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Los dos rencores que rondan al Presidente

Laura Di Marco

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PARA LA NACION@_LauraDiMarco
Miércoles 20 de septiembre de 2017 • 00:57
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Mauricio Macri está enojado. Un disgusto que no se esfuerza en esconder, ni tampoco puede canalizar a través del deporte, después de la intervención quirúrgica que sufrió en su rodilla derecha, a mediados de agosto, y que lo dejó inhabilitado para la actividad física, durante ocho semanas: un auténtico sacrificio para un hombre que concibe la competencia deportiva como un antídoto contra el estrés del poder. Para compensar, potenció otros remedios: José Luis Ahumada, el psicoanalista que lo atiende desde hace más de veinte años, aceptó, finalmente, trasladar el diván a Olivos, una mudanza a la que se había negado durante todo el primer año de su presidencia. A la terapia del freudiano ortodoxo, sumó la de la armonizadora budista, a quien sigue frecuentando cada 15 días. Ambos espacios de reflexión -que parecen contradictorios entre sí, pero que su eclecticismo se encargó de congeniar-, le sirven para aplacar los dos rencores que dominan su estado ánimo, en el umbral de lo que anticipa como una victoria política de Cambiemos.

El primer rencor es con el círculo rojo. Allí ubica centralmente a medios y periodistas. "Son los únicos que no se dieron cuenta de que ganábamos las PASO y que todavía creen que, en 2015, ganamos por casualidad", chicanea, en la intimidad. Está convencido de que los ciudadanos de a pie comprenden mucho mejor lo que sucede en la Argentina que los líderes políticos y comunicacionales. El segundo disgusto es con el "falso progresismo," que, junto con el círculo rojo, logró transformar un caso policial -la desaparición de Santiago Maldonado- en un asunto político. En el caso del garantismo, además, le achaca haber influido sobre la red internacional de organismos de derechos humanos, que terminó lastimando la imagen de su Gobierno.

Hace suyo el razonamiento de su socia Elisa Carrió cuando conjetura que el kirchnerismo -es decir, el "falso progresismo"- busca la renuncia de la ministra Patricia Bullrich para afectar la lucha contra elnarcotráfico que básicamente lleva adelante la Gendarmería. Con las Policías Federal y Bonaerense bajo sospecha, los gendarmes se han vuelto una pieza clave en la política de seguridad de Cambiemos. "No podemos pagarles 70 mil pesos, como gana cualquier ñoqui de la política. Y los tipos se juegan la vida, por eso el Presidente tiene que cuidarlos, darles un respaldo taxativo", desliza un ministro, que frecuenta la oficina presidencial. Macri está convencido de que ese "falso progresismo", que condenó de antemano a la fuerza, termina siendo funcional al mundo narco. "Nunca veo al periodismo preocupándose porque le tiraron una molotov en la cara a un gendarme o indignados porque atacaron a un policía", se queja, en la intimidad de las reuniones con sus principales espadas. Volvió impresionado de la última visita que hizo el último lunes a Berazategui. La gente del conurbano llenó de elogios el trabajo de Patricia Bullrich -un espaldarazo que también reflejan las encuestas-, mientras gran parte del círculo rojo le ha pedido que dé un paso al costado. En su más profunda intimidad, Macri piensa que va a llegar un día en el que los medios perderán toda conexión con la realidad.

La decisión política está tomada. Y aunque algunos gendarmes terminen involucrados en la desaparición del artesano, respaldará con uñas y dientes tanto a Gendarmería como a su ministra de Seguridad.

El pálpito de una victoria de Cambiemos en octubre y, sobre todo, la posibilidad de derrotar a una Cristina Kirchner que lo atormentó desde que se lanzó a la política, parecen haberlo cambiado. "Hay que creérsela un poco más", desliza, enigmático, a los amigos de confianza que frecuentan su despacho. La frase adquiere sentido en un Macri padeciente del poder, a quien, durante todo el primer año de su mandato, le costó habitar su nuevo lugar.

Aunque con personalidades opuestas, Macri tiene, igual que la ex presidenta, su propia e intensa batalla cultural. La diferencia es que mientras él se enoja hacia adentro -practica una ira de interiores, por decirlo de algún modo-, ella estalla hacia afuera. Los motivos de la cólera son, naturalmente, distintos y también lo es el modo de procesarla: el kit terapéutico macrista apunta a conservar la paz interior. Mantener el eje: una preocupación que Cristina jamás tuvo. Sin embargo, y aunque suene extraño, ambos comparten un adversario en común: el círculo rojo, un concepto que, en el imaginario macrista, no sólo incluye a los medios sino también a la clase política tradicional, el establishment y la ciudadanía politizada.

Después de octubre, no habrá Pacto de la Moncloa con el peronismo, ni nada que se le parezca. El Presidente no tiene ninguna voluntad de lanzar un gran acuerdo político, tal como había amagado, tímidamente, antes de las primarias. Si la idea pactista nunca logró enamorarlo -siempre sintió que era una iniciativa que trataba de imponerle el círculo rojo-, mucho menos lo seduce ahora, en la pre-degustación de un triunfo personal y política. El giro es un nueva victoria de sus principales consejeros, Marcos Peña y Jaime Durán Barba, quienes siempre le bajaron el pulgar a la foto de una gran conciliación con la oposición. El argumento duranbarbista, hoy revalidado, es que semejante imagen dejaría al Gobierno debilitado y, sobre todo, restaría toda credibilidad a la mística del cambio. En la filosofía del ecuatoriano, menos es más.

¿Cómo hará, entonces, para lograr las reformas políticas y macroeconómicas que necesita? ¿Y si los bloques del peronismo se reunifican en el Congreso y la Legislatura bonaerense, tal como deslizaron esta semana algunos soñadores? Macri no ve peligro en el corto plazo. Por el contrario, percibe a un peronismo que aún debe recorrer un largo camino para reorganizarse. Los acuerdos se harán sector por sector. La semana pasada llegaron al Congreso, casi al mismo tiempo, la nueva ley de responsabilidad fiscal -un acuerdo para bajar el gasto público, que se alcanzó con 23 de los 24 gobernadores- y el proyecto de Presupuesto 2018, que Nicolás Dujovne blindó aumentando las partidas de las prestaciones sociales, para lograr su aprobación en un año electoral. Idéntico camino sigue la reforma tributaria -que empezaría a debatirse a fin de año- y el blanqueo laboral, que el Gobierno teje con un sector de la CGT: los pragmáticos popes sindicales llevan años de supervivencia política ejercitando el olfato para detectar de qué lado calienta el poder.

El Presidente ni siquiera vio la entrevista que, desde la desesperación, Cristina le concedió a Luis Novaresio y que se convirtió en la comidilla más jugosa de los últimos días. Macri carece de ese tipo de curiosidad política. En cambio, prefirió pedirle a uno de sus voceros que le trazara un resumen de la performance de su antecesora, a quien no le cree ni una sola palabra.

Está convencido de que, después de octubre, ya no habrá dos caminos -populismo cristinista versus republicanismo de Cambiemos-, como machaca la mayoría de los analistas políticos con quienes él mantiene una pelea discreta y secreta. La gente -que siempre va adelante- ya se dio cuenta de que el populismo es como la resaca que aparece después de las fiestas. Después de las elecciones, la Argentina tiene que transitar, durante los próximos veinte años, ese único camino de apertura al mundo, profetiza. ¿Aventura, entonces, una hegemonía política de Cambiemos? No. ¿Un acuerdo político amplio con la oposición, que incluya políticas de Estado? Tampoco, esas son las falsas ideas del círculo rojo. En la política del siglo XXI, el único jefe es el ciudadano y es esa ciudadanía despierta, no la iluminación de los líderes, la que mantendrá el pulso del cambio.

Macrismo de máxima pureza en un Presidente que asumió frágil y ahora ensaya pasos nuevos en el centro de la escena.

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