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“Polvorita” Gómez, en el Día del boxeador

Ezequiel Fernández Moores

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PARA LA NACION
Miércoles 13 de septiembre de 2017
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"Morir sin sentido/escuchar el vacío, la nada”. José Antonio “Polvorita” Gómez boxeó en los ’80 contra campeones mundiales como Gustavo Ballas y Santos Laciar. Ahora, domingo de lluvia, lee sus poemas en la Biblioteca Rivadavia, de Villa Ballester. Escuchan sus profesores, gente de la zona y algunos pibes del barrio Villa Hidalgo, José León Suárez profundo, donde él creció. Todos en contra de la baja de imputabilidad a los menores. “Nos dejaste tus versos”, sigue “Pólvora”. Está leyendo el poema que dedicó a Delfina Goldaracena, alumna de 16 años que murió en 2006 en la tragedia del Colegio Ecos. Juan, su padre, llora entre los asistentes. El poema también es un agradecimiento a la madre de Delfina, Cristina Domenech, la profesora que cambió su vida en el Taller de Poesía Rodolfo Walsh, en la Unidad 48. San Martín es la última prisión. Antes, entre otras, pasaron Rawson, Chaco, Mercedes, Devoto y Ezeiza. Más de veinte años preso. Pólvora ahora está libre.

"Polvorita" Gómez, los guantes y la poesía
"Polvorita" Gómez, los guantes y la poesía.

“Sostengo el abismo”. Su presencia podía ayudar a evitar “peleas a muerte” en el pabellón “Cachivache”. Lo respetaban, me dice Pólvora, porque había llegado “a lo máximo; robar bancos, blindados, golpes comando, armas de guerra, cosas que uno hace cuando no sabe”. “Lo que sirve –dice otro poema– es mentira”. Cuando fue al gimnasio por primera vez, en su Salta natal, Pedro Arias, entrenador, lo reconoció como hijo de Kid Viejita, su padre boxeador, que llegó a pelear contra Pascual Pérez. “Pregunté cuánto pagaban. «Tres millones», me dicen. Eran billetes rojos. «¿Y con eso cuánto como?». «Una semana». «Entonces peleo mañana mismo». Así empecé. No me importaba la fama, peleaba por necesidad”. Recuerda orgulloso que Osvaldo Príncipi lo entrevistó antes de la pelea con Ballas en Tucumán. “Le dije que le iba a romper la cabeza”. Lo tiró, pero Ballas, como Laciar, le ganó por puntos. Pólvora, que cayó preso por primera vez siendo amateur, me responde que no le importaba recibir piñas. “Acostumbrado –dice- a que en la cárcel me caguen a palos”.

“No tengo tristeza. Sólo tu recuerdo”, le escribe Pólvora a Selva, su mujer de toda la vida, madre de sus cinco hijos, que murió en 2001 a los 41 años en un accidente de tránsito, cuando iba a verlo a la prisión. “Se siente la nada que corrige el silencio del tiempo”. Pólvora, 61 años, escribió su primer poema en 2012. Domenech lo convenció a que completara el secundario para inscribirse en el Centro Universitario de la Universidad de San Martín (CUSAM). “Yo iba pero para descansar y Cristina me decía que igual tomara hoja y lapicera. Y le agarré el sabor a la lapicera”. Sociología cambió su personalidad. “¿Y el clic?”, le pregunto. “Cuando empecé a estudiar Filosofía. Me impactó el descifrar lo que uno hace. La Filosofía pregunta, uno tiene que buscar el porqué y ahí me di cuenta de que había hecho todo mal”. Me cuenta que tiene “como catorce diplomas”. Antes de dejar la prisión, donde era gran cebador de mate, recibió una medalla, elegido como mejor compañero y mejor alumno. La dejó colgada en el Centro de Estudiantes del Taller de Poesía.

“El que lee el poema que escribió se reconstruye”, dice Cristina el domingo. Le escribió un poema a Pólvora. “¿Por qué nunca tiró la toalla? ¿Podrá sanar lo que queda herido?” Le pido su mirada a Salvador Ture, director de Ediciones Lamás Médula, que publicará el libro de Pólvora en unas semanas. Me habla de “los que tienen y los que no tienen”. De los que están en la lona pero deciden levantarse antes de que la cuenta llegue a diez. Y cita un proverbio chino. Que la pobreza acaso podrá hacer ladrones. “Pero el amor hace poetas”. A Pólvora le gusta Borges. Se identifica con “Los Nadies”, el poema de Galeano que habla de “los que no tienen nombre, sino número”. Pólvora escribió detrás “de las rejas que dudan de todo y nunca terminan”. De los días oxidados. Desde el silencio incierto. Que “tiene calma” o “desespera”, pero que “siempre tiene respuesta”. “Nunca más días oscuros. Nunca más”.

Al campeón irlandés Barry McGuigan le preguntaron una vez por qué boxeaba. “No podía ser poeta”, respondió. Muhammad Alí fue boxeador y poeta. Arhur Cravan, suizo provocador, casado con la poetisa Mina Loy, publicó la revista Maintenant y peleó en 1916 en La Habana contra Jack Johnson, primer gran campeón pesado negro. Ringo Bonavena fue filósofo de Parque Patricios. Hay que escuchar a Sergio Víctor Palma. Una jornada reciente en la Biblioteca Nacional recordó, entre otros, el pasado boxístico de Cátulo Castillo (campeón nacional pluma) y de Celedonio Flores, célebres letristas y compositores de tango, poetas intensos. Pólvora, que ahora está leyendo a Ana Frank, escribió en la cárcel. “Más que el mensaje del poema –me dice Rodrigo– me interesa saber qué está queriendo decir y noto que encuentra para con él mismo una reflexión muy profunda del recorrido de su vida”. Rodrigo, estudiante de sicología, es el menor y tiene 27 años. Los hijos de Pólvora están grandes. Ya hay una decena de nietos. El futuro, como todo, puede ser incierto. La adaptación, la búsqueda. Mañana se celebra el Día del Boxeador. Le pregunto a Pólvora y ahora qué. “Ahora –responde al toque- soy escritor”.

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