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Recuperar el valor del mérito

Viernes 15 de septiembre de 2017
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Hablar hoy de la universidad argentina como si todas tuvieran los mismos rasgos es sin duda una exageración. Pero si el foco se pone en el sistema universitario, hay algunos problemas de fondo, estructurales, que en mayor o menor medida son comunes a todas ellas. Y esos problemas pareciera que terminan neutralizando los esfuerzos para avanzar hacia una universidad para este siglo.

Todos esos nudos que condicionan el desarrollo y la renovación de la universidad son difíciles de desatar. No tanto por su complejidad intrínseca, sino porque hay hoy sobre ellos opiniones y posicionamientos que parecen irreconciliables. ¡Las universidades de que hablamos, finalmente, están en la Argentina! Lo grave es que, por eso mismo, y aunque hay excepciones respetables, ellas están dejando de ser el ámbito natural donde plantear los problemas y debatirlos con argumentos y razones en lugar de bloquearlos con dogmatismos e intolerancia.

A causa de esto, este tipo de problemas sólo pueden plantearse con una perspectiva de largo plazo, sabiendo que no hay soluciones únicas ni inmediatas. Sin embargo, es de esperar que poco a poco, con liderazgo, apertura y políticas que promuevan una autonomía responsable, convoquen y susciten adhesión, se pueda avanzar.

1. A veces se olvida que la universidad es parte del sistema educativo, como cuando se cree que se la puede mejorar en serio con una escuela media sumida en grave crisis. Se reclama con razón mayor articulación entre los niveles del sistema, pero los esfuerzos para lograrlo serán vanos mientras se intente articular partes de cuyos resultados el eslabón siguiente desconfía.

Está muy bien empezar por universalizar la enseñanza inicial, extender la jornada escolar y mejorar el secundario, pero hay que ocuparse también de la universidad. Con tiempo, hay que ir repensando, entre otras, la cuestión de la admisión, porque el "ingreso irrestricto" está democratizando el acceso, pero no la posibilidad de que los sectores de menores recursos continúen estudiando hasta graduarse. En todo el mundo se discuten los mecanismos de admisión y se proponen alternativas y mejoras, pero nadie se plantea eliminarlos.

2. Todos hablamos hoy de mayor inclusión y calidad como objetivos irrenunciables. Y está muy bien, no sólo porque la educación es un bien público al que todos tienen derecho, sino porque sin esto no se podrá construir un país mejor, aunque lleguen inversiones. Pero la inclusión no consiste simplemente, como se ha hecho creer, en apurar el secundario y abrir un poco más las puertas de la universidad, porque muy pronto se ven las consecuencias. Además de becas y tutorías, si no se jerarquiza y mejora en serio la enseñanza, con apoyo de estrategias pedagógicas y tecnológicas innovadoras, que ayuden a motivar y a aprender a jóvenes que ya no aprenden como aprendían los que hoy enseñan, la deserción difícilmente bajará.

3. Hacen falta por supuesto más fondos, pero también una mejor asignación y uso de los recursos, lo que es complicado de encarar. El presupuesto no puede seguirse asignando en gran parte en función de la distribución histórica y el lobby de las universidades, sin prestar atención a la inequidad entre instituciones y a su desempeño. Y mejorar el uso de los recursos, en parte condicionado por la modalidad de asignación, tampoco será sencillo en un sector donde campean comportamientos corporativos con frecuencia disfrazados.

4. Para salir de estos y otros problemas y ayudar a construir una universidad para este siglo se requiere también prestar máxima atención al lugar que ocupa el mérito en las decisiones universitarias. Porque en ocasiones se lo está sustituyendo por criterios que vienen de otros ámbitos, atados a intereses políticos, gremiales o personales. Y sin recuperar el lugar que el merecimiento debe tener para la asignación de recompensas y privaciones, no habrá verdadero avance hacia una universidad mejor.

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