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Viaje de un jinete solitario por Santa Cruz

Intrépido: un empresario porteño recorrió más de mil kilómetros por valles y montañas; vivencias que piensa repetir, en breve, pero solo.
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14 de noviembre de 1997  

Si usted no sólo piensa encarar una cabalgata por la cordillera, sino que quiere hacer algo verdaderamente extenso a caballo puede tratar de repetir lo que hizo el verano último el joven empresario porteño Fabián Mautino.

Sin gran experiencia a caballo, sólo con su alma y con sus ganas de recorrer el país desconocido, Mautino (de 30 años) recorrió 1200 kilómetros desde el norte de Santa Cruz hasta el pueblo de El Chaltén, bordeando la Cordillera, en una cabalgata de la que no se conocen casi antecedentes.

Tardó 50 días, perdió algunos kilos de peso por comer salteado, durmió siempre en carpa o al aire libre y concretó la gran experiencia de su vida.

"Es extraordinario todo lo que uno puede ver, hacer y pensar mientras marcha tranquilamente a caballo", cuenta Mautino, un apasionado de la vida natural y fabricante de ropa especial para la montaña.

Del San Lorenzo al Fitz Roy

Su decisión arrancó en las ganas de conocer desde adentro la Patagonia profunda y cordillerana. Se fue a la zona del cerro San Lorenzo, en el norte de Santa Cruz, y le compró dos caballos criollos, a 300 pesos cada uno, a Pedro Fortuny, hotelero afincado en Lago Posadas.

"Sin experiencia, me largué por valles y picadas eligiendo lo que parecía el terreno más accesible para los caballos y vadeando ríos por los lugares que me parecían más fáciles", recuerda Mautino.

Su única ayuda fueron unos mapas del Instituto Geográfico Militar y un navegador satelital (GPS) para conocer en todo momento su posición. Así fue uniendo lagos, estancias y valles, arrancando primero por un descenso por la quebrada del río Pinturas hasta la Cueva de las Manos, de allí vuelta al Oeste hasta Los Antiguos y desde allí un definido rumbo Sur, por el paso Roballos. "Siempre sobre los filos cordilleranos, donde había mejor pasto para los caballos", subraya Mautino, quien, por su parte, subsistía con su carga de provisiones de sopas, miel, avena y sobres de comida liofilizada, como los de los astronautas, en el largo viaje para unir las zonas de dos cumbres emblemáticas de la Patagonia: el San Lorenzo y el Fitz Roy.

Hubo muchos pasos difíciles, sin embargo. "El más serio -cuenta Mautino- cuando tuve que pasar obligatoriamente sobre un viejo glaciar en retroceso, en la zona del Parque Nacional Perito Moreno, cerca del lago Belgrano. Al ver el piso helado, los caballos no querían avanzar ni un paso. Les vendé los ojos, pero no había caso.

Luego de mucho hablarle al caballo de montura, finalmente se largó patinando, con las patas duras para adelante, y el caballo con la carga lo siguió por imitación. En otros lados, sin embargo, tuve que dar marcha atrás y hacer un largo rodeo porque no había paso posible."

Paraíso de fósiles

En el camino, muchas veces sin cruzarse con seres humanos por varios días, Mautino se encontró en cambio con infinidad de animales: zorros, pumas y guanacos por doquier. Y también animales de otros tiempos: "Al noreste del parque Perito Moreno, sobre un filo que alguna vez debe de haber estado cubierto por un glaciar, había una enorme cantidad de restos fósiles, aparentemente nunca vistos por nadie", relata Mautino, ofreciendo un dato que más de un investigador científico recibirá con entusiasmo.

Desde el parque Moreno, Mautino dirigió sus pasos hacia la estancia Maipú, sobre el lago San Martín, y de allí, en el tirón final, hacia la costa del lago Viedma para llegar a las tenues luces de El Chaltén, que en esas soledades surge como un faro en plena Patagonia austral.

¿El momento más difícil? "Tener que desprenderse de los caballos al terminar el viaje. Pero se los vendí a un conocido cuidador de El Chaltén y los podré visitar cada vez que vaya a la región."

Y eso, sin descartar una nueva travesía semejante.

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