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Desolación: los campos ya casi son lagunas en Azul y en Henderson

Los productores rurales tienen pérdidas millonarias en agricultura y en ganadería

Domingo 17 de septiembre de 2017
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LA NACION
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Los productores Pablo Ginestelt y Fernando Reynolds observan el avance de las aguas en el partido bonaerense de Henderson
Los productores Pablo Ginestelt y Fernando Reynolds observan el avance de las aguas en el partido bonaerense de Henderson. Foto: Mauro V. Rizzi / Enviado especial

HENDERSON.- Recuerda Fernando Reynolds que se inició en la práctica del kitesurf después de ver a su hermano parado sobre una tabla e impulsado a vela por el viento sobre las aguas que durante la última inundación en esta zona, hace cuatro años, cubrían hasta el último hilo de alambre de los campos que tenían sembrados y listos para la cosecha. Una manera de ponerle buena cara al mal tiempo que cada vez más seguido hace estragos en la región centro de la provincia, donde hay decenas de miles de hectáreas anegadas y ya se confirman pérdidas millonarias, tanto en cereales como por muerte de animales.

La lluvia cesó en esta región el último fin de semana pasado, pero no hay margen para demasiado alivio. A medida que los canales cercanos recuperan el ritmo de drenaje quedan a la vista sembradíos de girasol, soja y maíz que no se pudieron levantar a tiempo. "De las 160.000 hectáreas que tenemos en el partido de Henderson para producir, más del 75% están afectadas y comprometidas", dice el presidente de la Sociedad Rural local, Pablo Ginestelt. Hay 45.000 que hoy lucen como lagunas.

El recorrido que LA NACION realizó con productores de la región se hizo en caminos rurales que tienen hasta casi un metro de agua. Permitió constatar el impacto de esta sucesión de lluvias que en la zona arrancó a principios de este año y se acentuó durante el comienzo del segundo semestre. Con promedios históricos de 800 o 900 milímetros anuales, a esta fecha ya se acumulan -según el sector- entre 1100 y 1200 milímetros. "Y todavía nos queda un rato más", dice Ginestelt, con la presunción de que se puede cerrar el año con 1500 a 1600 milímetros.

Carlos Massón, productor agropecuario de Azul, compara el volumen de agua acumulada con históricas inundaciones del distrito, como aquella de comienzos de la década del ochenta o la más reciente, en 2012, ambas con obligación de evacuar familias del pueblo. "Esta vez, la única diferencia es que no se anegaron las casas", dice, aunque a ambos lados del tramo urbano de la ruta 3 hay amplias lagunas que avanzan sobre algunas calles y aislaron a decenas de propiedades.

Ante los primeros coletazos del duro golpe económico que significará esta situación, las autoridades locales se mueven ante instancias superiores para pedir ayuda. Una comisión con representación de las distintas partes involucradas ya inició gestiones para que la provincia extienda la emergencia agropecuaria para los distritos afectados.

Un proveedor de insumos para el agro que atiende a productores de Henderson y Pehuajó confirmó a LA NACION que este año la venta de agroinsumos cayó más de un 30% con respecto al año anterior. Esperan que la tendencia se afirme en los próximos meses, que se presumen serán de parálisis o de mínimos movimientos.

Las máquinas agrícolas están paradas. Algunas encajadas en el barro, a la espera de que seque para poder moverlas. No hay suelo firme que permita circular y mucho menos transportar cargas. Muy cerca se ven las silobolsas, llenos de granos que en muchos casos se levantaron de apuro y con riesgo que el exceso de humedad lo deteriore o, al menos, le haga perder calidad y precio final de venta. Solo la ubicación en puntos más altos de los lotes los salvó de quedar bajo el agua.

"No se puede entrar a los campos y mucho menos sacar los cereales", cuentan Reynolds y Fernando Ferrara, que son parte de una empresa familiar oriunda de Pehuajó pero con tierras en jurisdicción del vecino distrito de Henderson.

Cacheteados por el mal tiempo, de trigo sólo llegaron a sembrar 200 hectáreas. Y otras 1200 de maíz y soja no se pudieron iniciar. "De lo que había para cosechar, se levantó lo que se pudo", destacan sobre la soja y el maíz que lograron acopiar. Una con rendimiento aproximado de 32 quintales y el otro con 80 quintales por hectárea. Es cierto también que en algunos sectores podrían levantar y almacenar. "Es sacar, el problema, de un lugar y llevarlo a otro", apuntan.

Reynolds insiste que más allá del cimbronazo por lo que no se pudo cosechar, lo peor es que no se logró sembrar. Se estima que habrá 70% menos de trigo que en la anterior campaña. "Así, el problema se estira para el año próximo", advierte.

Massón dijo que a los problemas con cereales se suman los del ganado. En Azul, con zonas más bajas y menos chances para buscar refugios alejados del agua, se perdieron miles de cabezas. "Podrían ser desde 5000 a 8000 si tomamos toda la zona", arriesga sobre los efectos del pico de una inundación que coincidió con el nacimiento de terneros. La afirmación es comprobable con un recorrido de pocos kilómetros: más allá del alambrado, incluso hasta a metros de la ruta, los restos de las vacas están por aquí y por allá.

Y con cada una de estas coyunturas se nota el efecto social que acompaña. Productores optan por mudar a sus familias al pueblo inmediato para que no queden aisladas y los chicos no pierdan días de clase. Las consecuencias, por experiencia, es que no todos retornan. "Así los campos van quedando cada vez más despoblados", se lamenta Ginestelt.

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