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La imborrable huella evangelizadora

Turismo

Santa Ana, Loreto, San Ignacio, sólo tres nombres de las tantas misiones jesuíticas que se afincaron en suelo mesopotámico; son altas manifestaciones arquitectónicas del barroco-guaraní hechas sobre la base de la fe

POSADAS.- Antes de llegar a San Ignacio, a 56 kilómetros de aquí por la ruta 12, está Santa Ana. El camino es una serpiente que sube y desciende hasta perderse en la curvatura de la tierra, siempre enrojecida, siempre acompañada palmo a palmo por la densidad de la selva. En los costados hay hormigueros que miden hasta 1,50 m de altura y pequeñas cabañas sin paredes en las que se exhiben las artesanías de los indígenas locales. Los guaraníes ofrecen su cestería y las tallas en madera de curupí, ellos han descubierto que lo más fácil de vender son los moldeados de sus propios rostros, y así pasan horas con los cuchillos en la pieza dándoles formas a los pómulos anchos de sus diminutas esculturas.

Victoriana es la única indígena totalmente rubia. Sabe de su particularidad y la exhibe sin prejuicios. Posa, se sonríe tímidamente y más tarde pregunta por algunos centavos como retribución. Lleva 15 años de piel blanca y ojos rasgados, las picaduras de insectos resaltan sobre su rostro enrojecido y el tono claro de las pestañas le impide abrir totalmente los ojos. Entre sus hermanos, Victoriana se sabe distinta. "Soy Mbuia, una rama de los guaraníes", explica casi de memoria, mientras invita a los curiosos a comprar algún cesto de los que su padre teje en las afueras de la reserva de Santa Ana.

Esta reducción jesuítica es tal vez la más importante de las hermanas menores de San Ignacio, pero los viajeros suelen internarse entre sus paredes por el misterio que todavía expande.

Su primera fundación fue en 1609, y en aquel entonces otros 40 pueblos fueron creados por los jesuitas. Su emplazamiento original fue en la zona de Brasil, pero en 1660 los monjes trasladaron toda la estructura a su actual ubicación, en donde subsistió hasta 1817, año en que fue destruida por las constantes guerras de frontera. En esta reducción aún quedan varias edificaciones en pie; el templo principal, los talleres, algunas viviendas y las escalinatas centrales. La arenisca y el basalto de las piedras se mantienen intactos a pesar del tiempo. "Las higueras son como parásitos creciendo y ultrajando las hendijas que deja la construcción, casi siempre estos árboles son el fruto de algún pájaro que llevó las semillas hasta su nido en las alturas y allí la dejó germinar", explica José O. Pereyra Ramos, el guía principal de Santa Ana. Un poco más atrás del sector principal, hay un antiguo cementerio indígena que fue utilizado más tarde por los colonos de la zona. La mezcla de tumbas aborígenes a ras de la tierra y las lápidas de viejos inmigrantes nórdicos le otorgan al lugar una atmósfera extraña, como fantasmagórica.

Camino a Loreto

Internándose un poco más en la selva por la ruta 12 y después de atravesar algunos kilómetros de senderos colorados, están las ruinas de Loreto. En estas ruinas semiescondidas hay dos niñas sentadas junto al acceso. Una es la que se encarga del bar del Centro de Interpretación y la otra cobra los 2 pesos que cuesta la entrada. Ambas conviven bajo el ala de un silencio imperturbable, la jungla las abraza. En Loreto lo interesante no es lo que está en pie, sino lo que ha caído y el entorno en el que se yergue lo que resta de la construcción.

Aún quedan algunos capiteles de columnas adornados por el follaje húmedo y está la capilla de Nuestra Señora de Loreto y las bases de las residencias de los monjes que se mantienen erguidas.

Este lugar fue fundado hacia 1610 y destruido en 1817 a causa de las invasiones portuguesas.

"Faltan algunas reducciones por encontrar, pero ha pasado tanto tiempo que la jungla se ha comido la piedra, la fue cubriendo con su humedad y su follaje", explica la muchacha que atiende detrás de la barra del bar del centro.

Para los que no se cansan de deambular de reducción en reducción, Santa María es también un sitio de gran interés arqueológico. Construida en 1626 por el padre Diego de Boroa, esta misión aún mantiene intactas las paredes perimetrales del cementerio, los basamentos de un gran campanario y los restos del templo principal incendiado en 1735.

Finalmente, se llega San Ignacio. Esta es quizá la más conocida y conservada de todas las reducciones, que aunque ha perdido notablemente el increíble misticismo de sus hermanas menores, aún sigue siendo un sitio excepcional. Es el más claro testimonio de los niveles de avance arquitectónico y espiritual de las poblaciones nativas de aquel entonces. Un monje italiano llamado Juan Brasanelli fue el que diseñó la capilla rojiza que impacta por sus esculturas en bajo relieve en un estilo inaugurado como barroco-guaraní.

En su momento de esplendor, hacia mediados del 1700, San Ignacio llegó a albergar a más de 3500 personas en su estructura de basalto y arenisca. Hay un espectáculo de luz y sonido que recrea el ambiente de los siglos XVII y XVIII durante la llegada de los jesuitas a las tierras americanas. El paseo por todas las ruinas constituye una excursión para realizar en dos días, teniendo como base esta capital. También en la localidad de San Ignacio hay algunos hoteles pequeños.

Recuperar el espíritu

Cuando las reducciones pasaron a manos provinciales, se aceleraron los trabajos de recuperación. Para eso, gracias al apoyo de la Unesco y del gobierno de Nápoles (Italia) se construyó frente a cada conjunto jesuita un centro de interpretación que facilita el trabajo de los especialistas y les brinda el apoyo necesario para sus investigaciones.

Cada centro está conformado por un par de habitaciones, bar y despensa, y los sanitarios que sirven a la vez para hacer más confortable la estada de los visitantes.

Recomendaciones

Cómo llegar

- El acceso a las reducciones jesuíticas cuesta entre 1 y 3 pesos.

- La línea de colectivos Singer, que sale cada hora desde Posadas, es una buena alternativa para llegar hasta Santa Ana y San Ignacio.

- A Loreto y Santa María debe llegarse con medios propios, alquilando una camioneta o en un tour especial de los que recomienda la Oficina de Turismo de Posadas.

- Para llegar a Santa Ana desde Posadas hay que tomar la ruta 12 rumbo a Iguazú y luego hacer 700 metros caminando tierra adentro, cuando las señales, correctamente dispuestas, lo indican.

Los colectivos Singer hacen el recorrido diariamente por $ 2,50 por persona. .

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