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Mi 11 de septiembre

Camila Bretón

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PARA LA NACION
Martes 12 de septiembre de 2017 • 20:25
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El 11 de septiembre de 2001 estaba en Marbella, España, tenía 19 años y hacía 8 meses que estaba viajando por Europa con Lucila, una amiga de la infancia. Vendíamos collares de mostacillas en ferias y playas mediterráneas.

Llegamos a Málaga, en Andalucía, en agosto de ese mismo año. Miguel, mi tío, nos fue a buscar a la terminal y nos llevó a su casa, a pocas cuadras de la playa. Casi no nos conocíamos. Él vivía en España hacía más de 30 años, estaba separado y el único recuerdo que yo tenía del hermano de mi padre era de algunos años atrás, cuando había ido de visita a Buenos Aires.

Pero con los días fuimos entrando en confianza. Miguel era un cuarentón mujeriego, de ojos azules, siempre bronceado, con un Marlboro entre los dedos y un BMW de 1990 venido a menos. A Miguel le gustaba salir de bares, tomar vino, gintonic y, de vez en cuanto, fumar hachis. Trabajaba poco. Administraba un edificio y hacía tiempo que, gracias a un conocido en el ayuntamiento, cobraba el seguro de desempleo. O eso era lo que decía para justificar tanto tiempo libre.

Era difícil creerle algo a Miguel porque nunca hablaba en serio. A cada lugar adonde nos llevaba- era y es un excelente anfitrión- nos presentaba como: "Mi novia y una amiga". Y luego reía, sin decir cuál era nuestro verdadero parentesco.

Fue allí donde aquel 11 de septiembre de 2001 me desperté con el sonido del televisor y ví lo que, por unos segundos, pensé que era una película de ciencia ficción. La imagen se repetía una y otra vez en la pantalla: un avión se estrellaba contra el primero de los edificios más altos de New York y algunas personas, entre el fuego, el humo y los vidrios rotos, saltaban desesperadas al vacío. Miguel estaba sentado en el sofá, con su bata color bordó, mirando la tele sin hablar. No reía, no hacía chistes, no había ironía en sus palabras. Nos dijo que su primo Pedro -o sea mi tío segundo-, alguien que yo solo conocí de nombre, trabajaba en ese edificio. Que había intentado llamarlo pero las líneas estaban colapsadas. Nos contó que hacía tiempo que no lo veía pero que habían compartido gran parte de su infancia juntos.

Recuerdo aquel 11 de septiembre con mucho cariño. Los tres en piyama, tomando café, fumando, apretados en ese sillón pequeño frente al televisor. Estuvimos así todo el día, hasta que al anochecer llamó mi abuela desde Buenos Aires y nos contó lo único que sabía: ese día, Pedro, había salido temprano de su casa, camino a la oficina. Después nadie había podido comunicarse con él. Su mujer y sus hijos estaban bien, esperando que alguien llamara y les avisara que estaba vivo, que se había salvado. Pero eso, después lo supimos, nunca pasó. Lo que hay, lo que quedó, es su nombre grabado en bronce en el 9/11 Memorial, donde antes estaban las torres.

Con Lucila nos fuimos de Marbella un día de octubre, rumbo a Madrid. Y la realidad es que nos quedamos en su casa mucho más tiempo de lo que él hubiese querido. Desde entonces a Miguel lo ví muy pocas veces. Mi abuela me cuenta que la llama, siempre tarde "y viste cómo es, no se puede hablar en serio con él".

Desde aquel viaje, con Miguel nos mandamos mensajes para nuestros cumpleaños. Yo suelo decirle que tenga cuidado porque, en cualquier momento, vuelvo a instalarme una temporada en su casa. Y él siempre me contesta lo mismo: que ni lo piense.

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