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Lo que sucedía en aquellos fogones donde se cantaba Sui Generis y Vox Dei

Daniel Gigena

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LA NACION
Martes 19 de septiembre de 2017 • 23:40
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Cuando intenté convertirme en comediante tenía diez u once años. Una actividad inevitable de los viajes de campamento que hacíamos durante la escuela primaria era el fogón nocturno. En un rincón del predio de la Asociación Cristiana de Jóvenes en Matheu, un adulto (seguramente el profesor de educación física) encendía un fuego al que debíamos alimentar con ramas y hojas secas. Permanecíamos sentados en círculo, fascinados alrededor del fuego.

Horas antes, otra actividad nos había mantenido ocupados gran parte de la tarde, en busca de esas ramas crepitantes. Alguien nos había indicado que las ramas verdes sólo darían humo. Más tarde junto al fuego se cantaba, se contaban historias de miedo y, en silencio, escuchábamos los sonidos de la noche: zumbidos de insectos, pájaros con insomnio que sacudían las alas en los eucaliptus, el tren del Ferrocarril Mitre y muchos ladridos. Las maestras, sin guardapolvo y con ropa informal, nos parecían menos distantes iluminadas por el fogón. Muchas compañeras se pasaban la noche abrazadas a las cinturas de aquellas pobres mujeres.

A determinada hora había que actuar frente a los compañeros. Siempre (como es habitual en cualquier institución que haya conocido hasta ahora) había que competir. Nos dividían en dos grupos "mixtos", una palabra que se usaba cuando los grupos de varones y de chicas eran pocos habituales. Teníamos que enfrentarnos en distintas pruebas: búsquedas del tesoro o "duelos" de canciones de Sui Generis y Vox Dei funcionaban apenas como instancias intermedias del momento cómico.

Recuerdo que ganábamos cuando en los sketchs imitábamos a los mayores. En general, lo hacíamos con más sorna que ternura. Como se trataba de gags y no de homenajes, exagerábamos los tics ajenos, aflautábamos la voz para imitar el tono de las pedagogas e insinuábamos romances entre todas ellas y el profesor de gimnasia, que había viajado al campamento con su mujer y el hijo. No escribíamos guiones (eso hubiera sido el colmo en un parque donde había piletas, árboles y canchas para practicar todos los deportes) pero elegíamos los papeles con obsesión por las semejanzas, que ahora me parecen totalmente inverosímiles. El hecho de que el jurado estuviera integrado por los personajes parodiados no era un detalle menor.

Con el tiempo, esos encuentros alrededor de las fogatas dejaron de parecerme estrategias para pasar el tiempo, casuales o vacías de sentido, tanto que incluso me asombraba de mi propia falta de discernimiento hasta ese momento. (Sin embargo, qué seríamos sin los descubrimientos tardíos.) El fuego que aquellas noches había sido alimentado por nosotros mismos no era solamente la excusa para que cada uno se sintiera parte del grupo, incluso si el grupo albergaba a otros grupos. Nos podíamos sentar en un lugar cualquiera del círculo y cambiar de lugar si teníamos ganas. En la ronda no había entonces primeros ni últimos. ¿Dónde estaba el medio? Cerca de los demás, por un rato y gracias a la chispa de las risas, las jerarquías se borraban frente a la pirámide del fuego.

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