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El regreso de los fantasmas del pasado

Sábado 16 de septiembre de 2017
LA NACION
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En este último tiempo mi arte de limpiar piletas tuvo un contratiempo pesadillesco. Algo semejante a entrar en la máquina del tiempo, viajar al pasado y descubrir que esos momentos idealizados por la nostalgia habían sido muy sufridos. En concreto, lo que tuve que hacer fue ir a mi mecánico y cambiarle la camioneta que solía usar para trabajar por mi vieja moto furgón. Se la había vendido hace algunos años, cuando él tenía la esperanza de convertirla en un karting para su hijo. Pero nunca tuvo tiempo, o ganas, o dinero. Y ahora que mi camioneta murió, y que el arreglo sale tan caro, bueno, hice el fatal intercambio y en un instante ya estaba montado otra vez a mi vieja moto furgón, una Muravey roja, fabricada en Rusia en el año 1994 y con un ruidoso motor dos tiempos de 200cc.

¿Pero es el retorno al pasado lo malo, lo odioso, o el tener que tolerar aquel pasado en el presente? ¿Tan fastidioso era andar arriba de esa incómoda moto furgón, muriéndome de frío en invierno e incendiado por el sol en verano, o es que después de haber estado mis últimos años arriba de la camioneta, volver a la moto furgón me convierte ahora en un caído en desgracia, un piletero paria? En todo caso, el pasado no vuelve con aires de renovación, vuelve con aires fantasmales, casi trágicos; y mi moto furgón, en cierta forma, es la forma de esa tragedia, y yo ahora estoy ahí, listo para montarla como a un caballo ciego.

Pero lo que iba a contar es sobre otro tipo de fantasmas. Porque con la moto furgón vino un cliente nuevo, recién mudado, a una casa en la que, según me dice cada vez que lo veo (ya van tres), vive un fantasma.

-Por lo menos uno- me dijo el día que me contrató.

-¿En serio? En qué lugar.

-¿Dónde va a ser?

-¿El sótano?

-¿Qué sótano? Acá no hay sótano. Vive allá, entre los árbustos del fondo, donde está la pileta.

No me inquieté, la verdad. Estoy acostumbrado a tratar con fantasmas. Siempre se me cruza alguno. Y de hecho, ahora que vivo en el incómodo pasado de mi vieja moto furgón fantasmal, estoy en un momento de gran conexión con todo eso. Así que acá me ven y, la verdad, mi cliente tiene razón: hay un fantasma. O al menos un gato, o una nutria, o algo así, que sabe muy bien cómo no ser visto. Y ahora que es la tercera vez que vengo, sé que no es uno solo. ¿Serán los fantasmas de gente que murió en la pileta? ¿O fantasmas de gente que nunca tuvo pileta y de repente les gusta venir a vivir cerca de una? ¿Son invenciones de mi cliente, que siempre quiso tener una pileta y teme que otros con su mismo deseo quieran usurpársela? ¿Cómo funcionan los fantasmas en cada persona? ¿Qué miedo arrastran? ¿Por qué uno piensa en fantasmas y piensa en miedo? ¿Por qué no tener una relación de igual a igual con ellos, porque no hablan? Los perros tampoco hablan, y suelen ser buenos amigos. Estoy en medio de estas reflexiones cuando descubro, iluminado, que los fantasmas de esta casa pueden ser muy útiles: cuando la pileta quede mal, o yo no tenga muchas ganas de limpiarla del todo bien, puedo acusarlos a ellos. No sólo hay que amigarse con los fantasmas, hay que hacer que sirvan para algo. Con los fantasmas de mi moto furgón todavía no sé bien qué hacer, es cierto, pero ya se me va a ocurrir algo.

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