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El último rescate del mejor montañista argentino

Mariano Galván es considerado el Messi del montañismo argentino: además de ser el único en haber hecho cumbre en siete de los 14 picos más altos del mundo, su fama se acrecentó cuando en 2015 rescató, en solitario, el cuerpo de un célebre colega indio. Desde el 23 de junio pasado está desaparecido. De la esperanza de su madre al recuerdo de sus compañeros, perfil de un hombre que elegía vivir al filo.

Jueves 21 de septiembre de 2017 • 16:31
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Mariano quedó atrapado en el útero del Nanga Parbat, en el norte de Pakistán
Mariano quedó atrapado en el útero del Nanga Parbat, en el norte de Pakistán. Foto: Martín Páez

Las manos se aferran a los bastones. Sostenidas con firmeza como los niños que se sujetan a los brazos de su madre. Levanta un pie, después el otro. Bajo las botas lleva las raquetas para evitar hundirse en la nieve. Controla la respiración. Los pulmones se abren como ventanales en primavera. A medida que sube por la montaña, el paisaje reluce de una blancura majestuosa. Mariano Galván escala el primer tramo del cerro Tres Cruces, en la frontera norte entre Argentina y Chile. Va en busca de Malli Mastan Babu, un alpinista de la India que lleva 11 días desaparecido. Unas horas antes, la Embajada de la India en Argentina movió cielo y tierra para dar con su hijo dilecto, el más mimado del alpinismo, el hombre récord de Guinness que llegó a siete de las 14 cumbres más altas del mundo, el que estaba obsesionado con hacer cumbre en Tres Cruces. Si está muerto, la Embajada, al menos, quiere recuperar su cuerpo para regresarlo a Gandhi Jana Sangam, un pequeño pueblo del sur de la India, donde Malli había nacido hace 40 años.

El primer día, Mariano camina unas 10 horas hasta que se acaba la luz natural. Al caer el sol arma el campamento para pasar la noche en la montaña. El segundo día avanza otro tramo de ascenso con la esperanza de hallarlo. Nada. Al caer la noche repite la rutina de armar el campamento. A 5.000 metros de altitud, el oxígeno es la mitad de lo que hay a nivel del mar. La falta de oxígeno provoca alucinaciones, pero Mariano es un experto en rescate y todos le tienen una fe ciega.

En la mochila lleva dexametasona, la droga que hace caminar a los muertos, según dicen los propios alpinistas. La usan en condiciones extremas. "Es tan potente que hace levantar y caminar a cualquiera como si estuviera en el living de su casa", dice Hernán Parajón, el experto montañista tucumano, presidente de la Fundación Cumbres Andinas, que está a cargo de la logística del operativo de rescate.

-Solo se puede usar en caso de que el alpinista tenga que bajar de la montaña; si consume la droga para subir, se muere -advierte Parajón.

El tercer día, Mariano camina más de nueve horas y, al atardecer, se detiene. Despeja la nieve con la mano y se sienta sobre la roca helada para tomar un respiro. Es un buen sitio para hacer noche. Gira la cabeza y observa, a unos cinco metros de distancia, un trozo de tela de color naranja que sobresale en la nieve. Mariano sabe que primero debe armar el refugio, antes de que caiga el sol, para después ir a ver de qué se trata. Con los últimos rayos de luz llega hasta la tela, despeja la nieve con el pie y descubre que se trata de una bolsa de dormir. En cuclillas comienza a despejar la capa blanca con las manos, hasta que se abre el rostro de Malli Mastan congelado, a 5.950 metros de altitud. Tiene la piel de un color aceituna y los ojos abiertos. El rescatista toma fotografías y marca con GPS el sitio exacto del hallazgo.

Soy guía de montaña y me ha tocado ver cuerpos, pero nadie termina de estar preparado para la muerte. Fue muy duro estar ahí, porque generalmente uno va con un grupo de rescate y, por lo menos, tiene la contención de los demás, pero aquí estaba solo -me contó Galván, una semana después del rescate-. La imagen del rostro de Malli se mezclaba en mi cabeza con la sensación amarga de que yo también hago lo mismo que él. Fue una noche larga, parecía que el amanecer no llegaba nunca.

Al día siguiente, Mariano Galván bajó en soledad por el mismo sendero. Después, el grupo tendría más tiempo para diseñar el plan de rescate del cuerpo. No contaban con el helicóptero porque el clima no ayudaba para volar. El rescatista volvió a subir al mismo sitio y logró bajar el cuerpo de Malli 11 días después. También recuperó las pertenencias del alpinista de la India: GPS, reloj, cámara de fotos, una bandera.

Conocí a Mariano Galván en abril de 2015, justo después de aquel rescate solitario. Era un hombre que devoraba montañas. Solía hacer cumbre en el Aconcagua como un entrenamiento para luego escalar en el Himalaya. Sin demasiada musculatura, pero con pulmones envidiables, lucía brazos fibrosos y las venas hinchadas en las manos parecían un mapa de ríos. Tenía dedos largos de pianista. Caminaba sereno. Al hablar hacía pausas y, cuando ponía énfasis en sus palabras, levantaba las cejas y se le marcaban tres líneas paralelas en la frente. Era un hombre parco. Cumplió 37 años el 17 de marzo. Se había ganado cierta fama entre los mejores montañistas por sus proezas a más de 8.000 metros de altura, donde la nieve envuelve hasta las rodillas o puede tragarte por completo como una carga de cemento. A esa altitud, la temperatura supera los 50 grados centígrados de día y puede descender a unos 40 grados bajo cero durante la noche. Pero Galván era capaz de controlar su cuerpo, de dominar la falta de oxígeno y de evitar el edema pulmonar. Lo consideraban el Messi del alpinismo argentino. Salvó a varios colegas en montañas de Argentina, Chile y Pakistán. Recuperó los cuerpos de otros que murieron congelados. Lo paradójico es que hoy Mariano Galván, el rescatista que se ofrecía como voluntario, está desaparecido. Y tal vez nunca puedan hallarlo.

El hombre que nació en Trelew, se recibió de Técnico en Electromedicina y a los 25 años se fue a vivir a Mendoza para estar más cerca de la montaña quedó atorado en el útero del Nanga Parbat, la novena montaña más alta del mundo, en el norte de Pakistán. Estaba en una expedición junto al español Alberto Zerain. El último contacto de los montañistas ocurrió el 24 de junio pasado. Se sospecha, por las señales del GPS, que mientras subían por el filo de la arista Mazeno se aflojó el piso de nieve y cayeron en picada por más de 150 metros.

-Una avalancha de nieve, al principio, es como estar en el mar -dice el tucumano Parajón-; el alpinista tiende a nadar para tratar de mantenerse en la superficie. Pero una vez que se detiene parece de cemento y si uno se queda atrapado es imposible salir.

A pesar de que había empezado tarde en esta disciplina -antes había practicado buceo, parapente, paracaidismo, ski acuático y atletismo-, el chubutense era un superdotado para el alpinismo. Escalar la pared sur del Aconcagua puede llevar, más o menos, cinco días; Mariano subió en 34 horas. Animal. Máquina. Loco. Crack. Bruto. Orgullo patagónico. Genio. Héroe. Maestro. Bestia. Extraterrestre. Gigante. Inhumano. Titán. Así lo trataban sus amigos, otros alpinistas y muchos de los admiradores que cosechó en más de una década de prácticas y expediciones. Cada vez que subía un video de sus hazañas en Nepal o Pakistán, miles de seguidores, entre los que había expertos y novatos, amigos y familiares, le escribían mensajes de aliento y admiración. Es el único alpinista argentino que hizo cumbre en siete de los 14 picos montañosos más altos del mundo. El mismo récord del alpinista hindú Malli Mastan, pero en distintas cumbres.

Empezó como porteador, que en el fútbol sería como un chico de las inferiores que alcanza pelotas mientras espera debutar en la primera división. Los porteadores son los que llevan la carga extra (hasta 25 kilogramos en sus espaldas por persona) a cambio de un buen pago en dólares. Cuanto más alto suben, más se paga. En el parque Aconcagua, Mariano Galván se ganaba gruesos billetes. Subía desde Plaza de Mulas (el campamento base), pasaba por Nido de Cóndores (a 4.910 metros) y trepaba hasta Plaza Cólera (a 6.000 metros de altitud). Esa parada de porteador era la última antes de hacer los 960 metros que faltaban para alcanzar la cumbre.

Dividía su tiempo entre el estudio en la Escuela Provincial de Guías de Montaña y Trekking de Mendoza y el trabajo en el parque. Una vez que recibió el título habilitante, subió un escalón profesional. De porteador pasó a guía de montaña. No tenía casa propia porque estaba decidido a ahorrar dinero para llegar a las montañas del Himalaya. A sus amigos, en confianza, les decía que su sueño mayor estaba en Nepal. Aprendió que en la montaña, el sonido de la respiración (serena o rápida, agitada o estruendosa) es la clave para advertir si un cliente está en problemas.

Su estilo de andinismo era desafiante. Solía decir que su idea era volver a la práctica del alpinismo de los años 80, cuando se hacía con equipos mínimos y rudimentarios, sin GPS, ni tanta tecnología a mano. Le atraía la idea de escalar por rutas nuevas, vírgenes, para hacerse camino al andar.

En el verano de 2008 escalaba solitario por la cara oeste del Aconcagua. Todavía no tenía la experiencia suficiente y faltaban varios años para que llegara a los ochomiles, como le dicen en la jerga a las montañas que superan los 8.000 metros de altitud. Estaba en problemas en la ruta conocida como La Tapia de Felipe. Había reportado 3.600 metros y pidió ayuda por radio. En el campamento base llamaron a los guardaparques, que a su vez solicitaron el helicóptero para casos de emergencia. Horacio Freschi, un ex gendarme conocido como El Duro, fue el encargado de levantar la aeronave. El apodo se lo ganó como un apelativo de vuelo, en una ceremonia de bautismo dentro de la Escuela de Aviación. Es un veterano de 47 años, muy respetado por los montañistas, porque no le teme a las maniobras en las zonas más difíciles. Parajón lo define con una frase bien tucumana: Es muy picante. Aquella vez, El Duro y Mariano Galván todavía no eran amigos. A pesar del riesgo del horario, el piloto salió en su rescate y casi no vuelve.

-A mí no me entraba un alfiler en el traste y cuando lo recuerdo me sigue pasando lo mismo. Me fui a buscarlo, no recuerdo cuánto marcaba el altímetro; estaba por arriba de Plaza Cólera (a 5.970 metros) -dice El Duro, al recordar aquella proeza-. Me prestaron una soga de 100 metros porque el gancho de carga estaba roto y lo atamos a la panza del helicóptero. Era un lugar complicado, la idea no era intentar sacarlo, sino acercarle un bolso. Se sentía mal y le mandaban una dexametasona, agua, una cuerda que había pedido para descender, clavos y una radio, porque se había quedado sin pack. Me acuerdo de que cuando vi la sombra que marcaba en la nieve, en un glaciar, cuando vi que la sombra se estaba aproximando al piso, solté la soga y el bolso.

Mariano bebió agua y se tomó el dexa, como lo llaman los montañistas. Después bajó como pudo por la misma ruta hasta Plaza de Mulas, el campamento base (4.370 metros). Al otro día, El Duro recibió la orden de volver a buscarlo en el helicóptero. Al final del rescate, el chubutense soltó una de sus chanzas sobradoras que solía hacer a sus amigos más cercanos.

-Se bajó del helicóptero -recuerda El Duro- y cuando puso un pie en tierra se hacía el canchero; a mí me causó gracia, pero el mecánico lo quería matar.

De aquel rescate nació una amistad. Cada vez que Mariano se ponía sobrador, El Duro le enrostraba una deuda de brindis con whisky escocés.

-Me debés un Johnny Walker, Etiqueta Azul -le decía.

Ahora que Mariano no volvió del Nanga Parbat. Ahora que el gobierno pakistaní lo declaró muerto, junto al español Alberto Zerain. Ahora que la familia encargó un operativo de rescate privado, que costó US$ 38.000, en vano. Ahora que solo hay resignación, desde Mendoza, El Duro recuerda que pasó el tiempo, que compartieron otros rescates, pero que algo quedó inconcluso.

Mariano Galván durante el rescate del alpinista Malli Mastan Babu
Mariano Galván durante el rescate del alpinista Malli Mastan Babu. Foto: Martín Páez

-Al final no brindamos con Etiqueta Azul. ¿Ves? Es que no hay que dejar nada para mañana. el que dice que no se arrepiente de nada miente. Mi vieja siempre decía que a las cosas hay que hacerlas en vida; no significa no acordarse del que no está más, pero quiero decir que no es lo mismo ir, acercarte y abrazarlo y decirle che, boludo, sabés qué, te quiero mucho; porque yo soy de usar las palabras te quiero con los vagos, con los amigos, y de darles un abrazo y un beso; después, cuando se murió, podés ir al cementerio si querés, ¿me entendés?

Los expertos de la montaña sabían que no había muchas posibilidades de hallar con vida a Mariano, pero se cuidaban de no decirlo en público para no lastimar las esperanzas de Alba Teresa Hughes y de Marisol Galván, madre y hermana del chubutense. Sin embargo, las primeras fotos eran concluyentes. Dicen que las huellas de la caminata en la arista Mazeno se terminan donde se rompió la placa de nieve. Eso indica que la avalancha los arrastró hacia abajo. Muchas veces, el mismo peso del cuerpo genera la rotura y el desplazamiento. Es complejo decir que se hará un rescate para obtener el cuerpo, porque a veces ese cuerpo está en un lugar complicado.

-Si hay un muerto, que no haya dos, es el lema de los rescatistas -dice Parajón después de ver los informes del rescate frustrado en Nanga Parbat.

Uno de los amigos de Mariano, el mendocino Tony Ibaceta, es experto montañista y jefe de la patrulla de rescate del parque Aconcagua. Se conocieron hace más de 10 años, cuando Mariano era porteador. En ese tiempo, le decían porteño, por la tonada. Había ido a buscar una carga a Nido de Cóndores, lo encerró un temporal y estaba con mucho frío. Temblaba como perro flaco, recuerda Tony. Le dieron mate caliente hasta reponerse. Se conocieron en la montaña y trabajaron juntos en auxilio de otros andinistas. Tony admite que intentar un rescate para hallar el cuerpo en el Nanga Parbat es algo lejano.

-En lo personal, dejando de lado las cuestiones económicas, yo lo intentaría -asegura Tony-. Pero hay que ser serios y evaluar los riesgos. Tal vez haya que esperar un tiempo más. Esperar alguna temporada que no sea de tanta nieve, que las condiciones del manto de nieve sean más apropiadas. Pero hay que estar en la zona para hacer esas evaluaciones; a la distancia y por internet no se puede. La premisa es no sumar víctimas y hoy estaría faltando a esa premisa.

La primera vez que Mariano subió al Everest fue en 2011. Hizo cumbre en el Lhotse, la cuarta montaña más alta del mundo, a 8.516 metros de altitud. Como de costumbre, escaló en soledad. Enfrentó la montaña con sus armas: con mínima carga, apenas lo indispensable, sin oxígeno suplementario, sin porteadores, sin sherpas al lado, sin mulas, sin cuerdas fijas, sin sponsors; con miedo, pero con mucho respeto por la montaña. Eso le dio un impulso importante y captó la atención de la prensa. Ganó confianza. Al año siguiente, volvió con todo para hacer cumbre en el Everest, la más alta del planeta con 8.848 metros. Aquella vez, el Grupo Jornada, un multimedio de Trelew, le facilitó un teléfono satelital. Estaba a punto de cumplir su sueño. Antes de empezar el último envión, en la soledad de la montaña, sacó el teléfono y llamó a Alba, su madre. Ella estaba lavando el piso en su casa de Trelew, dejó el balde a un costado y fue a atender el teléfono.

-Sí. Sí. fue la única vez que tuvo uno satelital y yo estaba aquí en mi casa, eran las 10 de la mañana de un sábado, estaba lavando aquí, donde estoy parada ahora y suena el teléfono fijo y me dice mami, estoy aquí, me faltan 800 metros y llego a la cumbre, y yo, te imaginas, para mí, era tocar el cielo con las manos, yo no quería llorar delante de él, pero ninguno de los dos se aguantó y lloramos juntos mientras hablamos, y entonces después yo esperaba y esperaba y me preguntaba cuánto tardará en llegar a la cumbre, y yo digo no me llama, por qué no me llama para saber si está en la cumbre, y después cuando baja a los 7.900, en el campo cuatro me dice ay, mami, no te pude llamar porque era muy fuerte el viento que había arriba, incluso ahora es terrible el viento que hay, estoy tratando de que no se me vuele la carpa. Yo lo publicaba en el Facebook, esperando que me llamara, porque fue grandioso para mí; ya después lo empecé a padecer cuando me interioricé más acerca de cómo eran las montañas y de compartir, de ver cuántos amigos le decían cosas, me daba una bronca cuando veía que todos los amigos le decían dale, titán, vos podés, metele para arriba, y este año adónde vas a ir, y yo digo claro, total, estos lo empujan para arriba, el día que se caiga van a decir ah, murió haciendo lo que le gustaba y tal cual, tal cual. la última vez que hablé con Mariano por whatsapp eran las cinco de la mañana, yo lo llamé y él estaba en el aeropuerto de Omán, me dice estoy yendo para Islamabad, todo bien, mamá, y encima como él había tenido problemas, se le estaba por terminar el pasaporte, entonces tenía el nuevo y el viejo, andaba con los dos, y tardaban en darle la visa para Pakistán y yo le digo hijo, no le porfíes, si está escrito que no tenés que ir, no vayas; no, mami, si hay tantas cosas para hacer, si sale voy y si no, no, Dios dirá. y parece que Dios se lo quería para él.

La mujer pasa los días en su casa de Trelew. Intenta hacer el duelo. No tener el cuerpo de su hijo para velarlo le hace más pesada la carga. Hay días más difíciles, dice. Al teléfono, Alba sigue hablando, necesita recordarlo. Por momentos se culpa ella misma, después llora, más tarde mira las fotos, al rato no quiere ver nada, en un instante piensa que si no ve las fotos está negando a su hijo, y sigue hablando.

-Una vez, cuando él recién había empezado, estaba en el Cordón de Plata (la parte más vistosa de la Cordillera de los Andes) y me contaba ay, mamá, me agarró el temporal de viento, me decía que el viento lo subía, lo bajaba, lo revotaba, que le había dado una biaba, y fue la única vez que me dijo que tenía miedo de morirme solo. Y entonces yo digo ahora por lo menos no murió solo. La última vez que Mariano estuvo en Trelew, en marzo, él me mostraba un video de un chico que escalaba en pared, no en montaña, mirá, mamá, y ahí estaba el chico en el video con la mamá, y la mamá no tiene miedo porque la vida del chico no es la vida de ella, el chico tiene su vida y ella lo entendió y entonces él que haga lo que quiera y ella no sufre, me decía, y el chico también, sin arnés, sin sogas, sin nada, a mano pelada, esas paredes de no sé cuántos miles de metros para arriba, y él me mostraba eso, pero yo le digo mirá, te voy a agarrar y te voy a encerrar en el dormitorio, entonces me voy a morir de tristeza, así me dijo.

El enorme desafío de enfrentar los peligros de la montaña
El enorme desafío de enfrentar los peligros de la montaña. Foto: Martín Páez

En la mochila, Mariano solía llevar cereales, pasas de uva, chocolates y caramelos para evitar la hipoglucemia. Una expedición al Everest puede costar entre US$ 25.000 y US$ 50.000, sin contar el permiso oficial de ascenso, que vale US$ 10.000. Pero el chubutense jamás iba por la ruta comercial, buscaba nuevos caminos. En altura se pierde el apetito, aunque hay que mantener la ingesta de alimentos para evitar problemas. La sangre se pone más espesa y el cuerpo tiende a dormirse. El día que lo conocí, le pregunté sobre la muerte en la montaña:

-Uno sabe que la muerte le va a llegar de alguna forma. De eso nadie escapa. Lo que pasa es que, a veces, esto produce más ruido de lo que tendría que ser la muerte. Estamos en una cultura en la que se sufre mucho la muerte; si vemos otros lugares en el mundo, los velatorios son totalmente distintos, un lugar donde se recuerda a la persona, no te digo que todo es alegría, pero se lo recuerda con anécdotas, con una sonrisa. Aquí, se vive de una manera muy trágica la muerte y todo lo asociado a ello, con mucho sufrimiento. Si bien hay dolor en la muerte, pero se le agrega mucho sufrimiento, mucha carga emocional. Entonces, cuando pasan estas cosas en la montaña, sabemos que nadie está exento, sabemos que en la ruta también te puede pasar. Nadie está exento de un accidente. Creo que nadie es consciente de los elementos que te están atacando y acechando día a día. Lo que pasa es que cuando vas a la montaña, muchos dicen este estaba tonteando, y uno estaba haciendo lo que le gusta, y podés sufrir un accidente como te puede pasar en cualquier lugar. Entonces te duele ver a un hermano de la montaña ahí, en esas condiciones, o fallecido, y uno dice pucha, hago esta actividad, pero también me va a pasar si soy electricista o si trabajo en la construcción y se viene abajo un andamio, o si soy taxista y me embiste un colectivo. Entonces qué tengo hacer: ¿quedarme en mi casa? No.

La cuenta de Facebook de Mariano quedó abierta. Todavía pueden verse los videos que grabó en su última incursión en Nepal. Están los mensajes de sus seguidores, algunas experiencias de rescate y las fotos en las que aparece sonriente en medio del hielo más blanco del mundo, en la montaña más alta del mundo. Sobre aquella expedición histórica, la que le dio fama internacional, que lo ubicó entre los más grandes alpinistas, con la que ingresó por la puerta grande al selecto club de 152 montañistas que llagaron solos arriba. Aquella vez llevaba una bandera argentina con la imagen de Las Malvinas como símbolo de una hazaña que solo había logrado el argentino Heber Orona, en 1999.

-Si me preguntan por la bajada, fue casi tan difícil como la subida, pero por suerte el piloto automático funcionó y me llevó sano y salvo al campamento base con mis 35 kilos de basura, equipo y carpas. Misión cumplida -dijo Mariano sobre la travesía-. Ahora estoy en paz con la montaña, la he recorrido según mis principios, según mis valores, la he hecho mía, ahora pertenezco a ella. Me ha dado un soplo de vida, contrariamente a la hipoxia que allí hay, me dio un soplo de vida para seguir adelante. Trato de que su cumbre no haya hinchado mi ego más de la cuenta. Muchos dirán que ya está, que no es necesario seguir subiendo montañas después de este reto, pero el montañista no ve cumbres, sino hitos en el camino que te alientan a seguir -escribió en su muro de Facebook, hace dos años, en abril de 2015-. El final de esta carrera será dictado por alguien que no conozco, mientras tanto sigo adelante, mientras me dejo enamorar por nuevas cumbres, ha sido un punto de inflexión en mi vida. Mi pasión, mi vida y mi alma ahora respiran montañas.

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