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La donante de óvulos: una historia de altruismo en primera persona

Lunes 18 de septiembre de 2017 • 18:47
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LA NACION
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Es 2010. Agustina Belmonte está recostada en la camilla de una clínica privada de reproducción asistida en el barrio de Recoleta. La sobredosis de hormonas que tiene en su cuerpo hace que parezca embarazada de cuatro meses. La habitación es un desfile de médicos y enfermeras. Un doctor monitorea los óvulos mientras otro le coloca anestesia para que no sienta ningún dolor. El procedimiento que le van a realizar es una punción folicular: con una aguja por vía vaginal le irán extrayendo los óvulos que se formaron en cada ovario, como consecuencia de una gran estimulación que duró casi un mes.

"Logramos extraer catorce, una maravilla", la felicitan las enfermeras, marcando el fin del procedimiento.

Para poder convertirse en donante Agustina tuvo que someterse a decenas de entrevistas psicofísicas (donde entre otras cosas le preguntaron qué la motivaba y cuáles eran sus expectativas), aplicarse inyecciones durante diez días, asistir periódicamente a la clínica de reproducción, suspender por un mes las relaciones sexuales, cuidarse con las comidas y lo más importante: comprometerse a desaparecer completamente luego de la donación, renunciar a cualquier intento por contactarse con este niño.

"Estoy convencida de que si yo hubiera necesitado recurrir a otra persona para ser mamá no lo hubiera dudado y desearía que existiese alguien en el mundo que lo haga por mí. Es un círculo"
"Estoy convencida de que si yo hubiera necesitado recurrir a otra persona para ser mamá no lo hubiera dudado y desearía que existiese alguien en el mundo que lo haga por mí. Es un círculo".

"Busco donante de óvulo que cumpla ciertos requisitos"

La primera vez que Agustina escuchó hablar del tema estaba realizando un intercambio estudiantil en el sur de California. Era estudiante de psicología y estaba aprendiendo a trabajar con niños y adultos con capacidades diferentes. "Entre mis pacientes, tenía una nena a la que sus papás adoraban y era hija de una donación de óvulos. Desde ese viaje me quedó la idea dando vueltas en la cabeza", cuenta.

Ya en Buenos Aires y con 22 años, una noche de desvelo navegando por Internet dio con un aviso clasificado en un blog. Era de una señora que buscaba una donante de óvulos con características muy similares a las de ella. Sin titubear respondió la solicitud ofreciendo sus óvulos.

La solicitante tenía 35 años y quería ser mamá por tercera vez. Tenía dos hijos de un matrimonio anterior y llevaba varios años buscando -sin éxito- descendencia con su nueva pareja. Para lograrlo necesitaba recurrir a una mujer más joven, a la que la naturaleza haya premiado con óvulos en buen estado.

Después de pedirle su historia familiar, fotos cronológicas desde su nacimiento, estatura, tipo de sangre, color de ojos y de cabello se convenció: su tercer hijo tenía que llevar la información genética de Agustina.

Luego de este intercambio de correos, la mujer contactó a Agustina con la clínica para que siguieran los procedimientos habituales. Si bien al principio desde la clínica se negaron a que ellas se conozcan, finalmente terminaron cediendo.

"No lo consulté con mi pareja de ese momento, ni con mi familia. Yo estaba dispuesta a poner el cuerpo para que esta mujer cumpla su sueño aunque todos me dijeran que era una locura", recuerda Agustina.

Un acto altruista

Cuando terminó la extracción de óvulos Agustina conoció a quien llevaría en sus entrañas al embrión formado con su óvulo y el semen de su marido. Al verse, a las dos se les llenaron los ojos de lágrimas, la mujer le agradeció la posibilidad que le estaba dando y le contó que siempre le diría a su hijo la verdad sobre cómo había llegado al mundo.

"Lo más importante para mí -dice Agustina- fue respetar a esa mamá que estaba confiando en mi cuerpo para alcanzar su sueño. En estos años cambie mi número de teléfono y hasta mi dirección de email. Con el tiempo también fui borrando de mi mente datos personales de esa mujer y creo que esto tiene que ver con el respeto que tengo hacia ella. En Argentina, las dos partes no suelen conocerse en ningún momento del proceso, entonces me pareció muy importante respetar a esta persona que confió tanto en mi."

"¿Será nena o nene? ¿Uno o más? ¿Querrá conocerme, sabrá de mi existencia?"

La gran incógnita que acompaña a Agustina desde hace siete años es si sus óvulos habrán logrado convertirse en bebés o si estarán congelados en la clínica de fertilidad. En caso de existir, este niño o niña tendrá unos seis años y cuando cumpla la mayoría de edad tendrá derecho a conocer su identidad.

Agustina se pregunta si en once años alguien tocará la puerta de su casa, queriendo saber de ella, si tendrán rasgos parecidos, si será feliz: "Solo deseo que lo amen, que sea pleno, que tenga una familia que lo bese y lo abrace, que todo haya salido como tanto lo deseamos".

"Nunca tuve miedo de no poder convertirme en madre después de donar y hace veinte meses nació Simón"
"Nunca tuve miedo de no poder convertirme en madre después de donar y hace veinte meses nació Simón".

Hoy Agustina tiene 29 años y es madre de Simón, de veinte meses: "Nunca tuve miedo de no poder convertirme en madre después de donar. Al contrario: soy una mujer cliché, que toda su vida pensó en tener hijos y maternar. Donar óvulos para que otra persona pueda tener esa experiencia es algo maravilloso. Es un acto de amor. Hace siete años un psicólogo me preguntó por qué lo hacía. Hoy estoy convencida de que si yo hubiera necesitado recurrir a otra persona para ser mamá no lo hubiera dudado y desearía que existiese alguien en el mundo que lo haga por mí. Es un círculo. No tengo dudas que volvería a donar".

La voz del especialista

Fernando Neuspiller, director de IVI Argentina, cuenta cómo funciona la donación de óvulos en Argentina y qué requisitos debe cumplir una mujer para poder ser donante. Escuchá el audio completo:

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