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Cuando los expatriados deciden volver

Una gran oportunidad laboral a veces no es suficiente y el peso de los seres queridos se convierte en algo imposible de evadir

Lunes 18 de septiembre de 2017 • 00:22
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Foto: Shutterstock

Es el sueño del pibe, tal vez para muchos de quienes trabajan en multinacionales: crecer al punto en que un día te proponen empezar un proceso de entrevistas que puede terminar con vos a cargo de toda la región. En ese carril se metió Andrés, y estaba feliz habiendo logrado lo que imaginó al entrar a la empresa.

“Cuando quedé seleccionado y mientras estábamos organizando todo para irnos con mi familia, mis compañeros y mis amigos me decían que era buenísimo lo que había conseguido, y la verdad es que yo también lo sentía así”. El nuevo hábitat de Andrés era una oficina con dos ventanales en un piso 30 de un edificio moderno en San Pablo, con el zumbido de los helicópteros corporativos que sobrevolaban el paisaje.

“Yo lo tomé como una aventura”, cuenta Marcela, su mujer. Ella es contadora y decidió dejar el estudio donde era asociada y le iba muy bien para ver cómo sería la vida en otro país. “Yo me ocupaba de todos los preparativos familiares mientras Andrés se capacitaba para no caer como paracaidista en la nueva oficina.” Marcela encontró el barrio, la casa, la escuela para los hijos, yendo y viniendo entre San Pablo y Buenos Aires mientras iba cerrando su actividad en el estudio; y cuando llegaron a San Pablo se ocupó de que todos se sintieran lo mejor posible en esa nueva vida.

“Pero, como contadora, para mí era muy difícil insertarme profesionalmente en Brasil. Y como no necesitábamos que yo ganara plata, primero parecía que iba a estar bueno, porque iba a tener tiempo de hacer todo lo que en Buenos Aires no podía hacer por falta de tiempo. Pero no fue así, porque sentía que no era yo. A mí me encanta mi profesión y no poder ejercerla me hacía mal. Además, después de un año allá, los chicos, no terminaban de adaptarse al nuevo colegio.” Y Andrés reflexiona ahora: “Yo trabajaba mucho más que en Buenos Aires porque tenía un puesto muy nuevo para mí y en un lugar donde no conocía a nadie a nivel laboral, así que estaba poco y nada con la familia. Además, ¡es increíble todo lo que cuando uno está en su ciudad ni se da cuenta que tiene por haber nacido y haberse criado ahí! En tu ciudad vas a un partido de fútbol y aprovechás para preguntarle a un amigo qué piensa de una situación laboral determinada que vos no lográs resolver, pero en otro país eso no existe, por lo menos al principio.”

En medio de ese clima familiar, un llamado desde Buenos Aires le avisó a Andrés que su papá había tenido un infarto. Ese día empezaron a hablar sobre la posibilidad de volver. Los dos tenían a sus padres grandes y los extrañaban a ellos, a sus hermanos y a sus sobrinos. Las charlas por Skype o el grupo familiar de Whatsapp no alcanzaban ni un poquito. A Andrés todo le daba culpa: no estar presente en la vida cotidiana de Buenos Aires y a la vez sentía que al volverse le fallaba a la empresa que le había facilitado las cosas para que asumiera ese puesto importante. Marcela también estaba incómoda porque sentía que Andrés en gran parte pensaba en volver por cómo ella no se había adaptado.

Andrés se puso en contacto con expatriados de otras empresas, para conocer sus experiencias. Le decían que aguantara, que el primer año es el peor. Pero con Marcela decidieron no seguir ese camino. Hoy están nuevamente en Buenos Aires, con una vida muy parecida a la de antes de la expatriación, pero valorándola más.

Los afectos y la vida cotidiana, claves en una expatriación

Andrés es representativo del grupo de profesionales con posibilidad de ser expatriados en una empresa: varones (generalmente hay más de estas oportunidades para los varones) con puesto jerárquico, que todavía tienen un largo trayecto para seguir creciendo en la corporación y que por su edad suelen estar casados y tener hijos chicos.

Mercedes Korin, asesora en proyección laboral, alerta sobre la importancia de considerar los afectos y las costumbres sociales, y dice que es algo que ni el ejecutivo ni la empresa suelen ponderar lo suficiente a la hora de decidir una expatriación. “La falta de atención en lo afectivo y lo social puede derivar en que el expatriado tenga una mala experiencia, después de la inversión que tanto él como la empresa hicieron en que el proyecto saliera bien”, explica Mercedes. “Por eso es tan importante que en la planificación de una expatriación estas cuestiones sean consideradas. Por ejemplo, en la pareja, es importante que quien acompaña tenga un proyecto propio para que el rol de acompañante no sea el único que pueda ejercer, ya que es un rol que tiene mucha importancia al comienzo, pero luego se va desdibujando a medida que cada uno de los otros integrantes de la familia encuentra su lugar en la nueva vida. A la vez, hay que considerar que el vínculo con quienes quedan en el país de origen (familia, amigos) seguramente tendrá cambios. Es decir, no solo se trata de que quien es expatriado vaya a ganar más experiencia, jerarquía y dinero, sino que se trata de una persona que deja sus afectos cercanos y muchos de sus hábitos sociales conocidos en el país de origen y que siente la responsabilidad por llevar a una nueva vida a la familia que fundó”.

Para quien busca desarrollarse en una corporación, el momento en que la empresa le ofrece un puesto en el exterior es un hito en su carrera, porque se le reconoce tanto el trabajo realizado como su potencial. En los mejores casos los beneficios son cautivantes: una experiencia en el exterior, un sueldo en dólares que además incluye un plus por expatriación, una agencia de relocalización que ayuda al ejecutivo a llegar al nuevo país con casa para la familia y escuela para los hijos. Pero estos beneficios son solo una cara de la moneda que no deben impedir incorporar a la decisión y a la planificación lo familiar y lo social.

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