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Mujeres que no le piden permiso al cupo

Héctor M. Guyot

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LA NACION
Sábado 16 de septiembre de 2017
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Existe una tensión entre la costumbre y la ley. Muchas prácticas mayormente aceptadas llegan a ser letra de los códigos que nos rigen. En estos casos, el acatamiento a esas reglas de convivencia suele ser alto. En otros, la ley apunta a enderezar conductas supuestamente cuestionables que tienen cierto arraigo, y aquí la voluntad del legislador encuentra límites. Si los excede, si el ideal se aleja demasiado de la realidad, es probable que esa ley se incumpla o no funcione bien.

Este principio escuchado en las aulas de la Facultad de Derecho me vino a la mente cuando se supo, esta semana, que está todo listo para que la paridad de géneros se convierta en ley. El proyecto, ahora en Diputados, eleva el cupo femenino del 30 al 50% tanto en las listas de candidatos como en los organismos de representación política.

Hombres y mujeres son iguales y distintos. Son iguales en su idoneidad, único requisito que la Constitución prevé para acceder a cargos públicos. Los hay más o menos capaces, indistintamente del género, y más o menos honestos. En cambio, suelen actuar en política de distinto modo, quizá porque el género determina una cierta manera de estar en el mundo. Sería deseable que la mitad de los legisladores fueran mujeres. Pero ese deseo no debería ser impuesto, sino favorecido por la ley. Establecer un piso para remover el sesgo históricamente machista de nuestra cultura está muy bien. Pero dudo de la eficacia de decretar la igualdad por ley.

Por otra parte, las mujeres se defienden solas. Y nos defienden a todos. Pienso en aquellas que fueron fundamentales para que el país pusiera fin a una etapa de deterioro que amenazó con llegar a extremos impensados. Lo hicieron a partir de virtudes que no son patrimonio exclusivo de ningún género, pero que suelen ser ejercidas de manera muy particular por mujeres.

Con valentía y perseverancia, Elisa Carrió denunció a los Kirchner cuando estaban en la cima de su poder. A pesar de los ataques del kirchnerismo. A pesar de que la opinión pública la desestimaba como una "denunciadora serial" y sonreía ante el desprecio de un ministro que la acusó de no tener "los patitos en fila". En verdad era al revés: Carrió tuvo la lucidez de no comprar nunca, ni siquiera ante el fasto de las exequias de Néstor Kirchner y las lágrimas de la viuda, espejitos de colores que tantos, de un lado y de otro, se tragaron. Y, sobre todo, tuvo un sentido de misión que hacía falta.

Mariana Zuvic desplegó un coraje similar. Con inteligencia, con la misma entrega de su mentora, denunció en forma precisa lo que los Kirchner habían hecho para poner Santa Cruz en sus manos, al tiempo que sumaba evidencias del modo en que estaban replicando el mismo plan a escala nacional. Otra mujer, Margarita Stolbizer, también bregó por señalar la corrupción y reunir evidencias del saqueo que estaba perpetrando el kirchnerismo en el poder. Y lo mismo Graciela Ocaña.

A Carrió, a Zuvic, a Stolbizer, a Ocaña, que trabajaron junto con otras mujeres, les debemos el avance de muchas de las causas que hoy investigan el latrocinio del gobierno anterior y también, en parte, la vuelta de página de un "sueño" que se pretendía eterno.

Lo curioso es que estas mujeres se plantaron frente a otra mujer. Una que ocupó el centro de la escena y hoy lucha por no verse relegada a un lugar marginal justo cuando la Justicia le exige una rendición de cuentas. En ese trance, Cristina juega tal como lo hizo en el poder. Por fuera y por dentro del sistema. En la entrevista que le hizo Luis Novaresio desplegó, edulcorado, su relato. A estas alturas, es difícil creerle a quien ha hecho un método del engaño. Enumerar sus inconsistencias sería perder el tiempo. La hora de hacerlo ya pasó. Más que por lo que diga o haga, la ex presidenta es hoy noticia por aquello que supuestamente hizo: poco antes de empezar la entrevista, la Cámara Federal confirmaba su procesamiento por corrupción en el manejo de la obra pública. Y lo hizo dentro de la causa por asociación ilícita que Carrió denunció en 2008.

Nos hemos olvidado de cómo se temía a la ex presidenta. Ahora que el futuro se le ha puesto sombrío, se le animan ex ministros suyos que durante sus años de esplendor bajaban la cabeza y la acompañaban hasta en sus embestidas contra la Justicia o la prensa. Eso es cobardía. Lo contrario de estas mujeres, que enfrentaron a Cristina cuando su capacidad de daño estaba intacta y no por especulación política, sino por principios. Que la valentía en este caso esté del lado de las mujeres quizá sea circunstancial. Sospecho que no, aunque no pueda probarlo. Como sea, que viva la diferencia.

Hay otra mujer que hoy gravita como nadie: María Eugenia Vidal. Además de meter los pies en el barro y enfrentar mafias que sus antecesores promovieron o toleraron, la gobernadora de Buenos Aires cifra en su persona un bien muy escaso e intangible: es alguien a quien se le cree. Hay algo esencialmente femenino en su determinación. Refleja una fortaleza que no se basa en la prepotencia, sino en la conciencia de la propia vulnerabilidad, y eso es irresistible.

Estas mujeres, como muchas otras, son protagonistas fundamentales de este presente. Y no le pidieron permiso al cupo.

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