra.

¿Por qué esa obsesión de los conservadores norteamericanos con descreer de la ciencia y comprar cualquier teoría conspirativa berreta sobre los científicos? Parte de la respuesta es que forman parte del mecanismo de protección: en su mundo, las cosas funcionan así.

A algunos republicanos desilusionados les gusta hablar de una edad de oro del pensamiento conservador, que habría ocurrido en algún momento del pasado. Esa edad de oro nunca existió. Sin embargo, al menos hubo un tiempo en que los intelectuales conservadores tenían ideas interesantes e independientes. Pero esos días quedaron en un pasado remoto.

Y los políticos de derecha acosan y persiguen a los investigadores reales, cuyas conclusiones no son de su agrado, una embestida que se ha redoblado desde que Trump ocupa el poder. El gobierno de Trump es desorganizado en muchos frentes, pero es sistemático en desacreditar a los científicos del clima y sus evidencias cada vez que puede.

Como dije, cuando personas como Limbaugh imaginan una gran conspiración progresista para fomentar falsas ideas sobre el cambio climático y acallar la verdad, para ellos tiene sentido, en parte porque eso es lo que hacen sus amigos.

Pero también les parece que tiene sentido porque los conservadores se han vuelto cada vez más hostiles hacia la ciencia en general. Las encuestas realizadas desde la década de 1970 revelan un marcado y sostenido declive de la confianza de los conservadores en la verdad científica, un declive con claras motivaciones políticas, porque la ciencia nunca dejó de trabajar.

La conclusión es que hoy nos gobiernan personas que no sólo reniegan de la comunidad científica, sino también de la idea misma del pensamiento científico: que el modo de entender el mundo es a través de una evaluación objetiva de la evidencia disponible. Y esa ignorancia deliberada y contumaz es profundamente aterradora. De hecho, hasta podría destruir la civilización.

Traducción de Jaime Arrambide

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