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Stagnaro y Caetano, dos décadas después

Sábado 16 de septiembre de 2017
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LA NACION
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Hace casi 20 años, el 15 de enero de 1998, se estrenaba en la Argentina Pizza, birra, faso, suerte de manifiesto fundacional del llamado Nuevo Cine Argentino. Los artífices de esta obra, todavía hoy motivo de ricos debates, fueron Israel Adrián Caetano y Bruno Stagnaro. En un exhaustivo ensayo (Nuevo cine argentino, Paidós, 2015), el investigador cultural suizo Jens Andermann describe el vuelco que la mirada cinematográfica argentina experimentó en buena medida a partir de este título fundacional: una nueva composición visual del espacio urbano, la decisión de observar "desde adentro" el comportamiento de quienes viven en los márgenes, otro tempo para explorar la realidad y detenerse en ciertos detalles o apariencias atrapantes.

Dos décadas después vuelve a hablarse de Caetano y de Stagnaro, pero en otra dimensión. Cada uno por su lado, los dos talentosos realizadores llevan adelante proyectos televisivos de los que también se habla mucho. Stagnaro dirige la mejor ficción del año, Un gallo para Esculapio, obra de madurez en la que perfecciona su ya probada capacidad de observación del mundo suburbano, puesta a la altura de estos tiempos, y aprovecha al máximo el potencial de sus actores, conocidos y de los otros. Caetano atraviesa el final del rodaje de la miniserie Sandro de América, cuyo estreno en marzo próximo con proyección latinoamericana se aguarda con las mejores expectativas, sobre todo por el talento del director para explorar las zonas más oscuras y densas en sus tramas. Esta rara coincidencia no marcará una refundación de la narrativa televisiva local, pero está llena de buenos augurios.

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