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La última vez que intenté restringir mi consumo de internet

Domingo 17 de septiembre de 2017
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LA NACION
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Una vez hice un ayuno de Internet, cuando aún no existían los smartphones y el nombre Messenger se asociaba a un servicio de mensajería disponible en computadoras personales. Consideraba que mis accesos al mundo virtual mediante conexión telefónica ocupaban un espacio muy grande en mi vida cotidiana, y por eso me tomé un avión rumbo a Puerto Madryn.

La veda se mantuvo con algunos accesos permitidos a una cuenta de correo electrónico bajo la modalidad webmail. De cierta forma, esta especie de retiro trataba de justificar una exigida y vaga teoría: que debía estar menos pendiente del mundo virtual y más conectado con las personas de la vida real.

Esa fue la última vez que intenté restringir el consumo de Internet. Lo más drástico fue mi retiro del mundo de los videojuegos.

Como todo, las cosas tienen que estar presentes en su justa medida. De hecho, me incomodan las arengas en contra de la conectividad y el uso de la tecnología. ¿Por qué un bar pide que las personas apaguen sus celulares? ¿Para que hablen más entre ellas?

No niego que los dispositivos móviles son una fuente de distracción enorme. Tienen el enorme poder de captar nuestros sentidos como en su momento lo fue la pantalla de TV en los hogares. Pero, como todo en la vida, los límites están en el sentido común.

La tecnología ha sido una gran herramienta que acortó distancias de familiares y amigos, lejos de ser una pose futurista sin sentido. Otros han reemplazado la educación formal con extensos tutoriales en video online para progresar como profesionales.

Es cierto, en ese afán de querer registrarlo todo, alguna vez grabamos con el celular un gol en la pantalla de TV o el estribillo de una canción en un recital. Tampoco dejemos de lado la selfie con una tableta en un concurrido punto turístico.

Lejos de estar aislados unos con otros, son registros que luego se comparten con familiares y amigos, pendientes de nosotros desde sus pantallas de celulares. Suena todo muy virtual, claro. Pero, a su vez, todo esto puede formar parte de una excusa perfecta para reunirse en un bar, charlar cara a cara y sin la necesidad de preguntar por la contraseña de la red Wi-Fi.

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