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Macri no es la dictadura y Cristina no va a volver

Luis Majul

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LA NACION@majulluis
Viernes 15 de septiembre de 2017 • 22:24
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Dos pequeñas grandes ideas sintetizan lo lejos que Cristina Kirchner y sus seguidores están de la verdad y los datos reales. Están resumidas en dos consignas políticas. Una reza: Macri/basura/vos sos la dictadura. La otra dice: "Oh/ Vamos a volver/ a volver/ a volver/ vamos a volver.

Sobre la primera, la ex presidenta ahora no se hace cargo, pero hasta la semana pasada la fogoneó ante su militancia sin ningún reparo. Y tanto la fogoneó que, según las últimas encuestas, encargadas por los propios equipos de Unidad Ciudadana, es precisamente este argumento delirante el que le está haciendo perder sus propios votos y ganar cada vez más adherentes a Esteban Bullrich y Gladys González.

Sobre la segunda, hay que aclarar, una vez más, lo obvio: Cristina volverá, después de las elecciones de octubre, solo a la Cámara baja, como senadora nacional, con un poder de decisión muy acotado por la predominancia de su colega Miguel Pichetto, y con la amenaza latente de la cárcel a la vuelta de la esquina.

Ahora que están bien aclarados estos dos puntos, hablemos en serio, por encima de la posverdad. Hablemos de lo que representa la ex jefa de Estado, y hacia dónde se dirigirán, después de octubre, los entre 30 y 35 por ciento de los votos que seguramente alcanzará en la provincia de Buenos Aires. Hablemos del futuro de Cambiemos y del futuro político del presidente Mauricio Macri, la gobernadora María Eugenia Vidal, el jefe de gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, los dirigentes peronistas que aspiran a liderar la oposición y de hacia dónde va la economía.

Un minuto después de que se conozcan los resultados finales de las elecciones del próximo 22 de octubre en la provincia de Buenos Aires, y si no sucede nada raro, Cristina Kirchner caerá derrotada y su influencia real sobre el peronismo pasará a ser mínima. Su base de representación se desvanecerá de manera acelerada y ella y su pequeño grupo de fieles se encerrarán en sí mismos. Se harán más pequeños, más radicales, y más delirantes todavía.

Muchos de los dirigentes que ahora juran dar la vida por ella se subirán al colectivo de Sergio Massa,Florencio Randazzo, o del próximo jefe del Partido Justicialista; los intendentes del conurbano que todavía la necesitan para no perder sus distritos dejarán de atenderle el teléfono y hasta los miembros más fieles de La Cámpora buscarán un nuevo lugar bajo el sol, como lo hicieron en su momento Diego Bossio o Juan Manuel Abal Medina, por citar a dos de los hombres que parecían incondicionales.

Este dato político conlleva una buena y una mala noticia. La buena: estaremos todos cada vez menos pendientes de Cristina, tal como sucedió con Carlos Menem, desde el mismo instante en que decidió no competir con Néstor Kirchner en la segunda vuelta de las presidenciales de 2003. La mala: que los cada vez menos seguidores de la ex jefa de Estado se radicalicen tanto que terminen eligiendo la violencia política con la intención de imponer sus ideas insostenibles para la mayoría de la sociedad.

El futuro de Macri, si no pasa nada raro, se presenta mucho más prometedor. La economía está creciendo a un ritmo del cuatro por ciento. De a poco, de manera muy lenta, y en forma despareja, casi todos los sectores van virando del rojo fuerte a verde tenue, mientras al mismo tiempo la inflación se va desacelerando, el trabajo formal va creciendo y los índices de pobreza van disminuyendo, de manera lenta pero continua. Si la tendencia de este contexto se mantiene, Macri irá por la reelección en 2019. Y, por supuesto, Vidal y Larreta intentarán exactamente lo mismo, con altas posibilidades de lograrlo.

La fantasía de los analistas clásicos de que Vidal se enfrentará al actual Presidente montada en su mejor imagen y su menor nivel de rechazo omite un dato clave. Hace tiempo ya, ambos establecieron un compromiso indestructible. Ella siempre pondrá por encima de su propio deseo la decisión del jefe político que la propuso como candidata a gobernadora cuando ni ella misma suponía que podía lograrlo. Mientras tanto, trabaja en un proyecto de fondo, que podría poner el país patas para arriba: el de hacer más gobernable la provincia más grande del país a través de la obtención de más dinero correspondiente a la coparticipación.

El ambicioso proyecto incluye la división de enormes distritos, como La Matanza y Lomas de Zamora. Es que tienen más habitantes y más complejidades que muchas de las provincias de la Argentina. Rodríguez Larreta, por su parte, es el más político de los tres. Hace tiempo que sostiene que si a Macri le va bien, todos podrían ser reelectos. Pero si le va mal, significará que a todo el país le irá mal, incluidos los gobernadores, jefes de gobiernos y grandes figuras que hoy estarían al tope de la lista de los candidatos en 2019. Larreta, en verdad, más que un político es una máquina de trabajo. De gestión y electoral. Un día de hace 15 años, me dijo, muy en serio, que iba a ser Presidente. No que soñaba con. No que deseaba ser. Que iba a serlo. Y punto.

La foto del futuro de otros dirigentes parece menos nítida. Habrá que ver qué hace Elisa Carrió si obtiene, como lo proyectan todas las encuestas, más del 50 por ciento de los votos en la Ciudad. Y habrá que ver también cómo administran su capital político Sergio Massa y gobernadores peronistas como Juan Manuel Urtubey, Sergio Uñac y Juan Schiaretti. Es decir: si se animan, entre otras cosas, a enfrentar a Cristina Kirchner y ponerle los límites políticos que hace tiempo le deberían haber puesto.

El otro gran interrogante es si los fiscales y los jueces federales se atreverán, al final, a tomar las decisiones correctas para terminar de condenar a Cristina Kirchner y, eventualmente, disponer su detención. Si el mundo se detuviera por unas cuantas horas y la respuesta dependiera de una profunda lectura de los expedientes, se podría anticipar, sin la más mínima duda, que Cristina terminará presa porque los delitos que se le imputan son verdaderamente graves. Y la mayoría de ellos, además, no excarcelables.

La pregunta subsiguiente e imprescindible es si este gobierno, el de Cambiemos, tendrá la envergadura política e institucional para aguantar la reacción "física" que provocarán sus seguidores una vez que se conozca la noticia. Si el Presidente y las fuerzas de seguridad podrían garantizar el orden público en caso de que un magistrado le ponga la firma a su apresamiento. La mesa chica de Macri analizó a las apuradas esa hipótesis durante largas horas, antes de que Claudio Bonadio la citara a declarar por primera vez, el mismo día en que Cristina montó un acto público a metros de Comodoro Py. Los funcionarios respiraron aliviados después de corroborar que el juez, al final, no tenía la intención cierta de privarla de su libertad.

En este momento la administración nacional parece más fogueada y menos temerosa. Tanto Macri como Rodríguez Larreta lamentaron los episodios violentos del viernes primero de septiembre, luego de la movilización por la aparición con vida de Santiago Maldonado. El Presidente, en realidad, esperaba que a quienes atacaron a policías y bienes públicos, el juez Marcelo Martínez De Giorgi les hubiera aplicado la ley de flagrancia para dejarlos más tiempo detenidos. El jefe de gobierno de la Ciudad respiró aliviado al comprobar que no hubo heridos graves ni muertos del lado de los manifestantes. Pero ambos hoy parecen seguros de poder controlar, con el mínimo nivel de represión y de manera profesional, cualquier movilización masiva, aún una como la que implicaría la detención de Cristina.

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