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La maravilla del arte

Martes 12 de septiembre de 2017
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Ese día, el micro llegó un poco tarde. Los chicos eran alumnos de una escuela de Villa Soldati y venían al Centro Cultural San Martín a ver una proyección de cine. Al avanzar sobre la 9 de Julio, un grupito pidió por favor detenerse. Era la primera vez que tenían el Obelisco ahí adelante, en vivo y en directo, todo para ellos. Querían bajar, un ratito nomás. Tomarse fotos.

Hugo Salas sonríe al recordar la anécdota. Como otros críticos y especialistas en cine, teatro y danza, forma parte del programa Formación de Espectadores, una muy interesante aunque poco conocida iniciativa que, desde 2005 y promovida por el Ministerio de Educación del gobierno de la ciudad, acerca a chicos de escuelas medias al universo de las pantallas y los escenarios. Esta mañana de septiembre, quienes descienden -a horario- por las escaleras mecánicas del espacio multimedia del San Martín son alumnos de la escuela Lola Mora. Bulliciosos, pero no tanto; adolescentes a pleno: hay que ver lo radiante de la chica de pelo azul, el tenue desafío de la que lleva un corte a lo punk, el pibe con gorrita y visera. Tan explosivos, tan bellos, tan airadamente vulnerables.

La mirada se les hunde en la estructura vidriada concebida hace por lo menos cuatro décadas por Mario Roberto Álvarez, y creo entenderlos. Yo también pisé por primera vez este edificio de la mano de la escuela. Y el Cervantes. Y tiempo después, guiada por un cartelito pegado en un pasillo del CBC, el Centro Cultural Rojas. Fue acceder no sólo a la maravilla del arte en acción, sino también a la ciudad: porque qué es habitar un lugar si no sumergirse con toda la intensidad posible en el pulso que le imprimen quienes hacen cultura.

"Los jóvenes quieren las complejidades de la vida que muestra el buen arte porque eso los interpela, como a cualquier adulto", escribe Ana Durán en Nuevos públicos. Artes escénicas y escuela (Leviatán). Creadora, junto a Sonia Jaroslavsky, de Formación de Espectadores, Durán destaca que actualmente, en medio de una oferta cultural fragmentada, "los jóvenes de los diferentes barrios de las escuelas públicas no tienen tendencia a salir de sus territorios". De allí, una vez más, la importancia de la escuela como puente. Y su papel en la transmisión de rituales que sólo en apariencia resultan ser obvios.

"Ya saben, chicos. Lo primero: apagar los celulares." En el cine del Cultural San Martín la función está a punto de comenzar. A cargo de la experiencia, Salas y Florencia Feijóo recuerdan las reglas: habrá silencio, habrá oscuridad; no habrá bebida, no habrá comida. A olvidarse del pochoclo. "Es un cine en el que tenemos que estar concentrados", insisten. Los pibes acatan, al tanto de que no verán un film "para adolescentes", sino cuatro cortometrajes experimentales que no les plantearán nada sencillo, ni pasteurizado, ni inscripto en la currícula escolar. Están aprendiendo a degustar otros sabores, y de eso se trata el programa: en cine, los introduce en un mundo audiovisual de tiempos y relatos rotundamente diferentes de los que frecuentan los "tanques" cinematográficos o el vértigo de los videojuegos; en teatro y danza, los lleva a las salas de la producción independiente con su lenguaje disruptivo, su desenfado, su modo de indagar en zonas conflictivas o inquietantes.

Como suele ocurrir, lo primero en caer son los preconceptos. Del lado de los alumnos, la idea de que ciertas experiencias son sólo "para gente culta", o gente mayor, o gente de ciertos barrios. Del lado de los docentes, descubrir, en ese movimiento perpetuo que es el vínculo con los chicos, que no hay nada escrito de antemano.

"Trabajamos con cortometrajes porque descubrimos que les calma la ansiedad", comenta Salas. Y agrega, con una sonrisa: "Aunque el largometraje que mejor funcionó fue La angustia corroe el alma, de Fassbinder".

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