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El surf le hace frente a la ola corporativa

Sábado 23 de septiembre de 2017
LA NACION
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Desde hace años, el surf se puede jactar de ser una especie de La Masía del mundo corporativo. Así como la escuelita del club Barcelona se transformó en el mayor semillero de talento futbolístico internacional con Messi a la cabeza, el deporte de las olas se convirtió en una fuente inagotable de nuevas marcas que rápidamente trascienden el mundo de las tablas y los trajes de neoprene y pegan el salto a los shoppings. La lista de marcas made in surf parece inagotable y va desde Quicksilver y Billabong hasta Rip Curl, Volcom y Hurley. El mercado argentino no se quedó al margen de la movida, con nombres emblemáticos como las casas de ropa Cristóbal Colón o Isabel La Católica, e incluso la marca californiana Reef tiene una pata local ya que fue fundada en La Jolla por dos marplatenses, Fernando y Santiago Aguerre, que se habían ido a probar suerte a Estados Unidos en los 80.

Seguramente no hay otro antecedente a nivel mundial en la proporción entre una actividad tan poco masiva como el surf -según la International Surfing Association (ISA) en todo el planeta no hay más de 35 millones de surfistas- y la cantidad de marcas nativas que dio el deporte. Esta contradicción entre el espíritu más libre del surf y su costado corporate es uno de los puntos que aborda William Finnegan en su espectacular autobiografía Años salvajes. Mi vida y el surf, con la que el año pasado ganó el premio Pulitzer. Finnegan es un periodista de la revista The New Yorker que a lo largo de su extensa carrera -hoy tiene 64 años- se especializó en cubrir conflictos bélicos en el mundo. Su condición de corresponsal de guerra le permitió además conocer muchas de las playas más codiciadas por los surfistas en búsqueda de la ola perfecta, en un recorrido que va desde Hawai hasta Sudáfrica, pasando por Samoa, Indonesia y Australia.

Sin caer en un excesivo rescate de una supuesta era dorada del surf, Finnegan no deja de advertir sobre el peligro de lo que considera una mercantilización del deporte. "Se admiraba o incluso se idolatraba a los grandes surfistas por su estilo y por su pericia, pero lo esencial que uno compartía con ellos pertenecía a una dimensión esotérica y obsesiva que no formaba parte de las tendencias de moda, sino de una subcultura que no tenía nada que ver con las motivaciones comerciales. Algunas de estas cosas han cambiado en estos últimos años", desliza al final de las casi 600 páginas que tiene su libro de memorias.

Abonando la preocupación de Finnegan, está claro que hoy al surf le resulta cada vez más difícil remontar la ola ante el avance corporativo. No es casual que en el último tiempo hayan surgido propuestas como un best seller de autoayuda empresaria (Que mi gente vaya a hacer surf, de Yvon Chouinard, el fundador y dueño de la marca de ropa Patagonia) o que hasta los gurús de la innovación -que siempre están a la caza de la última tendencia- hayan puesto la mira en el deporte con la organización de hackatones que combinan tecnología, técnicas de liderazgo y las enseñanzas que se pueden obtener surfeando las olas. Con el debut en los Juegos Olímpicos a la vuelta de la esquina -el surf será disciplina olímpica en Tokio 2020-, los románticos de las olas la tienen cada vez más difícil. Y por más que a Finnegan le moleste, todo indica que al igual que le sucedió al rock, no hay nada que termine atrayendo más a las marcas y a las grandes corporaciones que las subculturas que buscan mantenerse al margen de las modas.

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