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Por un desperfecto técnico, suspendieron la función de La Traviata en el Colón

El inconveniente se produjo luego del primer acto

Sábado 16 de septiembre de 2017 • 14:10
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La Traviata, con función suspendida
La Traviata, con función suspendida. Foto: Prensa Teatro Colón

La tercera función de La traviata, en el Teatro Colón, se interrumpió por un corte de energía eléctrica, en la noche del viernes. Finalmente se suspendió, con el consecuente malestar del público, que solo pudo presenciar el primer acto de la más popular de las óperas de Giuseppe Verdi, esta vez según la régie de Franco Zeffirelli, en la producción de 1991 cedida por la ópera de Roma para ser reconstruida en el Colón. El corte sobrevino en el intervalo entre el primer acto y el segundo, cuando el público salía a los pasillos. No eran aún las nueve de la noche, y media hora después el público abandonaba la sala.

A medianoche, un mensaje en Facebook de una de las defraudadas espectadoras daba cuenta de lo sucedido: "No había luces de emergencia. No se podía caminar por los pasillos porque no había ni una luz. Cuestión que estábamos todos sentados alumbrando un poco con los celulares hasta que a la media hora, aproximadamente, apareció un señor en el escenario hablando bajito, explicando que era un problema externo y que bueno, en minutos nos darían novedades. Esos minutos fueron eternos y nadie se presentaba a hacerse cargo de la situación. Luego de 10 minutos volvió a aparecer el señor diciendo que no lo podían arreglar porque el grupo electrógeno siempre se rompe."

A todo esto, los músicos de la Orquesta Estable (que venía dirigiendo el maestro invitado Evelino Pidò, un especialista en repertorio operístico italiano, como lo señaló el crítico de LA NACIÓN Pablo Gianera) continuaban en el foso, aguardando estoicamente la reanudación del espectáculo. La anomalía y la situación creada conformaban, por cierto, un hecho infrecuente en la historia del Teatro Colón, aunque no era la primera vez; un artículo de este diario del 18 de diciembre de 2013, firmado por Ángeles Castro, informaba acerca de cortes de energía en toda la ciudad; al final la nota consignaba: "Al cierre de esta edición, se interrumpía la función de El Lago de los Cisnes , en el Teatro Colón, también por falta de electricidad".

Las autoridades del Teatro se ocuparán de explicar las raíces de las deficiencias -si las hubiere- para afrontar un inconveniente técnico que, entre otros perjuicios, obligará a reponer la función suspendida, un compromiso difícil, teniendo en cuenta la estricta programación del Colón. Sin embargo habría que destacar otro imprevisto que atenuó la negatividad del episodio, con un final casi feliz. Podemos referirlo: estábamos presentes en la sala, en esta desdichada función del viernes.

Con una linterna en mano, el señor que había dado explicaciones al público volvió a salir, esta vez acompañado por uno de los cantantes, ataviado a la usanza de fines del siglo XVIII, época en que el libretista Francesco Maria Piave ambientó el célebre drama que da base a la ópera. El anunciador aclaró que se trataba del barítono Fabián Veloz, quien debía entrar en el segundo acto para personificar a Giorgio Germont, el padre de Alfredo (que llega para pedirle a Violetta que renuncie al amor por su hijo). Veloz portaba, también, una linternita, y comenzó a cantar el aria "Di Provenza il mar, il suol". Lo hizo valientemente a capella, lo que venía a acentuar lo precario de la situación escénica. Pero a cierta altura se le sumó la Orquesta Estable. y allí, en medio de los escombros de una función frustrada, se produjo un hecho que no careció de magia: la inmortal aria de Verdi, cantada en penumbras, adquirió un carácter único, íntimo y conmovedor, en un marco escénico misterioso apenas alumbrado por dos linternas, acaso más interesante de lo que habría resultado en condiciones normales, en la vetusta producción de Zeffirelli que en su estreno 1991 (Marcelo Lombardero dixit) "ya olía a naftalina".

La ovación del público, al final, fue de tal entusiasmo que la sensación del público al abandonar la sala -incluido quien escribe estas líneas- permitió paliar, con una experiencia estética, el amargo sabor de una deficiencia difícil de tolerar.

Por: Néstor Tirri

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