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Todas las caras de la ciudad de Pedro el Grande

Iván de Pineda

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LA NACION
Domingo 17 de septiembre de 2017
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Foto: AFP

La llaman La Venecia del Norte y está surcada por canales y cientos de puentes. Fue el sueño urbanístico de uno de los monarcas más importantes de la historia rusa: Pedro I el Grande, convirtiéndose, como dijo Pushkin, en la ventana hacia Europa de la Rusia del siglo XVIII y transformándose en la capital del imperio durante más de dos siglos.

Grandes palacios, imponentes iglesias, anchas avenidas, amplios parques y el eterno Neva me hacen pensar en la tremenda determinación que tuvo Petya (diminutivo de Pedro, aunque dudo mucho que lo llamaran así, con tanta confianza), ya que la zona en la que se encuentra la ciudad no era de lo más conveniente o segura, y a pesar de las críticas que recibió siguió adelante con su plan.

San Petersburgo es su nombre y rinde un fiel homenaje a su fundador, ya que se ha convertido en la verdadera capital cultural del país. Las veces que me ha tocado recorrerla se transforma en una ciudad mágica. Caminando por aquí, cierro los ojos y pienso en Dostoyevski –que en su paso por esta ciudad dejó libros universales como Crimen y castigo– o aguzo los oídos para tratar de escuchar las melodías compuestas por Tchaikovsky.

Si son de tener estas ensoñaciones y llegan a estar por aquí, les recomiendo que suban al segundo piso de la librería Singer, antigua fábrica de máquinas de coser del mismo nombre, ubicada en la famosa Nevsky Prospekt, y se sienten en una mesa junto al gran ventanal que mira hacia la majestuosa Iglesia de Nuestra Señora de Kazan con un libro y dejen el tiempo pasar.

Pero no mucho, ya que si pedimos la cuenta y al dejar la librería doblamos a la izquierda nuestra vista se llenará con el colorido de la fachada y las cúpulas de la bellísima Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, claro ejemplo arquitectónico de estilo nacionalista romántico. Al caminar hacia ella esos colores se irán haciendo más vivos y creeremos que se trata de una pintura viviente.

La sorpresa no será sólo ésa, porque si recorremos los trescientos metros e ingresamos a ella, miles de metros cuadrados cubiertos de pequeños mosaicos nos mostrarán el talento y la paciencia de sus creadores. Aunque la sorpresa mayor se la debe de haber llevado un grupo de obreros que realizaban trabajos de refacción en sus cúpulas y recibieron un buen susto cuando encontraron atascada en una de ellas una bomba de la Segunda Guerra Mundial que no llegó a detonar, gracias a lo cual se puede disfrutar de este gran monumento.

Esta columna de alguna manera nos lleva a pensar en la Rusia zarista. Entonces, los invito a caminar otros diez minutos y conocer el Museo Fabergé.

Aquí, en el Palacio Shuvalov, están expuestos algunos de los famosos Huevos de Pascua que Alejandro III y Nicolás II encargaron a Carl Fabergé y sus artesanos para ser regalados y de esa manera agasajar a sus emperatrices, con la única condición de que con el pasar de los años cada uno de ellos fuese diferente al anterior y que tuviesen una sorpresa en su interior. El ingenio y la rareza de estas piezas, así como el destino de algunas de ellas que se encuentran con paradero desconocido, las han posicionado como algunas de la joyas más valiosas de los ultimos tiempos.

Después de esta tarde bien ecléctica no nos queda más que caminar nuevamente por la calle Nevsky en dirección a la Plaza del Palacio, pasar por el frente del Palacio de Invierno, hacer una pequeña ese en Dvortsovyy para llegar al Neva y disfrutar de sus argentas aguas.

Porque no habría San Petersburgo sin Pedro I. Pero tampoco la habría sin su famoso río.

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