En su nuevo libro, Piketty explora las contradicciones de la desigualdad

En ¡Ciudadanos a las urnas!, Thomas Piketty, uno de los intelectuales hoy más influyentes, explora en tono de crónica y divulgación los fenómenos políticos y económicos clave del siglo XXI; aquí, reproducimos un fragmento del prólogo

Domingo 24 de septiembre de 2017

Reproducimos aquí un fragmento del prólogo de ¡Ciudadanos a las urnas!, editado por Siglo XXI.

Al igual que en otros países, en Francia el compromiso político no podría resumirse en los comicios. En primer término, la democracia reposa sobre la confrontación permanente de ideas, el rechazo a certidumbres prefabricadas y la renovada decisión de, sin concesiones, poner en entredicho instancias de poder y de dominación. Las cuestiones económicas no son cuestiones técnicas que deberían quedar libradas a una reducida casta de expertos. Son eminentemente políticas; con relación a ellas, cada cual debe tener discernimiento para formarse su propia opinión, sin dejarse impresionar. No hay leyes económicas: sencillamente existe una multiplicidad de experiencias históricas y de trayectorias a la vez nacionales y globales, hechas de bifurcaciones imprevistas y de bricolajes institucionales inestables e imperfectos, en cuyo seno las sociedades humanas eligen e inventan diferentes modos de organización y de regulación de las relaciones de propiedad y de las relaciones sociales. [?]

Esos intercambios también me alentaron en la idea de que las desigualdades difundidas por el actual capitalismo globalizado y desregulado no tienen mucho que ver con el ideal de mérito y eficacia descripto por quienes son los ganadores en este sistema. Con infinitas variaciones de país en país, la desigualdad moderna combina elementos viejos -hechos de relaciones de dominación brutal y de discriminaciones raciales y sociales- con elementos más nuevos, que a veces desembocan en formas de sacralización de la propiedad privada y de estigmatización de los perdedores aún más extremas que en las etapas de globalización previas. Todo eso se da en un contexto en que los avances del conocimiento y de la tecnología, así como la diversidad y la inventiva de las creaciones culturales, podrían permitir un progreso social sin precedentes. Por desgracia, a falta de una adecuada regulación de las fuerzas económicas y financieras, el ascenso de las desigualdades supone una cruda amenaza: la exacerbación de las crispaciones identitarias y los repliegues nacionales, tanto en los países ricos como en los países pobres y emergentes.

Si intentáramos hacer el balance del período sobre el cual versa este libro, indudablemente el acontecimiento más dramático, aquel que dejó una huella más nítida, es la guerra en Siria y en Irak, sumada a la ebullición en Medio Oriente, que avanza a la vez que -de modo radical y acaso duradero- se pone en entredicho el sistema de fronteras implementado en la región por los poderes coloniales en ocasión de los acuerdos Sykes-Picot de 1916.

Los orígenes de esos conflictos son complejos, lo que simultáneamente implica antiguos antagonismos religiosos e infructuosas trayectorias modernas de construcción del Estado. Sin embargo, resulta muy evidente que las intervenciones occidentales recientes -en especial, al producirse las dos guerras de Irak en 1990-1991 y 2003-2011- desempeñaron un papel decisivo. Si nos situamos en la perspectiva de un -más- largo plazo, es impactante constatar que Medio Oriente -aquí definido como la región que se extiende de Egipto a Irán, pasando por Siria, Irak y la península arábiga; vale decir, alrededor de 300 millones de habitantes- constituye no sólo la región más inestable del mundo, sino también en idéntica medida aquella que propicia mayores desigualdades.

Si tenemos en cuenta la extrema concentración de los recursos petroleros en territorios sin población (desigualdades territoriales que, por lo demás, residen en el origen del intento de anexión de Kuwait por parte de Irak en 1990), podemos estimar que el 10% de individuos más favorecidos de la región se apropian de entre el 60 y el 70% del total de los ingresos; esto es, más que en los países donde imperan las mayores desigualdades del planeta (entre el 50 y el 60% de los ingresos para el 10% más favorecido en Brasil y en Sudáfrica, cerca del 50% en Estados Unidos), y tanto más que en Europa (entre el 30 y el 40%, contra cerca del 50% de un siglo atrás, antes de que las guerras del Estado benefactor y de fiscalidad llegasen para igualar las condiciones).

La misma marca profunda nos queda cuando constatamos que, en parte, las regiones del planeta donde imperan las mayores desigualdades tienen sus orígenes en un gravoso pasivo histórico en términos de discriminaciones raciales (eso resulta evidente en los casos de Sudáfrica y Estados Unidos, pero en idéntica medida respecto de Brasil, que antes de la abolición de 1887 computaba cerca de un 30% de esclavos), lo que no sucede en Medio Oriente. En esa región, las desigualdades masivas tienen un origen tanto más "moderno" y en relación directa con el capitalismo contemporáneo, en cuyo núcleo medular está la actuación clave del petróleo y de los fondos financieros soberanos. [?] Desde luego, allí, en Medio Oriente, la solución no es la invasión generalizada del territorio del vecino. Pero hay que aceptar un debate calmo acerca del sistema de fronteras y el desarrollo de formas regionales de integración política y de redistribuciones.

Desde este punto de vista, es lícito pensar que el Brexit (o al menos el voto del 52% de los británicos en mayo de 2016 a favor de salir de la Unión Europea, ya que el Brexit efectivo todavía está muy lejos) es el segundo acontecimiento que dejó huella en el período contemplado en este libro. Desde luego, menos dramáticamente que el desarrollo de la guerra en Siria y en Irak, el Brexit no es sólo una terrible derrota para la Unión Europea. En igual medida es una triste noticia para todas las regiones del mundo, que más que nunca necesitan (y tanto) formas originales y logradas de integración política regional. [?]

En eso reside la paradoja. Más que nunca, los diferentes países consideran que para garantizar su desarrollo necesitan acuerdos y tratados internacionales, especialmente en forma de reglas que garanticen la libre circulación de bienes, servicios, capitales y (en mínima medida) de personas; por su parte, el Reino Unido se apresurará a renegociar dichas reglas con los países de la Unión Europea. Pero al mismo tiempo, nos cuesta desarrollar los espacios de deliberación democrática que permitan debatir el contenido de esas reglas, así como los mecanismos de toma de decisión colectiva y transnacional según los cuales los pueblos y las diferentes clases sociales podrían reconocerse, en vez de sentir que constantemente se sacrifican en provecho de los más ricos y los más móviles. [...]

Sin embargo, quiero llegar a la conclusión con una nota de optimismo, ya que en el fondo todo puede revertirse, y lo más importante es debatir lo que vendrá. Sobre todo, quiero ser optimista porque pienso que los hombres y las mujeres tienen infinita capacidad de cooperación y de creación, sin importar cuán escasas sean las ocasiones en que crean para sí buenas instituciones. Los hombres y las mujeres son buenos; las malas son las instituciones, y son mejorables. [...] Las instituciones colectivas que uno crea para sí -instituciones políticas, reglas electorales, sistemas sociales y fiscales, infraestructuras públicas y educativas- permiten que la solidaridad exista o desaparezca.

Por eso, me gustaría volver a señalar aquí que una reformulación democrática de las instituciones permitiría generar avances en la solidaridad e implementar las mejores estrategias de desarrollo para nuestro continente. Concretamente, las cumbres de jefes de Estado y de ministros de Finanzas y Economía, que en Europa de unas décadas a esta parte hacen las veces de gobierno supranacional, constituyen una máquina de enarbolar los intereses nacionales mutuamente contrapuestos, e impiden cualquier toma de decisión mayoritaria y calma, después de un debate público en que se oigan las distintas opiniones. El Parlamento Europeo es una institución más promisoria, con la salvedad de que, en un sentido demasiado amplio, no pisa el suelo común, y elude por completo a los Parlamentos nacionales, que pese a todas sus imperfecciones siguen siendo los cimientos sobre los cuales se construyeron la democracia y el Estado benefactor europeo durante el siglo XX.

De uno u otro modo, la solución pasa por una más intensa implicación de esos órganos legislativos; en términos ideales, con la creación de una auténtica Cámara Parlamentaria de la zona euro, que nuclee a integrantes de los Parlamentos nacionales, en proporción directa con las respectivas poblaciones y con los grupos políticos. Así, podría construirse una cabal soberanía democrática europea, sobre la base de las soberanías parlamentarias nacionales, lo que daría una legitimidad democrática fuerte para adoptar las medidas sociales, fiscales y presupuestarias que se impongan [?]

Estos debates continuarán, y las decisiones específicas dependerán de la capacidad de los ciudadanos y de los diferentes grupos sociales para luchar e ir más allá de las barreras del conocimiento y de los egoísmos estrechos de miras. El final de la historia no va a ser mañana.

¡CIUDADANOS A LAS URNAS!

Thomas Piketty

Siglo XXI

Trad. de María de la Paz Georgiadis

y Luciano Padilla López

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