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Huéspedes de una cultura dominada por patrones masculinos

Miércoles 13 de septiembre de 2017
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La preocupación por el escaso número de mujeres en el campo de la ingeniería y, en particular, en algunas de sus especialidades no es nueva. Ya hace décadas que organismos internacionales, universidades y centros de investigación vienen alertando sobre las consecuencias en el trabajo y en la producción tecnológica, que al no contar con los aportes de ambos géneros puede no representar la diversidad de necesidades de la población.

Salvo excepciones, que tienen que ver con políticas activas de estímulo y, las más interesantes, de transformación de la educación en estos campos, la situación no está cambiando. Los datos de ingresantes a las carreras de Ingeniería en el país demuestran que si bien en alguna universidad el número de mujeres aumentó levemente, ellas predominan en las especialidades de ingeniería textil (90%) y de alimentos (67%), y llegan a un 30% en la civil. Pero "brillan por su ausencia" en especialidades como electromecánica (8%) y aeronáutica (15%).

La mayoría de las investigaciones adjudican esta problemática a la confluencia de una serie de factores: representaciones de la informática como una carrera difícil, exigente y, sobre todo, que demanda mucho tiempo, que se ve como una limitación para ocuparse de otras tareas (en especial, la familia) y representaciones de los tecnólogos como personas, en realidad varones, absorbidos por su trabajo. A ello se suman los estereotipos de género que atribuyen capacidades diferentes, o más o menos desarrolladas, a chicos y chicas.

¿Qué pasa con las mujeres que sí eligen estudiar informática y con las que trabajan en estos campos? Comprobamos que tienden a actuar como un grupo minoritario dentro de culturas dominadas por valores y patrones masculinos. No se trata sólo de una cuestión numérica, sino de pertenecer a un grupo con menos poder y tradición en un campo que ya tiene sus códigos, reglas y alianzas. Para ser aceptadas, reconocidas y valoradas suelen desarrollar una serie de estrategias conscientes y no conscientes que, en definitiva, no cambian las reglas ni las jerarquías de valores, sino que las puede llevar a aceptar un lugar marginal como invitadas en la cultura dominante.

La autora dirige el Área Género, Sociedad y Políticas en Flacso Argentina

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