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Apaguemos Internet, que lo demás viene solo

Sábado 16 de septiembre de 2017
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Ayer, mientras venía al diario, oí por la radio la noticia de que Donald Trump había dicho, luego de los atentados de esa mañana en Londres, que hay que apagar Internet. Me sugerirán que lo tome como de quien viene. Exacto. Viene del presidente de Estados Unidos. Nada menos.

Así que, como hemos llegado a estos extremos, me permitiré aclarar algunos puntos. El primero es que el tuit de Donald Trump es opaco. Algunos lo interpretaron como que hay que apagar Internet y listo. ¿Por qué? Porque -según el presidente estadounidense- es la principal herramienta de reclutamiento de los terroristas.

Otros, en cambio, interpretaron que lo que Trump quiso decir es que hay que cortarles Internet sólo a los terroristas. Coincide con sus dichos de 2015 y con el remate de su tuit de ayer, en el que afirma que "hay que cortar Internet y usarla mejor". Hay cierta contradicción aquí, pero de todas formas, es lo de menos. Cualquiera de las dos interpretaciones conducen a escenarios semejantes, y ninguno es atractivo.

Imaginemos que, como aconseja el presidente Trump, apagamos Internet. Es cierto. Tiene razón. Es un incordio. Terroristas. Narcos. Pedófilos. Apaguémosla y terminemos con este temita de una vez.

Las consecuencias de esta (nueva) solución simplista del presidente de Estados Unidos no se haría esperar. La primera de las catástrofes sería bancaria. No tanto por el lucro cesante (aunque también), sino porque deberíamos volver al dinero físico. La industria bancaria no podría absorber el costo astronómico de manejarse sólo con billetes, y colapsaría. ¿Qué tan grave puede ser para las naciones industrializadas quedarse sin banca? ¿Le molestará al narco manejarse sólo con cash?

Es sólo el comienzo. Los proveedores de Internet, naturalmente, desaparecerían, pero otro tanto ocurriría con las compañías de telecomunicaciones. Luego de haber invertido toneladas de dinero en infraestructura, todo ese hardware y esas millones de líneas de código están ahí, desiertas y sin rendir ninguna rentabilidad. Los accionistas huirían despavoridos hacia mejores negocios (aunque no quedarán muchos) y la industria de la telefonía desaparecería. Pero eso no es lo peor. Las torres de telefonía, el cableado y el resto del hardware no serían erradicados (no hay dinero para eso) y quedarían ahí, listos para ser intervenidos por terroristas y narcos. ¿No es lindo?

A duras penas, el resto de la industria -desde la alimenticia hasta la automotriz- tratará de adaptarse. Pero sin Internet la producción se reduce a los niveles de 1960, cuando había en el mundo 3000 millones de seres humanos. Ahora hay 7200 millones.

Tampoco la industria energética está en condiciones de regresar a los tiempos previos a Internet; excepto, claro, los países tecnológicamente más atrasados. La medicina, la construcción, la agricultura y la ganadería, casi no existe actividad humana que no dependa de Internet. Sólo unas semanas después de la dislocada medida, el mundo no sólo está hundido en el caos, sino que hemos empoderado a los terroristas. Diría más: hemos hecho el trabajo por ellos. Y los narcos tienen más clientes que nunca.

Ahora supongamos, como posiblemente terminen por disfrazar la afirmación del presidente de Estados Unidos, que lo que quiso decir es cortarles la Red sólo a los terroristas. Dos cosas al respecto. Primero, si ya supiéramos quiénes son los terroristas, lo más práctico sería arrestarlos o vigilarlos, no cortarles Netflix. Segundo, no se puede hacer esto. Simplemente, no se puede.

Pero, antes de tomar ninguna de todas estas medidas, habría que barrer. Sí, barrer. Existen monumentales basurales electrónicos en los que hay suficiente hardware para volver a tener poder de cómputo e Internet en un par de meses.

Me gustaría destacar que no he mencionado ni una vez el tema de la libertad de expresión. Es por algo. Si apagaran Internet, créanme, nos veríamos envueltos en una catástrofe humanitaria tan monstruosa que nuestra única preocupación respecto de la nuestras bocas sería qué vamos a comer ese día.

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