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Manguel, el lector que escribe, recibió el Formentor

El autor y director de la Biblioteca Nacional dijo que la escritura nos da una "modesta inmortalidad"

Sábado 23 de septiembre de 2017
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El autor de Una historia de la lectura dijo que estaba "aterrado" antes de leer su discurso
El autor de Una historia de la lectura dijo que estaba "aterrado" antes de leer su discurso. Foto: Cati Cladera / Premio Formentor 2017

POLLENSA, Islas Baleares.-Parecía un experimento pensado para probar aquello de que la lectura es un arte: una sala repleta de gente en silencio, inmóvil, atrapada durante 35 minutos por el relato que fluye por la voz calma de Alberto Manguel , matizada apenas por el sonido lejano del mar. "Les confieso que estoy aterrado", había susurrado el autor antes de pronunciar el discurso de aceptación del Premio Formentor de las Letras 2017, una pieza de literatura mayor, en la que reflexiona -divaga, diría él- sobre cómo la lectura inventa la realidad.

"Sabemos que todo escrito humano es una azarosa e ineficaz aproximación al tumulto de conocimientos, sueños, afectos, reflexiones y acontecimientos que todo momento abarca y que decimos pertenece a la realidad histórica, sin jamás reproducirla por entero -afirmó-. Pero también sabemos que, a veces, el mismo azar nos depara cuatro o cinco palabras impresas que parecen encerrarlo todo."

Manguel llegó con cierta dosis de "vergüenza" al mítico hotel Formentor, un rincón del paraíso escondido en la isla de Mallorca. Iba a integrarse a una lista de honor que se inició en 1961 nada menos que con su admirado Jorge Luis Borges y Samuel Beckett cuando el editor Carlos Barral decidió crear un premio que reconociera el conjunto de una obra literaria de excepción. Duró seis años. Las familias Barceló y Duadas lo rescataron en 2011 y desde entonces han sido elegidos autores como Carlos Fuentes, Javier Marías, Ricardo Piglia y Enrique Vila-Matas. "Estos premios para mí son un aliciente. Quizá lo que hice no fue equivocado, significó algo para algunos lectores", comentaba a LA NACION en los jardines del hotel horas antes de subir al estrado para recibir la estatuilla (y el cheque de 50.000 euros que la acompaña).

El jurado presidido por Basilio Baltasar, director de la Fundación Santillana Cultura, había destacado que la obra de Manguel "constituye una de las más lúcidas indagaciones en la historia orgánica de la biblioteca universal".

El discurso, que tituló "Las lágrimas de Isaac", hizo honor al elogio, con un recorrido por sus lecturas, que no es otra cosa que la interminable búsqueda personal de una verdad.

"La lectura me ofrecía, y me ofrece aún, como espectador privilegiado, el reino de este mundo y de todo otro mundo imaginable, de manera más íntima y convincente que la realidad misma", señaló. Esas obras componen "una monstruosa cosmología de espejos" en la que está presente toda su biografía.

"Me reconozco en Caperucita Roja y su desobediencia civil, y no en la obediente Cenicienta; en las aventuras de Lazarillo, pero no en las del Cid; más en el algo torpe doctor Watson que en el agudo Sherlock Holmes; en Fausto más que en Orestes; y ahora, en estos últimos años, en el Rey Lear y su desesperada vejez, como antes me identificaba con sus hijas impacientes."

Citó a Stephen Hawking, en aquello de que la realidad existe, aunque no tengamos una teoría que la demuestre. "Estoy de acuerdo, salvo que para mí la prueba de realidad es la literatura", sostuvo.

Pero este Manguel, a sus 69 años, es algo así un escritor en pausa. Su función como director de la Biblioteca Nacional le impide casi escribir desde que asumió, el año pasado. ¿Y cómo vive un escritor que no escribe? "Hay un cuento de Edgar Allan Poe, que se llama «La verdad sobre el caso del señor Valdemar», donde un hipnotizador convence a un hombre que se está muriendo de hipnotizarlo en el momento justo de la muerte y mantenerlo vivo en ese momento. Así estoy yo", respondió en su diálogo con LA NACION en los jardines del hotel, mirando el Mediterráneo. Para otro momento quedan los proyectos de una historia de las utopías y una biografía de Maimónides.

Cuenta que el papel de administrador lo entusiasma -sobre todo el proyecto de poner a funcionar el Centro de Estudios Borges en la antigua sede de la calle México- y también le causa frustraciones. La mayor de ellas: la burocracia de la Aduana. "No entiendo cómo en las reformas que este gobierno ha hecho no ha podido cambiar esas leyes absurdas que instaló el gobierno kirchnerista para impedir la entrada de libros al país", dijo.

El autor de Una historia de la lectura todavía atraviesa la extrañeza de vivir en la Argentina, después de más de 40 años de vida nómade por medio mundo. "Creo que tendríamos que reemplazar el Himno Nacional por Cambalache, que es nuestro verdadero himno nacional. Yo, a la Argentina de ahora la siento así." Tal vez sea una trampa de la memoria; la comparación con la Buenos Aires idealizada de su juventud. "Una ciudad de conversaciones, de ideas, donde se podía caminar tranquilo", recuerda. Es un nostálgico: "Lo soy porque me gusta la ficción. Construyo mis memorias a partir de lo que quiero recordar y entonces se fabrican geografías imaginarias que para mí son muy reales".

Manguel pasó el día entre colegas, editores, periodistas, lectores. Presenció una mesa redonda sobre su obra. Y terminó de pulir su participación de mañana en las conversaciones literarias que se celebran en simultáneo a la entrega del Formentor. Hablará sobre el capitán Nemo y 20.000 leguas de viaje submarino. Se toma como una misión personal reivindicar la figura de Julio Verne.

Había expectativa para oír su discurso, al anochecer. A sala llena, puso a viajar con su voz a los cerca de 500 invitados a la ceremonia. ¿Qué era eso que leía, un ensayo, un cuento, un manifiesto? Todos y ninguno. Un texto de Manguel, al fin. "Relatar, escuchar, escribir y leer son nuestras prerrogativas. No sabemos si en sus cantos las ballenas relatan experiencias comunes, ni si los gestos de los leones marinos añaden matices personales a los ladridos genéricos de la especie, pero la mayoría de los científicos arguyen que la invención de historias es un arte propio del ser humano."

Entre los infinitos cuentos de su biblioteca autobiográfica, Manguel destacó uno que lo indigna. La historia de Abraham y la orden que le da Dios de sacrificar a su hijo Isaac. "Un dios que exige tal acto no merece para mí ni veneración ni respeto, y si fuera el personaje de una novela lo calificaríamos de deleznable."

Recordó entonces un libro que encontró por azar en una librería de Nueva York con un largo poema griego del siglo XVI donde se reescribe el relato bíblico. En él, Isaac -creyendo su destino inevitable- le pide al padre que lo abrace dulcemente para matarlo. "Así podrás ver mis lágrimas y escuchar mis ruegos". Para Manguel, eso es lo que hace la literatura: "Nos permite contar nuestra ancestral experiencia de tantas maneras como sea necesario, para poder leer en esas ficciones, aunque sea imperfecta y oscuramente, lo que sospechamos es la verdad".

"Construyo mis memorias a partir de lo que quiero recordar y entonces se fabrican geografías imaginarias que para mí son muy reales"

"Estos premios para mí son un aliciente. Quizá lo que hice no fue equivocado, significó algo para algunos lectores"

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