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Cuando el cacique se salió con la suya

Lunes 25 de septiembre de 2017 • 00:24
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Trenque Lauquen, octubre de 1877

Ya es noche en los fortines que van enhebrando la zanja de Alsina. Un refucilo en el horizonte recuerda a los milicos que se viven tiempos tormentosos y que el cerco no alcanza a contener al salvaje que carga contra la nueva línea de frontera.

Pasar, pasan, aunque se les hace difícil robar la caballada, y ahí reside la picardía del ministro Adolfo Alsina. Si el indio no ve ventaja en el malón…¿A qué arriesgar?

El huinca se ha puesto difícil, piensa el cacique Pincén.

Aquel coronel del Tres de Fierro apodado “el Toro”, cuyas hazañas mienten hasta sus mismos lanceros, lo desafía. Y Pincén tiene su propia leyenda que defender. ¿Acaso no ha luchado a brazo partido con un tigre? Cierto es que no lo pudo despenar y el animalejo lo siguió cual sombra en la foresta, pero él lleva con orgullo los zarpazos, bordados de bravura en su piel de cuero. Le ha valido nuevas esposas, hasta contar quince. ¡Y el Toro Villegas alardea con su regimiento y sus caballos!

El cacique Pincén, al frente del suceso conocido como Los Blancos de Villegas
El cacique Pincén, al frente del suceso conocido como Los Blancos de Villegas.

El cacique se relame al pensar en esos blancos traídos de Junín que el coronel guarda con celo en el corral. Todo el mundo sabe que son su delirio. La audacia de la travesura arranca una mueca a su boca firme. Va a robarlos, lo ha decidido.

Esa misma noche.

La luna resbala sobre los lomos inquietos de la tropilla. La soldadesca duerme, vencida por el cansancio. La luz tenue de las carpas se desparrama sobre la tierra dura y fría.

El vigía avanza pegado al piso, sin respirar. Los blancos están en el corral de zanja, a doscientos metros del cuartel. El aullido corto de un zorro horada la oscuridad.

Es la señal. Nadie se sobresalta, la noche está poblada de ruidos.

Con la cautela proverbial del indio, el vigía escoge a las madrinas, aquieta sus cencerros y guía a la caballada por la brecha que las lanzas abrieron en los bordes arenosos.

Después, todo es fácil: la huida, el trote que se vuelve galope, la algarabía al llegar a los toldos. Pincén degusta la humillación que imagina en su enemigo, al que en el fondo respeta. Un roce suave lo distrae de la contemplación de la noche estrellada. Es su primera esposa, la de sangre blanca mezclada como la suya. La mujer une su mirada a la del hombre y el desierto palpita entre ellos. Sospecha que el corazón de Pincén sangra por una venganza. Lo que no puede saber es qué poco tiempo les queda para estar juntos.

En el cuartel, el toque de diana al clarear arroja la terrible evidencia de que faltan caballos. ¿Quién le dirá al coronel?

El sargento Carranza asoma pálido y desencajado a la puerta de la comandancia y solicita para él la pena de muerte. Otra no queda.

Un atisbo de esperanza le devuelve el color al escuchar entre algodones la voz de su superior, que está diciendo:

-…una partida de cincuenta soldados…ahora mismo…¡No vuelva sin los blancos!

El toro perseguirá al escurridizo tigre una vez más. Tal vez no sea la definitiva, pero la suerte del indio está echada.

La tierra retumba bajo los cascos de los patrios y el sol dibuja sombras con la silueta de Conrado Villegas, que mira la polvareda masticando rabia.

Por donde se fueron, los blancos volverán.

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