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En la fábrica de egos artesanales

Sábado 16 de septiembre de 2017
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Las redes sociales tienen muchas virtudes, pero un defecto capital: son fábricas artesanales de egos. Ojalá se tratara de cerveza, pero es mucho menos gratificante y con burbujas que duran nada. El ecosistema de Facebook, Instagram y Twitter suele guiarse por el voto positivo, o sea, a través de los likes (me gusta) que nos regalan otros usuarios. No hay que ser un genio de la natividad digital para comprender que en dos décadas y media de Facebook la "personalidad social" terminó moldeándose de acuerdo con la aprobación o no de "los otros". Para caer en una referencia obvia vale mencionar un capítulo de la serie futurista inglesa Black Mirror donde la transacción de egos como mercancía en las redes sociales es más importante que el dinero o los bienes físicos.

Los ciudadanos comunes, las celebridades y los políticos están concentrados todo el día en robustecer artesanalmente sus egos con dosis diarias de aprobación. Cada like significa para ese "ego en zona de obras" una reafirmación sobre el supuesto lugar "extraordinario" que uno ocupa en este aburrido firmamento de normalidad y anodina supervivencia. La experiencia que uno le transmite al otro con una foto, un video, un comentario o una historia busca gustar y mimarse a uno mismo más que compartir saberes o puntos de vista. Lo que nadie se pregunta, y aquí viene la cuestión por la cual esta columna se escribe casi en tiempo real y sin cortes, es que siempre hay muchas más personas del lado de los que no nos regalan un like y que raramente alguien los tiene en cuenta.

¿Qué quiere decir esto? En tren de ir pinchando algunas burbujas de moda, resulta oportuno empezar a estudiar qué ocurre o cuántos son los que no nos dieron un "me gusta" a pesar de haber visto nuestro espectacular ego paseándose ridículamente por las redes. Nadie del negocio de las relaciones públicas, "construcción de redes" o del management tecnocrático admitirá que de 1000 likes que logra el posteo de un cliente o influencer, por decirlo de algún modo, podría haber unos 3000 dislikes (no le gusta) implícitos y dotados de puro resentimiento y odio.

Las redes sociales, aunque intentan mostrar el costado más amable y "feliz" de la existencia, son un reservorio de otras conductas más que humanas y que por alguna razón terminan ocultas. El malhumor no atrae likes, y si no tenés likes no existís como sujeto social. Pero no seamos ingenuos: que no veamos ese "no me gusta" no quiere decir que no esté ahí acechándonos en la mente del otro. Durante bastante tiempo los usuarios exigieron a Facebook, con más de 1000 millones de usuarios globales, la creación de un botón contrario al like -dislike-, pero curiosamente, a pesar de que tendría un éxito asegurado, la idea nunca avanzó. "No queremos crear simplemente un botón «no me gusta» porque no deseamos que Facebook se convierta en un foro donde la gente vota positivo o negativo los posts de la gente. Ésa no parece ser la comunidad que queremos crear. No querrías pasar por el proceso de compartir un momento que fue importante para ti en tu día y que alguien lo votara negativo. Eso no es lo que queremos desarrollar nosotros en este mundo", dijo alguna vez Mark Zuckerberg sobre el asunto. Y listo.

El bueno de Mark decretó así que el carácter social moderno debía ocultar sus sentimientos de disgusto y rencor. Tal vez el lector no lo vea del mismo modo, pero a grandes rasgos parecería una operación inmensa (quizá la más grande de la historia) de lisa y llana censura. De hecho, hay expresiones artísticas y humanas que por su carácter sexual o escatológico no pueden difundirse ni compartirse en las redes sociales, lo cual equivale prácticamente a no existir (en esos ámbitos contraculturales reaparecieron los fanzines en papel como forma primitiva de difusión). Pero la naturaleza reacciona o muere. Y la posverdad, este enigma tan de moda, viene a recordarnos algunos aspectos vitales: las minorías intelectuales suelen ser más ingenuas e hipócritas de lo que están dispuestas a admitir. Y que la posverdad no sólo se reduce a la distribución y legitimación de noticias y hechos "falsos" que son consumidos por millones de personas, sino también a otros aspectos censurados y que de repente aparecen como gran sorpresa. Por ejemplo, una noticia en contra del machismo puede recibir miles de likes y de esa manera construir la creencia de que hay un consenso social de repudio, pero no se tiene en cuenta la cantidad de personas que no se expresaron sobre esa visión y que piensan de manera opuesta. Por eso, la censura que imponen las redes y la interacción endogámica ya empezaron a convertirse en una trampa peligrosa.

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