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La sangre pintada

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Jueves 14 de septiembre de 2017
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Ya somos grandes y no nos creemos del todo, como creían los viejos biógrafos, que la vida de un artista explique su obra. Más bien, puede pasar lo contrario: que la obra de arte ilumine una vida. Es el caso del artista argentino Daniel Callori.

"Empecé a dibujar a los 10 años en un hospital, adentro de una burbuja. Dentro de una estructura metálica con plásticos", contó una vez Callori.

La causa de la internación era una enfermedad bastante rara de la sangre; una enfermedad tan rara como peligrosa: la anemia de Falconi. Su nombre proviene del pediatra suizo Guido Fanconi, que la descubrió hacia 1927. Esta enfermedad se manifiesta sobre todo en los chicos por medio de anemias y episodios infecciosos y hemorrágicos que suelen ser persistentes y severos. La causa por la cual aparecen estos síntomas es la desaparición progresiva de las células sanguíneas que participan en estos procesos. Se cura con un trasplante de médula ósea y lleva mucho tiempo de recuperación, y parte de esa recuperación trabajosa trae consigo el aislamiento, como pasa con cualquier trasplantado, para evitar infecciones.

Cuando Callori salió del hospital lo único que hacía era lo mismo que cuando estaba adentro: dibujar. Dibujaba lo que veía, los objetos de la calle, las imágenes de la televisión. Después estudió pintura y, mucho más tarde, fue asistente del maestro Carlos Arnaiz.

Callori tiene ahora 35 años y ya está curado, pero las huellas de esa enfermedad de la sangre quedaron inficionadas en su imaginación visual. Esto es algo que puede descubrir cualquiera que pase a ver su muestra en Otto Galería. Los trabajos que allí se ven (óleos sobre lienzo o sobre papel) parecen una mezcla imposible entre un Seurat que hubiera abandonado intempestivamente la figuración y las superficies de Rothko. Pero la poética de Callori no opera al dictado de esas especulaciones históricas: como cuando era chico, lo gobierna la sangre.

"La sangre es un fluido muy singular", explica Mefistófeles en el Fausto, de Goethe. Lo dice en el momento en que sella su pacto. Callori no selló ningún pacto diabólico, pero sí tiene un pacto obsesivo con la singularidad de ese fluido.

La mayoría de sus trabajos obedecen al siguiente modus operandi: colocar la pintura entre los dos vidrios de los preparados que se usan en los microscopios, comprimir esa material líquido y proyectar lo comprimido en una visión magnificada. De ahí nace el trabajo que hará, y que es el que nosotros contemplamos. Es un caso de auténtica microscopía artística. Así vemos esos trabajos fascinantemente oscuros, vaselinosos, densos con esa densidad que sólo puede tener la sangre.

El rojo tiene también una función simbólica. Lo explica el historiador Michel Pastoureau en su Breve historia de los colores: "El rojo sangre es la sangre que Cristo derramó, la fuerza del Salvador que purifica y santifica; pero es también la carne mancillada, los crímenes (de sangre), el pecado y las impurezas de los tabúes bíblicos".

Tantas cosas encierra el rojo, acaso el único color digno de ese nombre. Todas esas cosas están también en los trabajos de Callori.

No todos los óleos de Callori son rojos. Los hay que viran al azul (la cenicienta de los colores) o al amarillo. Pero la configuración proviene finalmente del preparado en el microscopio, es decir, de la sangre.

Lo más fascinante de esta obra reciente de Callori no son solamente los propios óleos, su inocultable poderío visual aunque, por supuesto, sin ellos no habría nada. Lo que sorprende es lo que decía al principio: el pudor de un artista que se oculta en la abstracción, en el puro gesto pictórico, en la mancha de sangre, para contar lo más íntimo, lo intransitivo por excelencia que nos puede tocar: la enfermedad. Callori pasó por ahí y vivió para pintarlo.

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