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Renovarse o evolucionar; ese es el dilema

Sábado 16 de septiembre de 2017
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PARA LA NACION
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Las piedras

Actúan: Bárbara Hang, Denise Groesman, Rafael Federman, Vladimir Duran/ asistente de dirección: Lionel Braverman/ escenografía y luces: Matías Sendón/ música original: Agustín Srabstein/ texto y dirección: Agustina Muñoz/ sala: El Cultural San Martín, Sarmiento 1551/ funciones: jueves y viernes, a las 21; domingos, a las 20.30

Lo único constante es el cambio." La frase suele atribuirse a Heráclito, pero su autoría es menos importante que sus resonancias en el éthos contemporáneo. Los tiempos se transforman, vertiginosos, y uno mismo se transforma en el tiempo: quien no haya comprobado mediante la propia experiencia que algunas cosas por las que hubiera dado la vida pasan a importar poco y nada en algún momento que tire la primera piedra. En estas tensiones y preguntas sobre la idea de renovarse y evolucionar se imbrica el nuevo trabajo de Agustina Muñoz: las piedras, esos cuerpos inanimados y aparentemente eternos, conviven en este mundo con cuerpos mucho más inestables y fugaces, los nuestros.

Cuerpos que aman, lloran, bailan, desean, se desesperan, se afligen y vuelven a amar. Las piedras son testigos silenciosos de nuestras mutaciones: puede que existan para recordarnos que ya nada es como era y que está bien que así sea.

En Las piedras, un gran amor vuelve para compartir evocaciones lejanas por carta, las mejores anécdotas de una vida se vuelven diálogos contados por uno, dos, tres protagonistas: la voz de los relatos varía y se multiplica, porque las anécdotas que se narran pueden ser indistintamente individuales o colectivas.

Agustina Muñoz prescinde de la idea de "personaje": no les pide a los actores que compongan algo que no son ni les concede un nombre diferente del propio, sino que los pone al servicio de las escenas que se arman y desarman sin solución de continuidad ni demasiada vinculación entre sí: si hay algo que ostenta la obra es una profunda libertad creativa y una confianza absoluta en su discurrir narrativo. Tal es así que delega por completo en el espectador la tarea de encontrar y tejer sentidos. No hay una historia lineal: no la espere. Entre una decena de piedras, la única escenografía, los performers van creando mundos.

A partir de lenguajes y materiales diversos, la autora y directora va hilando esas conversaciones, ideas y obsesiones y las vuelve material para el teatro. Posiblemente, por esa voluntad literaria y fragmentaria -pero también por compartir a Denise Groesman como pieza clave del elenco-, se hace imposible no volver a pensar en Cimarrón, el último trabajo de Romina Paula.

"¿Qué perdiste? ¿Un caballo? ¿Una madre? ¿Un país? ¿Plata? ¿Pelo? No es un desastre. ¿Una casa? ¿El amor? ¿La fe? No es un desastre", recitan a coro los performers en una de las escenas más emocionantes de la obra. Con la rara sabiduría que dan los 30 años, Muñoz se toma licencia para hacer una obra a la medida de sus ganas y contagia la voluntad de correr tras el propio deseo. No importa cuál, el que se tenga a mano: total, ya lo sabemos, es probable que cambie rápido.

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