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La violencia no sirve para nada

Miércoles 13 de septiembre de 2017
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¿Cómo serían nuestras vidas si la violencia no fuera una opción? ¿Por qué nos volvemos hostiles? Dos vehículos se rozan en la calle y, salvo excepciones, los sujetos se bajan en pie de guerra. ¿Era para tanto? Las pujas deportivas pueden terminar en batallas campales. En ocasiones, hay que lamentar muertos.

Si nos vamos a las manos por un partido de fútbol, ¿qué dejaremos para una disputa gravísima? Quiero decir, ¿no nos estaremos tomando demasiado en serio la rivalidad deportiva? Claro que sí. Lo mismo que muchos otros roces.

Les voy a dar una noticia importante. La existencia está llena de roces. Obstáculos. Conflictos de intereses. Todos cometemos errores y esos errores afectan a otros. ¿En qué momento empezamos a reaccionar como mocosos malcriados ante cualquier pavada?

No hablo de indignarse mucho por alguna razón valedera. Hablo de recurrir a la violencia, a cualquier forma de violencia, de agresión, de hostilidad. Por supuesto que alguna vez nos podría ser de ayuda. Pero ésas son experiencias extremas que nos dejarán una cicatriz ineludible. Como una guerra, por ejemplo.

Por eso no se puede vivir en guerra. Sin embargo, hemos ido naturalizando la hostilidad, nos hemos ido crispando hasta el punto en el que ya es difícil reconocernos en el espejo. Los argentinos no solíamos ser así.

Pero pregunto, y lo pregunto en serio: ¿de qué sirve violentarse? El puñetazo, la descalificación, el insulto, ¿de qué sirven? Renunciaría a todas mis reservas si alguien pudiera decirme cuál es la utilidad de la violencia. Pero por toda respuesta obtengo o un silencio avergonzado o, qué penoso, más hostilidad.

Quizá sea un rasgo atávico. Es verdad: 100.000 años atrás nuestra naturaleza agresiva debe de habernos ayudado a sobrevivir a un hábitat que pugnaba por destruirnos. Es verdad que nuestros próceres no ganaron la patria sólo con la pluma, sino también con la espada. Pero esos próceres sentirían vergüenza al ver cómo descerrajamos brutalidad por las razones más banales. Es sólo un partido de fútbol. Es sólo un raspón. Es sólo un debate de ideas. Es sólo una discusión conyugal. Es sólo un vaso roto. No es importante. Casi nada es tan importante como para recurrir a la violencia. Peor todavía, no sólo dejamos salir nuestro lado más salvaje por cualquier tontería, sino que esperamos una cólera idéntica de parte del prójimo.

¿Cómo serían nuestras vidas si cuando empezamos a sentir ese hervidero de odio inútil e injustificado nos calmáramos? ¿Cómo sería si descartáramos todas las opciones violentas? No es tan difícil, aunque a diario parezca imposible. No es tan difícil. Sólo es necesario responder la pregunta de antes. ¿Para qué sirve la hostilidad? ¿Qué resuelve? ¿Qué aporta? ¿Cuánto nos nutre? ¿Qué hay de bueno en el puñetazo o el insulto?

Mi maestro Uchiumi, con quien practiqué zazén durante dos años en mi juventud, solía hablarnos acerca de la ira. Nos encomendaba, siguiendo un antiguo consejo budista, que cuando nos enfureciéramos imagináramos nuestra cara en el espejo. Palabras severas, pero sabias, porque, además de infecunda, la violencia es ridícula y desagradable. Uno se violenta porque no puede verse desde fuera. Si pudiera hacerlo, se arrepentiría de inmediato, se sentiría cómicamente procaz e inadecuado.

La violencia se siembra minuciosamente. Si prende, es luego muy difícil extirparla. La agresión es una cultura, un estilo. Se pone de moda y todo el mundo la viste sin pensarlo dos veces. La hostilidad mete miedo y el miedo conduce a más hostilidad. Pero las cosas no tienen que ser así. Hay un anticuerpo infalible. En ese momento fatídico en el que el odio empieza a bullir hay que preguntarse qué haremos después, cuando pase la borrachera de la cólera y nos demos cuenta de que la violencia no sirve para nada.

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