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Cuando los turistas se convierten en pesadilla

Sobrevivir a Italia en temporada alta o la pesadilla de la industria para exprimir al viajero.

Miércoles 13 de septiembre de 2017 • 16:09
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LA NACION
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Ilustración de Nicolás Bolasini
Ilustración de Nicolás Bolasini.

Los primeros 100 son pan comido. ¿Y por eso tantas prevenciones? En los 200 empieza a faltar el aire, en los 300 flaquean las rodillas y en los 400 la cabeza se marea. ¿Falta mucho? Después de 441 escalones empinadísimos, la recompensa. Desde las alturas, el campanile de la catedral de Florencia ofrece una vista privilegiada de la piazza del Duomo, con todo lo que tiene: el Baptisterio de San Juan, las confiterías con mesitas en la vereda, los señores que se cortan las uñas mientras hacen filas, los grafitis en las paredes centenarias y las carpas montadas en la mismísima plaza (por lo menos, aquí no pasa como en Venecia, donde los adolescentes se tiran en calzoncillos desde los puentes, o en Roma, donde los audaces se bañan desnudos en la fuente de la plaza Barberini). Leo que el museo de los Uffizi empieza a cobrar más caro en temporada alta, para reducir el caudal de visitas, y cuando me compadezco de lo que me espera (una fila de dos horas al sol para entrar en la Accademia), descubro que Italia acaba de declarar la guerra al turismo.

La industria sin chimeneas se convirtió en una pesadilla. Si en Venecia un cuentapersonas electrónico ahora calcula cuántos pueden estar a la vez en una plaza, y en Roma un cordón de policías custodia las fuentes, en Florencia se deciden por un castigo al bolsillo: en el verano de allá, veinte euros ? 20 para ver de cerca "La primavera" de Botticelli o la "Venus de Urbino" de Tiziano. Y, aunque se diga que la turismofobia todavía no es tan aguda como en España ("tourists go home", pude leer en los muros de Barcelona), los italianos miran con recelo, y por qué no con odio, a las hordas que se agolpan en museos, restaurantes, plazas y calles, aunque el turismo represente el 10% del PBI del país y el intercambio con extraños siempre haya sido enriquecedor, cultural o románticamente. Pero como escribió el periodista Lucas Arraut en la revista Icon, lo que se detesta es "la gentrificación salvaje y el uso turístico, especulativo y desregulado de la vivienda residencial, amén del incivismo, la suciedad, el ruido y el injusto aumento de precios que todo ello conlleva". Lo peor: "Es la cara oscura que convierte al turismo en esa industria que se limita a transportar a gente que estaría mejor en su casa a sitios que estarían mejor sin ellos".

Después de subir los 441 escalones del campanile toca bajarlos (esto sí: casi pan comido) y, para entrar en la Accademia, cumplir con el rito de pasaje de todo turista: la cola. Dos horas más tarde, el David se levanta ante mí con su musculatura majestuosa. Lo observo mudo desde todos los ángulos. Pero el placer extático se interrumpe cuando, aun estando prohibidas las fotos, alguien me golpea con un palo en el acto de sacarse una selfie, con el gesto burlón, la mano a la altura de la entrepierna del coloso y el pulgar y el índice separados por un par de centímetros, como quien señala de un colega en el vestuario que tiene un chizito.

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