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Se necesitan liderazgo y voluntad de acuerdo

Eduardo Fidanza

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PARA LA NACION
Sábado 16 de septiembre de 2017

Analizar el vínculo entre las expectativas de la sociedad y los dilemas de sus nuevos dirigentes es un modo de entender cómo transcurre una transición política. Transición significa cambio; según el diccionario, es el paso "de un modo de ser o estar a otro distinto". Los últimos acontecimientos de la política argentina habilitan el término: por primera vez en la historia un partido de centroderecha alcanzó el gobierno en forma democrática desbancando al movimiento de masas que había dominado el poder durante décadas. Ésa es la característica de la transición argentina: no cambia el régimen político, si se lo entiende como las reglas que rigen el sistema, sino el partido que encabeza el gobierno, cuya concepción programática difiere radicalmente del partido al que sucede. En la disparidad conceptual entre el populismo de izquierda y Pro está la clave del pasaje de un modo de ser a otro distinto. El kirchnerismo, uno de los rostros del peronismo, radicalizó el rol del Estado y dilapidó la riqueza de principios de siglo hasta agotar el stock; Pro, que arrancó en condiciones adversas, quiere restablecer la economía privada, disminuir el gasto estatal y seducir al capital extranjero.

A la luz del resultado del primer test electoral, que probablemente será ratificado el 22 de octubre, puede extraerse una conclusión inicial: al contrario de lo que muchos esperaban, una parte importante de la sociedad convalidó la nueva administración, demostrando 1) que no quiere regresar al pasado; 2) que confía en la mejora que el Presidente promete; 3) que acepta el ritmo en que ocurrirá, y 4) que pudo asimilar hasta cierto punto situaciones difíciles, como el aumento de tarifas y la recesión angustiante de 2016. Este apoyo, sin embargo, debe ponerse en su justo término. En primer lugar, porque la cantidad de votos de Cambiemos es inferior al 40% a nivel nacional, y eso no asegura mayorías legislativas. Téngase en cuenta que los mejores récords electorales de las últimas décadas estuvieron en torno al 50%, en los casos de Alfonsín, Menem y De la Rúa, y del 55% en el de Cristina Kirchner. Esta comparación muestra que a Cambiemos le falta bastante para alzarse con un caudal que le permita condicionar a sus competidores políticos y a los poderes fácticos.

Pero debe computarse un segundo factor, que matiza el éxito de Macri, poniéndolo en perspectiva: Cambiemos se consolida como primera minoría habiendo ejecutado tímidamente, con pies de plomo, su programa original. Eligió el camino del gradualismo; evitó, con lucidez, ahondar el sufrimiento social. Pero a partir de ahora deberá aclarar, empleando el lenguaje de la física, cuál es "el resultante de fuerzas" de su gestión, o, en términos de José Ingenieros, si posee una "proa visionaria" que lo distinga de la mediocridad. Como administrador de una manta corta, el Gobierno hizo malabarismos e incurrió en ambigüedades que serán cada vez más difíciles de sostener. Tal vez la política monetaria restrictiva y la política fiscal laxa sean el ejemplo emblemático de estas tensiones. Se puede arriesgar aquí una hipótesis paradójica: expandir el gasto público, que es un error endilgado al populismo por la centroderecha, fue una de las herramientas que ésta empleó para ganar, con un resultado módico, las primarias. La pregunta es cómo resolverá Macri esta contradicción, sabiendo que el gasto es intolerable, pero la disciplina fiscal puede ser la receta del suicidio político.

El votante medio, que decide las elecciones, desconoce los dilemas del Gobierno. No los entiende o no le interesan. Sus sentimientos transcurren en otro plano. La gente mantiene alta la expectativa de mejorar los ingresos familiares y la calidad de vida. Votando, apenas le ha dicho al poder político: te bancamos, no tenemos otra opción; postergamos el bienestar como muestra de confianza, pero aguardamos resultados: más trabajo, mejores sueldos, tarifas que podamos pagar, Cristina presa, menos narcotráfico, más seguridad, mejor infraestructura; algo hicieron, pero falta mucho. A las preocupaciones privadas del ciudadano medio hay que sumarles la mezquindad de la oposición y la infinita trama de intereses de las corporaciones, que no quieren resignar privilegios. En definitiva, las expectativas sociales contrastadas con las asignaturas del poder muestran la complejidad y los límites de la transición: hay poco empeño para afrontar los costos del cambio. Eso incluye paradójicamente al Presidente, que no parece dispuesto a arriesgar su reelección aplicando un ajuste severo. Macri aborrece ser populista, pero quiere ser popular.

Según la experiencia histórica, la brecha entre expectativas, intereses y programas que caracteriza las transiciones suele resolverse poniendo en juego dos recursos: liderazgo político y voluntad de acuerdo. En los próximos tiempos se sabrá si los dirigentes argentinos poseen y despliegan esos atributos, vitales e indispensables para consolidar una transformación.

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