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Marcelo Birmajer: una fragilidad perdurable

A los 8 años, su hijo mayor le regaló una estrella de David hecha con palitos de helado; el escritor entendió que en ese regalo había un mensaje secreto

Héctor M. Guyot

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LA NACION
Domingo 24 de septiembre de 2017
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Foto: Ilustración Sebastián Dufour

Marcelo Birmajer no es de aquellos que esquivan sus deberes de padre. Cuando su hijo mayor tenía 8 años, lo acompañó al colegio para participar de una de esas actividades compartidas que cada tanto la escuela inflige a los progenitores. Había que armar un muñeco con las propias manos. Simón logró hacer una criatura digna y presentable, pero puso tanto empeño en mejorarlo que, sin querer, acabó destruyéndolo. Ante el desastre, a Marcelo le salió una máxima que desde entonces ha tratado de aplicar: “Lo que está bien no hay que mejorarlo”.

Simón entendió el concepto. Al poco tiempo armó una pieza muy distinta, pero de modo tan sencillo y espontáneo que la creación parece indestructible. Sin decir palabra se la extendió a su papá, que recibió el regalo en silencio, sin saber todavía que sería uno de los pocos objetos –si obviamos los libros– que lo acompañarían a través de los años. Se trata de una estrella de David equilibrada, limpia, perfecta, hecha con seis palitos de helado recubiertos con cinta scotch. Casi un triunfo de la precariedad.

“Las cosas duran cuando tienen razón de ser –dice el escritor–. Esta estrella perduró en el tiempo porque tiene un sentido, aunque no podamos definirlo del todo. Los sentidos nunca son cerrados y absolutamente decodificables.”

Antes que por la vía de la interpretación, entonces, vamos por la del recuerdo. Cuenta Marcelo que por esa época Simón jugaba con un muñeco de Yoda, el célebre personaje de la Guerra de las Galaxias, que sus padres le habían regalado. La criatura repetía, en inglés, una sola frase: “Usa la fuerza para defenderte, nunca para atacar”. Birmajer pensó que eso mismo decía en silencio esta estrella de David que hoy descansa en un estante de la biblioteca que tiene en su estudio de Once. Pero había más. Cuando la recibió, sintió que en ese símbolo fabricado con palitos de helado su hijo le estaba pasando un mensaje secreto y velado. “Era la prueba de la continuidad. Algo del padre seguía en el hijo. Me estaba diciendo que había entendido las historias que le había contado. Y que las continuaría a su manera.”

Además de Simón, hoy un muchacho de 20 años que se abre camino en el mundo de la publicidad, Birmajer tiene dos hijas: Sabrina, de 16, y Sara, de 11. “La gran obsesión de un padre es qué va a quedar de él en los hijos –dice–. Qué puede darles uno para ayudarlos a vivir. Y eso hay que hacerlo antes de que llegue la adolescencia, que es como la crisis norcoreana. A partir de ahí, ya mucho depende de ellos.”

–¿Qué has querido darles a los tuyos?

–Primero, que valoren la vida. La propia y la ajena. Después están la honestidad, la libertad y el trabajo. Prefiero tener la satisfacción de ganarme la vida con mi trabajo, con lo que me gusta, con lo que escribo, que tener más dinero por haber ganado la lotería. El trabajo tiene un sentido. En su momento, esta estrella me dijo que algunas de las cosas que intentaba transmitirle a Simón habían pasado a él.

A Birmajer no le gustan las fotos. Le producen una sensación de melancolía que se le antoja enfermiza. Por eso, nada le recuerda mejor la infancia de su hijo mayor que este objeto que recibió de sus manos. Quizá porque encierra una historia.

En su fragilidad, esta estrella de David que Simón hizo con lo que tenía a su alcance se ha revelado fuerte. Por eso ha durado, diría Marcelo. La ha hecho resistente algo que está más allá del objeto. “Los seres humanos somos frágiles y sin embargo duramos –dice Birmajer–. Nuestra destrucción, individual y colectiva, siempre parece probable. Lo asombroso es cómo hemos persistido. Que persistamos. Que estemos aquí.”

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