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La sombría ciencia de la economía de narrativas

Las personas reaccionan ante el conocimiento que da la experiencia más que ante la información estadística; qué efectos tiene ese hecho

Domingo 17 de septiembre de 2017
PARA LA NACION
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En los tiempos que corren, toda noticia insólita recibe en las redes sociales las impiadosas réplicas que las ridiculizan: los llamados "memes". Pero la idea de meme no es nueva y precede por mucho a las tecnologías modernas. Fue Richard Dawkins quien acuñó el término 40 años atrás en su libro El gen egoísta. El famoso biólogo llamó así a la unidad teórica de información cultural que se transmite entre individuos. Mientras los genes se transfieren automáticamente y casi sin errores a nuestra descendencia, los memes se transmiten de generación en generación a través del flujo de información, aunque imperfectamente. En nuestras discusiones sobre ética, se acostumbra tomar en serio los primeros y en broma los segundos. Aterra la idea de un gen fallido, pero de niños todos nos hemos divertido jugando al teléfono descompuesto.

Foto: LA NACION

La información memorable no se transmite secamente, sino que se presenta con un envoltorio brillante, que son las historias. Si nos proponemos discernir la idiosincrasia de un país, difícilmente un conjunto de datos duros permita capturar su esencia, pero una historia fantástica sobre sus antepasados podría quedar en la retina del receptor, dando la impresión de que se comprende su pasado y su presente. Es por eso que al visitar un país sentimos que sabemos más de él que cuando buscamos sus números en Wikipedia. Los medios comprenden bien el poder de las historias, publicando con más asiduidad reseñas personales en lugar de frías estadísticas. Y algunas decisiones se toman si una buena crónica las sustenta. No sabemos si llevar paraguas cuando hay un 50% de probabilidades de lluvia, pero nos decidimos sin más cuando nos cuentan la historia de un amigo que arruinó su traje nuevo por no tomar esa precaución.

Pese a que las historias se consideran patrimonio exclusivo del arte y de la cultura, algunas constituyen el fundamento de la organización social. Como sostiene el historiador israelí Yuval Harari en Homo sapiens, el éxito de nuestra especie se basó en parte en la capacidad para hablar sobre cosas inventadas. La ficción, apunta Harari, nos permite fundar mitos colectivos que luego ayudan a la cooperación entre extraños. La religión es un caso inmediato, pero también lo son los mitos sin basamento real, como los países, la patria, la bandera y hasta los códigos sociales.

¿Y qué hay de las fábulas económicas, como el dinero fiduciario, billetes que dicen tener un valor que, objetivamente, no poseen? La transmisión de información es vital para el funcionamiento de la economía. Sin este mecanismo, los mercados no existirían y no habría posibilidad de alcanzar nada parecido a un "equilibrio". Y sin embargo los economistas saben poco acerca de cómo se traslada realmente la información. El analista típico asume que hay un agente representativo que adquiere información, la comprende, la procesa y eventualmente la transfiere de manera precisa. Para un economista, transmitir memes y genes es básicamente la misma cosa.

Durante mucho tiempo la economía dejó de lado las historias porque no entraban cómodamente en las teorías basadas en el homo economicus, un individuo esencialmente racional y que no puede ser engañado por "relatos". Pero esto puede cambiar, al menos si nos ceñimos al discurso presidencial en la Asociación Americana de Economía a principio de este año del ganador del Nobel Robert Shiller. Crítico de la economía tradicional, disertó sobre la importancia de las narrativas en economía y explicó que muchas veces son las historias simples (aun las erróneas) las que se propagan, dejando de lado explicaciones tal vez coherentes, pero mal narradas.

El economista advierte que todos estamos expuestos a ellas. Por ejemplo, si bien las modas suelen afectar las decisiones del público general, también predominan en la academia. De hecho, señala Shiller, la mayoría de las ideas de la profesión funcionan como las epidemias: ganan un fuerte impulso inicial cuando prenden, y luego comienzan a perder gradualmente su impacto, hasta que las reemplaza la siguiente fábula. Ésta es una lógica extraña para una profesión que más de una vez se ha vanagloriado de "converger a la verdad".

La bendición académica de Shiller para estudiar narrativas (que esperemos no se transforme en otra leyenda) es una buena noticia para los que creen que es necesario ampliar el alcance del análisis económico. Y por suerte hay algunos economistas que decidieron escribir su historia sobre las historias. En 2007, Paul Tetlock verificó el papel determinante de los medios en la formación de la opinión pública, mostrando que la Bolsa de Valores reaccionaba exageradamente a las noticias aparecidas en The Wall Street Journal. Una buena historia, aunque no estuviera del todo bien fundamentada, atraía compradores, mientras que una mala noticia reducía los precios de las acciones por debajo de su valor fundamental.

Raíces de crisis abruptas

En la Argentina, el economista Daniel Aromí, del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de Buenos Aires de la Universidad de Buenos Aires (IIEP-UBA), estudia metódicamente desde hace años el poder de las historias para formar expectativas. Aromí analizó los adjetivos usados por los medios para describir la situación de la economía, y encontró que esta información entusiasmaba demasiado a los analistas. Los comentarios positivos inducían pronósticos de crecimiento de la economía excesivamente optimistas y los negativos provocaban exactamente lo contrario. Estas reacciones constituyen el fundamento del frenesí exagerado que, cuando se extingue, puede producir crisis abruptas como la de 2007/2009.

Las historias también pueden definir elecciones. Una propuesta atractiva pero falsa puede atraer más votos que una realista pero desabrida. Y sin embargo los mecanismos que hacen que las historias ganen votos son a veces inesperados. El economista Matthew Gentzkow estudió recientemente el impacto de las historias falsas (fake news) que algunos oportunistas hicieron circular antes de los comicios de Estados Unidos. Sus resultados indicaron que, pese a que las mentiras que favorecían a Trump eran las más recordadas, éstas no habían tenido un impacto significativo sobre los resultados finales.

Pero la historia no termina aquí. Si bien los medios no tuvieron un impacto decisivo en las elecciones (recordemos que la mayoría de ellos favorecían la candidatura de Hillary Clinton), en esta ocasión fue la entrega de historias a domicilio la que pudo haber jugado un rol determinante. Hay sospechas de que una empresa envió mensajes personales a cada potencial votante para que cada uno de ellos escuchara la historia que mejor le caía. Estas historias personalizadas se construyeron a partir del trabajo del psicólogo Michal Kosinski, que logró determinar con bastante precisión la personalidad de muchísimos potenciales votantes a partir de los perfiles de actividad en Facebook. El candidato republicano, según parece, le prometió a cada individuo hacer realidad sus deseos si ganaba la elección. Y mal no le fue.

Como dice Harari, quizá las cosas más importantes del mundo residan en nuestra imaginación: la nación, la religión y el dinero son sólo algunas de las más importantes. Una de las ventajas de la ficción es que nos permite coordinar acciones para alcanzar un fin común. En economía, las historias traen ventajas, pero también acarrean riesgos.

Basar nuestra realidad en "castillos en el aire", como llamaba John Maynard Keynes los precios observados en la bolsa de comercio, puede crear las condiciones para desatar una crisis. Entender cómo compartimos la información, cómo se manipula y en qué circunstancias se puede transformar en un fenómeno viral es crucial para entender el funcionamiento de un mundo donde las historias son, en buena parte, lo que nos hace humanos.

Economista (UBA)

pablojaviermira@gmail.com

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