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La interpretación de los verdugeos

Domingo 17 de septiembre de 2017
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LA NACION
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"Contame algo que me estoy aburriendo con un paciente": en plena sesión, el psicoanalista habla por teléfono mientras el conflictuado se hunde en el diván. Es una técnica clásica de verdugueo y, aunque parezca que no, una de las menos crueles: en la búsqueda de la cura, al claustrofóbico se lo encierra en el consultorio durante todo un fin de semana largo y al onanista compulsivo se lo somete a la tortura de una psicóloga que se le exhibe sin bombacha. Son apenas algunos de los maltratos que se narran en La escuela neolacanianade Buenos Aires, la delirante novela breve de Ricardo Strafacce recién publicada: aun en la parodia, esta fábula sobre un grupo de analistas que cultiva un protocolo de atención basado en el verdugueo a los pacientes es sintomática de la relación, muchas veces masoquista, que los porteños tenemos con nuestros psicólogos.

Puedo hablar con conocimiento de causa porque soy paciente desde hace veintisiete años ("demasiado paciente", me pincharía uno de mis mejores amigos, siempre insistente ante la posibilidad improbable de que alguna vez reciba el alta). Tuve varios psicólogos desde la adolescencia y aunque ninguno se quejó por teléfono delante de mí, ni nadie me dejó atado, siempre tuve fascinación por ese vínculo insólito (la bendita transferencia) entre uno y ese extraño al que confiesa todos sus deseos y sus miedos. ¿Por qué siempre resulta incómodo el momento de pagar la sesión? ¿Cuántas veces mi psicoanalista habrá estado pensando en otra cosa? ¿Cómo hace para que nunca me cruce con otros pacientes? "Simplemente los cito a horarios distintos", me respondió una vez que se lo pregunté, y yo se lo agradecí. La mitología lacaniana porteña cuenta que un célebre psicoanalista citaba a sus pacientes en la confitería que estaba en la planta baja de su consultorio y que los hacía esperar horas hasta que por fin mandaba a llamar a uno que a la salida debía dar el pase a otro (hace poco, una amiga le dijo a su analista: "Cuando veo salir al anterior siento que se lleva tus mejores observaciones". Y nunca más se cruzó con nadie).

En La escuela neolacaniana de Buenos Aires, un terapeuta cita a todos los pacientes a la misma hora y después de hacerlos esperar mucho tiempo elige a uno que durante un mes deberá atender al resto. Otro obliga a bañarse en el consultorio a una obsesiva de la limpieza. Los verdugueos imaginados por Strafacce ilustran la eterna tensión entre el deseo sádico del analista y la cobardía moral del paciente. En la evocación extrema del trato peculiar que Lacan dispensaba a sus pacientes, una vulgata del maltrato que rinde siempre.

Sin embargo, los términos maltrato y verdugueo sugieren que el paciente es maltratado y verdugueado contra su voluntad. "El paciente quiere (pronunció estas bastardillas con cierta indignación) ser maltratado y verdugueado, siempre quiere, no quiere otra cosa", dice uno de los psicoanalistas de Strafacce, y en su cinismo resume la fabulosa maquinaria literaria de un autor brillante. Pero eso es tema para otra sesión. Aunque hayan pasado sólo cinco minutos del inicio, uno de los trucos más antiguos, y probados, del verdugueo es el que dice: "La seguimos la próxima".

CINCO DATOS SOBRE JACQUES LACAN, UNO DE LOS PADRES DEL PSICOANÁLISIS

Psicología

Nacido en París en 1901, revolucionó el psicoanálisis reinterpretando a Freud con elementos de la lingüística, el estructuralismo, la matemática y la filosofía.

Sesión

La duración no está prefijada y se interrumpe cuando aparece un tema importante que debe dejar pensando al paciente. Casi siempre, sucede a los pocos minutos.

Mujeres

Una de sus frases más célebres (y discutidas) es: "Las mejores psicoanalistas son mujeres. Y también las peores".

Argentina

A fines de los 70, analistas argentinos viajaron a París a conocerlo, pero él ya estaba muy enfermo (murió en 1981). Antes había elegido a Oscar Masotta como su discípulo.

Polémicas

Lacan fue muy discutido entre los intelectuales por sus métodos personalísimos: el lingüista norteamericano Noam Chomsky dijo que era "un charlatán deliberado".

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