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Elogio de la frustración

En un clima de pesimismo como el que hay a veces en nuestro país, se vuelve difícil aceptar que los logros llevan su tiempo

Miércoles 13 de septiembre de 2017
PARA LA NACION
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Alguien por allí dijo que querer es poder, que "el cielo es el límite", y que tener determinación y estar de verdad convencido de lo que se desea es lo que hace que alcancemos los propios sueños y lleguemos al éxito anhelado.

El problema es que eso no es verdad. Querer no es -necesariamente- poder y, a veces, decidir emprender un camino con total convicción no garantiza el arribo triunfante a aquello que definimos como meta.

Foto: LA NACION

Nuestros deseos no son órdenes. Sabemos que no podemos imponer sin más a la realidad aquello que nuestra mente diseñó, más allá de que a veces nos gustaría que así fuera. Ese "mundo externo" con el cual jugamos el juego de la vida nos dice permanentemente que no estamos solos y que debemos negociar con las circunstancias para ir generando un destino.

Cuando nos damos cuenta de esos límites y se nos hace claro que no somos dioses que pueden crear realidades con sólo desearlas, nos frustramos y allí, por esa frustración (y gracias a ella), empieza toda una historia que pondrá en juego la madera de la que estamos hechos.

Queremos todo ya, a un clic. Esto es así a pesar de que hay parte de la población que vive de frustración en frustración, en ocasiones, de manera terrible. Es la paradoja de hoy: vivimos como sociedad soportando frustraciones a veces profundas, como la incapacidad de algunos de conseguir alimentos para los hijos o abrigo cuando hace frío, mientras, por otro lado, esa otra parte de esa misma sociedad está signada por el hecho de que no se soportan esos segundos en los que el auto de adelante se demora en arrancar en un semáforo, el hijo no entiende "de una" lo que tiene que estudiar, o el tiempo para que se abra la pantalla de la computadora va más allá del segundo.

En general las cosas de la vida requieren un proceso para desarrollarse, por eso conviene tener algo de paciencia y tolerancia a la frustración, ya que sólo así se podrá soportar que la consumación del deseo no llegue enseguida o nunca llegue. Si no se logra esa aceptación de la frustración como parte de la vida seremos inmaduros, prepotentes, pretenciosos y quizás algo resentidos, además de ser proclives a las manipulaciones de aquellos que venden buzones de felicidad al instante y sin esfuerzos.

Claro está que la tolerancia a la frustración no es sinónimo de resignación. La "maldita frustración", cuando es aceptada primero, y luego, transitada con valor, resiliencia, sabiduría y algo de suerte, puede generar situaciones conmovedoras y poderosas que hasta pueden cambiar la historia. Es que, si bien no podemos abolir la imposibilidad como categoría, sí es factible expandir los territorios de la posibilidad. El hombre propone, pero la vida dispone. Sobre eso que la vida dispuso, el hombre vuelve a proponer con tenacidad creativa, y así siguen las cosas.

Querer no es poder, pero es un "ir pudiendo", así, en clave de gerundio. Un ejemplo del caso es lo que ocurrió con Fernando Parrado y Roberto Canessa, los sobrevivientes de los Andes, quienes frente al escollo de un valle eterno y nevado, y una barrera insalvable de montañas, emprendieron su camino para ir llegando lo más cerca posible a su meta: encontrarse con los suyos. No perdieron mucho tiempo peleando contra la realidad, sino que focalizaron en su deseo más profundo y emprendieron el camino.

Claro que la frustración podrá ser "buena" (si "bueno" es lo que se hace con ella), pero no siempre lo son los "frustradores". Es diferente aquel que frustra al otro a partir de un límite sano, como un padre que manda a dormir al hijo porque mañana hay que ir al colegio, o un juez justo que sentencia al transgresor de la ley, que aquel ladrón que frustra al otro robándole sus ahorros, aquel empleador que genera condiciones laborales indignas a sus empleados, o el funcionario que gestiona con negligencia criminal sus responsabilidades para con los ciudadanos. El que se pueda aprender y crecer gracias a las frustraciones, no exculpa a quienes se dedican a frustrar al prójimo desde la crueldad o la mezquindad.

Los psicólogos suelen decir que de una frustración vivida en la primera infancia nace el psiquismo. Se debe a que, de la elaboración que debe hacerse cuando el primer impulso del deseo se frustra, nace la capacidad de crecer, pensar, vincularse con los otros y ahondar en las propias capacidades para forjar así lo que luego será un ser social que puede trascender lo impulsivo. De hecho, el ombligo que todos portamos de manera inexorable es la marca de la primera frustración, aquella que nos desterró del Nirvana amniótico de nuestra madre, para abrirnos a un mundo en el cual impera la ley de gravedad y la necesidad de respirar para vivir. Habrá sido dura aquella frustración de salir de un mundo tan placentero, pero abrió camino a una nueva etapa.

Digamos también que los problemas que hoy rondan a adolescentes y jóvenes tienen que ver con una dificultad para vivir la frustración de manera fecunda. El discurso irresponsablemente descorazonado que se ha hecho carne en la cultura nacional (sobre todo urbana) desde hace tiempo ayuda a que la frustración se viva como una inexorable amputación de horizontes, lo que lleva al desesperar de todos, en particular, de los más chicos. Habría que preguntarse si la idea de "no sé lo que quiero, pero lo quiero ya" no es el deseo de "por lo menos" tener una satisfacción hoy, ahora, dado que el mañana viene (suponen) con frustración incorporada y sin apelación posible.

La frustración que significa que las cosas lleven su tiempo, en un clima de negativismo como el que habita en muchos circuitos de nuestro país, ayuda a que sea muy dificultoso para un chico entender que tiene que hacer las cosas paso a paso y respetando ciertas leyes para acceder al logro.

Autores como Viktor Frankl basaron gran parte de su obra en encontrar el sentido profundo de la frustración, el dolor, la tragedia. Enfatizan en la importancia que tiene nuestra actitud para que esa frustración no sea un punto final, sino un punto de inicio de una experiencia. La idea no es la de promover frustraciones artificiales, sino aceptar que éstas llegarán, mal que nos pese, obligándonos a encontrarles un sentido para no sucumbir ante ellas.

Claro que hay límites de frustración que tornan inviable la experiencia humana, pero también es inviable dicha experiencia si se pretende abolir la frustración como si fuera un error cósmico o siempre un hecho aberrante. Pretender una utopía de satisfacción vitalicia genera calamidades graves que se añaden a las que existen cuando la frustración es inhumana y total.

Cuando la frustración entra en el juego, podemos enojarnos, dolernos, indignarnos y generar acciones respecto de aquello que la produce, pero lo cierto es que vale la pena vivir la frustración a pleno, aceptarla y, en vez de sólo enojarnos con ella o intentar abolirla, escuchar su mensaje y abrevar de su energía, "recalculando" el propio deseo, para definir cómo seguir el camino.

Psicólogo y psicoterapeuta

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