Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Leo Brouwer: "No puedo dejar de crear música"

El eximio guitarrista y compositor cubano llegó por primera vez a la Argentina; lecciones de un maestro de varias generaciones

Jueves 14 de septiembre de 2017
SEGUIR
LA NACION
0

El hombre delgado de barba y anteojos que camina por primera vez por el bajo porteño quizá no acuse en su aspecto los 78 años que figuran en su documento. Pero la vida le ha dejado algunas marcas internas que templaron su espíritu. Leo Brouwer va en busca de un buen café en la templada mañana porteña. El del día anterior no estuvo a la altura de su expectativa, exigente y refinada. Hoy le sirven uno que sabe mejor. Digamos que, cuanto menos, quien es uno de los referentes globales de la guitarra de concierto, como intérprete y compositor, se merece un buen café.

Las obras de Brouwer son piezas ineludibles tanto para su estudio como para los programas de conciertos de guitarra. Nacido en La Habana, en 1939, ya demostró de chico un talento especial, destacándose por encima del resto. Y, sobre todo, dio muestras de templanza: perdió a su madre cuando tenía 11 años, sufrió un accidente en una de sus manos en la plenitud de su carrera (por lo que estuvo varios años fuera de los escenarios) y, tiempo después, un infarto. El espíritu de superación tiene en este hombre menudo un gran ejemplo.

Brouwer visitó la Argentina para recibir unos cuantos homenajes (el primero, a cargo de un ensamble de guitarras, ocurrió anteanoche) y ofrecer una serie de charlas abiertas y clases magistrales. Esta noche la Camerata Argentina, que dirige Pablo Agri, y con la participación solista del guitarrista Víctor Villadangos, interpretará Tres danzas concertantes y el Concierto elegíaco. Además, el espectáculo será transmitido en vivo por el sitio Web del Centro Cultural Kirchner.

El guitarrista y compositor cubano llegó por primera vez a la Argentina
El guitarrista y compositor cubano llegó por primera vez a la Argentina. Foto: LA NACION / Fernando Massobrio

-Me contaron que usted supervisó los ensayos de los conciertos. ¿Qué es aquello que no puede faltar cuando tocan sus obras?

-Aunque lo he hecho en algunas ocasiones, nadie puede componer de un golpe. Por eso las obras sufren un análisis constante hasta que las término. Una vez que me desprendo de ellas, ya no son de mi propiedad, sino de aquellos a quienes les interese interpretarlas. Hay leyes interpretativas, códigos y señales. Tempi y articulaciones que, en mi opinión, son el secreto de la interpretación. Y no se requiere más. Todavía estamos en un período contemporáneo que no demanda el rigor histórico que sí exigían los grandes clásicos del pasado. Especialmente los que fueron maltratados por falta de información, como los clásicos del Renacimiento y el barroco, sobre todo. Pero volviendo a mi música, lo ideal es que el intérprete conozca el diseño dinámico, la direccionalidad temática, las respiraciones.

-Si se piensa que un guitarrista clásico es un músico formado para tocar solo, y con sus propios tempi, integrarlo a una orquesta debe ser un desafío. Tanto como para usted escribir obras o adaptarlas para un ensamble de guitarras.

-Sí. En mis inicios como compositor no empecé porque me gustaba componer. Lo hice como arreglador de ese pobre repertorio de la década del 50. No hay un repertorio grande para la guitarra. Es exiguo y con deficiencias, según mi pobre parecer de niño crecido, porque comencé a los 12 años. En las sonatas de [Mauro] Giuliani, por ejemplo, o en la obra de quienes escribían en pleno momento "paganiniano" o de manierismo "rossiniano", yo no veía un desarrollo celular, por ampliación temática o de reestructuración de las variaciones en un estilo contemporáneo, no en el clásico de Haendel. Súbitamente me cambió la mente. Después de señalar con ánimo crítico que no había desarrollo en algunas de las escuelas italianas, muy rossinianas, empecé a enmendarle la plana a algunos compositores del siglo XIX y del barroco que, obviamente, eran antes intérpretes que compositores. Así empecé a escribir, primero para orquestas. Hoy en día digito instrumento por instrumento cada familia orquestal; toco contrabajo, chelo, trompa, piano, clarinete, etcétera. Estoy orgulloso, no en el sentido de la autosuficiencia, sino por haber cumplido una necesidad imperiosa: conocer algo a fondo. Recorrí todos los métodos de orquestación. De Rimsky-Korsakov a Berlioz, sin dejar a un lado a los contemporáneos. Todo eso es una magia que hay que descubrir. En cuanto a la guitarra, dicho con mucha simpleza, yo escribo para guitarra como si fuera una orquesta y, a veces, lo hago para orquesta simplificando el lenguaje como si fuera una guitarra.

-Una vez usted señaló que un director de orquesta no es una persona culta, sino especializada. ¿Usted es culto, especializado o ambas cosas?

[Se ríe.] -Me especialicé en cada renglón que me interesaba. Fue fascinante. Para escribir hay que conocer. Y mientras más se conoce, más cultura universal se adquiere. Registraba en análisis muy rigurosos las obras que escuchaba por la noche, cuando regresaba de estudiar y trabajar. Trabajé desde los 11 años como cortador de árboles, con hacha. Hacía análisis morfológico de las obras a mi manera.

-¿Qué tanto influyó en sus decisiones la muerte de su madre, el accidente que sufrió en la mano y el infarto posterior?

-Yo no sé si estoy adelantado, loco o "ambamente", como decía Pancho Villa. Pero todo eso me ayudó. Eso contribuyó a que reflexionase sobre qué hacer con mi vida. Y la palabra "por qué" surgió como una especie de bendición, como dicen los creyentes. Mis padres se divorciaron y ambas familias fueron como Montescos y Capuletos. Mi madre murió y el trabajo duro me sirvió enormemente. Ahorré un dinero y pude comprar una guitarra. Perder a mi madre fue un episodio que me marcó hondamente, pero el accidente no tanto, porque yo ya había compuesto mucho. Además, un fan de Canadá, dueño de la casa más grande de discos compactos en Toronto, que persiguió mis grabaciones en vivo durante años, las recuperó. Me ha dado una enorme alegría. Eso lo puedo mostrar en lugares como aquí, porque la mayoría de la gente no me ha visto tocar en vivo.

-Hoy es el estreno mundial de una de sus obras. ¿Tiene necesidad de seguir componiendo aun cuando su música sigue sonando en los escenarios y hasta hay festivales que llevan su nombre?

-No puedo dejar de crear música. Pero jamás he podido explicar por qué tengo la necesidad imperiosa de hacerlo. Hace mucho tiempo que me enamoré de la semántica, de los códigos de los lenguajes, cualquiera que éstos sean. Mi admiración por Umberto Eco es propia de un fanático. Leer a Barthes o Baudrillard me da un placer enorme. Esta pluralidad de materias me fascina.

-¿Qué es el Concerto grosso para orquesta de guitarras que estrena esta noche?

-Es una transcripción variada y ampliada de algunos fragmentos temáticos de mi tercer cuarteto y de una obra que escribí para la Orquesta de Cámara de Londres, en 1985.

-Usted piensa que el talón de Aquiles de la vanguardia es no haber podido encontrar el reposo luego de la tensión. Se me ocurre que lo ha buscado en obras de múltiples influencias, como Acerca del cielo, el aire y la sonrisa. ¿Hacia dónde va su composición hoy?

-Hoy mi composición va con todo lo que he hecho. Es una síntesis de estilemas, como diría Umberto Eco. Hay gente que me dice: "Yo escucho cuatro notas y sé que son suyas".

En esta nota:
Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas