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La tranquilidad que nos brinda El Zorro

Sábado 23 de septiembre de 2017
PARA LA NACION
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Hay cosas que nos acompañan toda la vida, pero no nos damos cuenta. Siguen allí, atravesando eras enteras, pase lo que pase, forjando lo que se da en llamar "clásico", pero no del estilo de las grandes obras del arte, sino en versión chiquita y tan cotidiana como el café con leche.

La serie El Zorro es uno de esos clásicos cotidianos. Han intentado pasarla a retiro alguna vez, erradicándola de la pantalla, pero no?perdura los mediodías rotando sus 78 episodios, contando una y otra vez las peripecias del enmascarado que, cuando se saca el antifaz, es solamente don Diego de la Vega, un señor algo papanatas que se las ingenia para disimular sus dotes de espadachín justiciero, portador de capa, látigo, noble corcel y dotes atléticas encomiables.

Bernardo, el compañero mudo de don Diego, el inefable Sargento García, el caballo Tornado forman parte de la memoria compartida, aun cuando exista Game of Thrones y lo oscuro pareciera imponerse en la iconografía moderna . Uno los mira un rato y se tranquiliza. La vida es un torbellino, pero allí están ellos, para sostener un punto fijo en el Universo, al menos, un rato al mediodía.

Algún concejal marplatense ha pedido, con justicia, que al Zorro se le rinda homenaje, con monumento y todo, en su ciudad. Pero el mayor homenaje es que los mediodías, desde siempre, las aventuras del Zorro siguen y siguen, con un rating envidiable que llega a superar los 7 puntos, más que muchos programas modernos y? caros.

Todo cambia, menos el Zorro, y quizás sea esa una de las interpretaciones acerca de por qué tantos miles de personas encienden la tele cada día para que les cuenten la misma historia una y otra vez. Como allá y entonces, cuando les pedíamos a nuestros padres que vuelvan a leer el mismo cuento, el de siempre, del que ya conocíamos todos los detalles, incluido el final.

Amores líquidos, incertidumbres y huracanes, guerras y ensayos nucleares, además de calentamiento global , posverdades y Netflix? todo lo que quieran, pero que no toquen al Zorro. Él está allí para decir que las cosas de la vida también perduran, y que hay cuentos que se cuentan, justamente, para deleitarnos con la certeza de buenos y malos, de finales ya sin incertidumbres, de héroes que se esconden tras fachadas de zoncera, quizás generando la esperanza de algún costado épico dentro de las vidas prosaicas que a veces tenemos.

El Zorro es de esos héroes que unen picardía con nobleza. No es el único, por cierto, pero no son tantos. No es cínico, ni descreído de la vida, ni se las da de canchero? es canchero. En verdad, en la vida diaria lamentablemente se suele asociar a los buenos con los tontos, cosa que el Zorro, cuando sale la luna y aparece, desmiente rotundamente, al batallar contra los malos a fuerza de viveza de la buena.

Habría que añadir algunas reflexiones psicológicas profundas que puedan desprenderse de esta serie añeja, vista por tanta gente mientras prepara el almuerzo. Pero en verdad, nada tan profundo como reconocer que nos protege saber que, aunque solamente lo veamos de soslayo, el Zorro sigue allí, sosteniendo el orden del mundo, como lo hacen los cuentos antes señalados, que se repiten como se repite la salida del sol, el devenir de los días, el ritmo de las respiraciones. Algún miope creyó ver en la repetición el signo de la abulia o del aburrimiento, como si toda novedad fuera valiosa por sólo serlo.

Pero los chicos saben, tanto como los que ven cada día El Zorro en blanco y negro, que sumergirse en una historia que se conoce y se transita (como se lo hace con una ceremonia) produce el deleite de acunarse un rato en el orden esencial del mundo, antes de que llegue el noticiero.

El autor es psicólogo y psicoterapeuta

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