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Pobreza y crecimiento económico

Eliminar impuestos al trabajo y tornar más eficiente el sistema tributario son requisitos para que comience a cerrarse la brecha social y disminuyan los pobres

Sábado 23 de septiembre de 2017
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Mucho se ha hablado de la necesidad que tiene el país de crecer y en qué niveles debería hacerlo para que en un lapso de muchos años disminuya la pobreza, que se encuentra en torno del 32% de la población, y comience a cerrarse la brecha social.

Si el actual gobierno nacional aspira a concretar la meta ideal de "pobreza cero", deberían debatirse también las formas de combatir el drama de la pobreza estructural o profunda que padecen ocho millones de argentinos.

Las autoridades aún confían en que el año en curso cierre con un crecimiento económico del 3%. La Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) destacó los logros "conseguidos hasta la fecha por el completo programa de reformas macreconómicas y estructurales implantado por el gobierno", mientras que organismos como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyectan un crecimiento del 2%, y del 2,4%, respectivamente.

Para el economista Miguel Bein, los datos disponibles indicarían que no se podrá crecer a más del 3% anual a largo plazo, dificultándose así la solución de los problemas sociales que enfrenta el país. Según Bein, se necesitaría un 4 o 5% anual de crecimiento para paliar el déficit social.

A juicio de su colega Daniel Artana, un crecimiento que supere el 3% requeriría un Estado más pequeño y eficiente, además de políticas laborales adecuadas a la realidad.

Por su parte, Ricardo Arriazu destaca la recuperación de la economía y menciona el crecimiento de la inversión y el empleo y la baja de la inflación, aunque observa que no mejoran las cuentas fiscales y se deterioran las externas. Para él, los impuestos al trabajo son muy elevados en comparación con los de otros países, y un cambio en el sistema tributario "inequitativo e ineficiente" es esencial para que disminuya la pobreza.

En el plano internacional hay casos interesantes como el de Uruguay, con un crecimiento bajo, pero constante que se verifica desde hace ya 14 años, el período de mejora del ingreso nacional más fuerte de su historia. Allí, la pobreza se redujo a niveles del 9%.

Pero una economía en expansión no genera automáticamente por sí sola una disminución de la pobreza. De ahí la importancia de incrementar la protección social.

Uno de los mayores desafíos para nuestro país será el de combatir la pobreza estructural, que es la que se mantiene pese a las fluctuaciones económicas. Más allá de una mejora pasajera que se verificó en 2015, esa pobreza profunda ha vuelto a agravarse y hoy afecta a ocho millones de personas.

Así lo determinó el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la UCA, que periódicamente mide el nivel de esa pobreza a partir de las carencias observadas en materia de alimentación segura, cobertura de salud, servicios básicos en conexión con la red de agua corriente, vivienda digna, recursos educativos, afiliación al sistema de seguridad social y acceso a las comunicaciones y a la información.

Los pobres estructurales son aquellos que, según el ODSA, no tienen acceso a por lo menos tres de esos rubros desde los últimos 15 años.

Para el ODSA, la medición de la pobreza realizada partir de los ingresos, si bien necesaria, resulta insuficiente si se basa exclusivamente en ese factor. De ahí la incorporación de las otras dimensiones. Por sí sola, la inseguridad alimentaria afecta nada menos que a seis millones de personas.

La pobreza es muchas veces un resultado de malas políticas; esto es, de trabas al proceso productivo mantenidas por razones políticas. Por lo tanto, no es una fatalidad sino algo evitable.

Mucho se ha avanzado si recordamos que el anterior gobierno no reconocía el incremento de la pobreza y por eso había dejado de medirla, condenándola así a la inexistencia e invisibilizando a los pobres, la peor forma de segregación. Las mediciones oficiales se reanudaron a partir de fines de 2015, luego de ocho años de manipulación de las estadísticas.

Es evidente que el problema merece una atención prioritaria y la búsqueda de soluciones que eliminen las trabas que avivan el drama del hambre, inadmisible en un país productor y exportador de alimentos.

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