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Este año, el Filba piensa cómo narrar la violencia: la literatura como espejo y respuesta

¿Puede la literatura ser una herramienta contra el mal? Con el eje "Tiempos violentos", el miércoles comenzará una nueva edición del Filba, que reunirá a escritores y lectores alrededor del poder de la palabra

Domingo 24 de septiembre de 2017
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PARA LA NACION
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No es un secreto: la violencia forma parte de la vida cotidiana en América Latina. Narcotráfico, agresiones domésticas, abuso de poder, discriminación, exclusión económica, las dictaduras o la revolución: muchas relaciones sociales están cruzadas por, al menos, una de sus formas. En ese estar en todas partes la violencia se vuelve difusa, silenciosa, invisible. De ahí que su rival persistente sea la literatura. A través de imágenes, historias y metáforas las letras de la región han descubierto, una y otra vez, los bordes difusos del horror. Desde la espuma que brota de la poética de César Vallejo hasta la prosa antagónica de Roberto Bolaño, la literatura logra sacar de las sombras las zonas inciertas del pasado y del presente de la región.

Hay que decirlo de una vez: la violencia tiene una fuerza de repulsión tan intensa como de atracción. Por eso, a la escritura le resulta complejo nombrarla sin morderse la lengua. Más aún en los escenarios actuales, que renuevan la crueldad y la injusticia a diario. Es un desafío procesar el cambio en el momento en que se produce. Sin embargo, poetas y escritores agudizan la percepción para imaginar hábiles espejos de la realidad.

Bajo el lema "Tiempos violentos", la novena edición del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba) se propone este año abrir el diálogo con la misma irreverencia de la película de Quentin Tarantino. Durante cinco días -del miércoles al domingo próximos-, más de viente invitados internacionales y casi cien autores locales charlarán en seminarios, talleres y conferencias en torno a la violencia y su relación con la lengua, con los vínculos y con los cuerpos. También se van a explorar las resonancias del tema en una serie de cruces interdisciplinarios con la fotografía, el teatro, la danza y la música.

Estatal y popular

Si existe una posibilidad de explorar las marcas que deja la violencia, es a través del diálogo entre literatura e historia. No cualquier diálogo, sino uno capaz de interpelar. Basta leer el cuento fundacional de nuestra literatura, "El matadero", de Esteban Echeverría, para comprender la dimensión de un fenómeno que consiguió transformar las bases sociales. Podría decirse que los narradores de las novelas del escritor argentino Martín Kohan hoy son herederos de esa tradición. Si se piensa en Ciencias morales, ganadora del Premio Herralde, o la más reciente Fuera de lugar (ambas publicadas por Anagrama), es fácil descubrir a personajes que hablan de acciones criminales desde el centro del discurso de la moral.

"La clave de mi escritura es que indaga acerca de cómo funcionan los dispositivos de la violencia. No necesariamente se sitúa en una posición ética, no me interesa la literatura de mensaje o de redención. Apuesto a explorar cómo ciertas violencias se legitiman respecto de otras. Hay dos zonas de la violencia que me interesan: la dimensión de la violencia popular, en el sentido de clase, con una potencia revulsiva, y el aparato del Estado destinado a incorporarla. En El país de la guerra traté de instrumentar esa violencia. Es decir, el movimiento de la violencia ilegal que se quiere incorporar a la violencia formal del Estado. Me interesa cuando las dos dimensiones se superponen y el Estado ejerce, a la vez, el dominio de la violencia estatal y popular. En otras palabras, todo lo que se juega alrededor de la violencia en procura y en contra de esa violencia. También me interesa una microfísica del poder: la manera en que la violencia puede atravesar formas cotidianas", dice Kohan, que dictará en el marco del festival la clase abierta "Violencia en la literatura argentina".

En una tensión similar se origina la obra del escritor colombiano Juan Álvarez. Sus novelas -La ruidosa marcha de los mudos y C. M. no récord- sumergen al lector en micromundos; un pueblo colonial o el ambiente del rock se vuelven alegorías asimétricas de un país que sufre en su historia reciente el peso de la tragedia de la guerra.

"Esa violencia de número de muertos y desplazados por el enfrentamiento de tres o cuatro ejércitos en el territorio, financiados por el narcotráfico y la corrupción, esconde la más brutal de las violencias de baja intensidad y que sin embargo lo alimenta todo: la violencia de la desigualdad social", dice el escritor a pocos días de su llegada a Buenos Aires para participar en el Filba.

Álvarez elabora una idea acerca del rol del lenguaje frente a ese fenómeno: "El problema de la literatura cuando enfrenta la pregunta por la narración de la violencia no es diferente del que enfrenta el ser humano en general cuando trata de dar cuenta, en el relato, en el ordenamiento y en el apaciguamiento del mundo, de las distintas formas de la violencia como problema moral -afirma-. Zizek acierta cuando dice que toda pregunta por la violencia enfrenta al menos dos riesgos simultáneos: el riesgo de la mistificación de la víctima cuando esa violencia es confrontada directamente y el riesgo de la reproducción del horror cuando esa violencia es atendida desapasionadamente. La manera moral de funcionar de la literatura frente a las distintas formas de la violencia -incluso aquellas que hacen resaltar la vida, aquellas que hacen comprender el estar vivo- debe saber habitar esa zona umbral; debe encontrar soluciones narrativas que pongan en presente la necesidad de cierto ladeamiento, un perfilarse de soslayo implicado en el acercamiento que evite la mistificación de la víctima, y en el distanciamiento que evite la reproducción del horror".

Bajo esa conmoción que provoca el mal radical, el lenguaje parece desintegrarse. Pero si la poesía persiste, todavía hay un mundo posible. En la antología poética Los trabajos y los días (Lumen), de la escritora chilena Elvira Hernández, una fuerza reveladora recorre las páginas como un río subterráneo. "Creo que mi poesía intenta viajar a esas napas, esos lugares oscuros de la condición humana desde donde emergen pesadillas con ropajes cívicos, de buen ciudadano en estos días, para pasearse por las calles de la confusión", dice una de las voces más relevantes de la poesía chilena, que también participará en el Filba. "Al hacerse presente, la palabra está abriendo un espacio de reflexión, de respiración, como lo subraya la poesía. Es necesario abordar las situaciones de violencia con las palabras adecuadas para salir de la fuerza bruta del mutismo y la imposición. Lo inhumano se da ante la incapacidad de las palabras. La literatura dramática ha hecho una gran demostración; la dramaturgia de Guillermo Calderón, por ejemplo. Y la poesía, en gran número, que que busca ser memoria permanente del acontecer humano", dice a La Nación.

Las marcas del cuerpo

Ninguna forma de violencia, como se ve, deja fuera al cuerpo. De ahí que la ficción se encargue de explorarlo como huella crucial. Cada marca, incluso invisible, es una cicatriz. Resulta estimulante descubrir la diversidad de historias que consiguen hablar con soltura de la agresión física, el abuso económico, la identidad, la sexualidad, la dominación.

Una vez más, las letras mexicanas se las ingenian para encontrar en las ruinas del pasado las claves de los cuerpos del presente. Si las novelas de Yuri Herrera narran la violencia con la contundencia de una puñalada, la obra de Cristina Rivera Garza elige la transgresión de las fronteras. En Había mucha neblina o humo o no sé qué (Random House), la ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz que visitará Buenos Aires invitada al Filba sigue las huellas de Juan Rulfo por las raíces de su país, explora la tradición y las heridas que nutren la cultura y los cuerpos de hoy. Vuelve a Comala, la tierra de Pedro Páramo, y ensaya la idea de que las almas femeninas que vagan ahí son sexuadas. Busca las marcas, las interacciones y las transgresiones de sus cuerpos y consigue borrar la frontera con el otro desconocido.

Se habla hasta la exasperación de la violencia de género. Sin embargo, pocas veces la escritura logra mostrar la experiencia del cuerpo de mujer en la sociedad actual. Algunas autoras argentinas son reconocidas por hacerlo de manera contundente, entre ellas Selva Almada y Gabriela Cabezón Cámara. Para la poeta y escritora Marina Mariasch, activista del movimiento "Ni Una Menos" y participante también en el Filba, la violencia invisible es central.

"Muchas veces cuando pensamos en violencia pensamos en violencia física y en su forma más extrema, que es el femicidio. Para que esa forma extrema tenga lugar sabemos que hay un espectro muy amplio de violencias que se van sucediendo cotidianamente y son mucho menos visibles: la violencia simbólica, la violencia económica, la violencia mediática, patrimonial. Y tienen lugar porque hay una serie de complicidades sociales, patriarcales, que están naturalizadas. Una de las formas de violencia de género más patentes en el campo literario es que, si bien las mujeres hicimos nuestros propios espacios, seguimos estando relegadas a ciertos nichos, a ciertas colecciones, a los suplementos y a ciertas mesas de debate. La mesa de literatura y mujeres sigue siendo una mesa política, desde ya, pero nosotras no queremos participar más en ese tipo de debates sesgados, del corralito y del pelotero que nos dejaron para que pataleemos tranquilas. Queremos participar de los debates de manera transversal", dice. En su obra, el tono es siempre poético y radical. Tanto en su poesía reunida en Paz o amor (Blatt & Ríos) como en la nouvelle Estamos unidas (Mansalva) logra desplegar el proceso de lo femenino en imágenes políticas, sexuales, íntimas.

También la violencia de género marca el comienzo brutal de Highlife (Metalúcida), la novela del escritor nigeriano Leye Adenle, otro de los invitados al Filba. El thriller es un coro de voces y avanza al ritmo de una ametralladora: mutilaciones, prostitución, la apropiación estatal de la violencia popular, la exclusión social, el abuso económico y la ilegalidad del poder. Es decir, la historia traza un paralelo involuntario entre la pesadilla más temida de este lado del océano y la que viven en Lagos. Así, el fenómeno se extiende en un diálogo universal.

Otras veces, como se pudo percibir tristemente en estos días, conmueve la agresión rotunda de la naturaleza. Y eso es lo que sucede en Los Malaquias (Edhasa), la primera novela de la escritora brasileña Andréa del Fuego, ganadora del Premio José Saramago."Vivimos en un continente violento, además en un planeta en constante desajuste", dice la escritora antes de su visita a Buenos Aires. "Mi intención inicial es siempre opaca, nunca está totalmente clara para mí. Los Malaquias retrata la historia real de mi familia, incluyendo la escena inicial en que un rayo cae sobre la casa de mis bisabuelos y la cocina por dentro ante los hijos. Minas Gerais es una de las regiones de mayor incidencia de rayos en el mundo, mis bisabuelos fueron víctimas de una violencia natural, pero las violencias sociales vinieron luego cuando esos niños huérfanos fueron entregados al orfanato. Mi tía abuela, por ejemplo, fue adoptada no como hija, sino como empleada doméstica por una familia de San Pablo que la devolvió a Minas cuando se volvió viejita."

Podría decirse que el fenómeno de la violencia se va escondiendo en la repetición de escenas similares también a lo largo de América Latina. Sólo que la literatura va dando nombres nuevos a medida que las detecta. No deja de intuirse cierta ilusión en la música de cambio conformada por las voces reunidas en el Filba. "Una luz cruza como una cuchillada", dice un verso de Elvira Hernández y revela el poder que tiene el lenguaje para sacar al discurso de su sopor habitual. Así de simple y radical puede volverse la palabra contra la persistencia del mal.

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