Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

La precariedad laboral, el lado oscuro de la exitosa política económica de Merkel

Es el caldo de cultivo para la extrema derecha en las elecciones de mañana

Sábado 23 de septiembre de 2017
SEGUIR
LA NACION
Foto: LA NACION

BERLÍN.- En las cocinas de un restaurante berlinés va de puesto en puesto. A veces lava los platos, otras prepara las legumbres. Cuando tiene libre, dos noches por semana, hace de sereno hasta las siete de la mañana en un estacionamiento de su barrio. Dieter Schimann trabaja de sol a sol a pesar de sus 73 años. Hace mucho que se jubiló, pero está obligado a seguir trabajando para completar su minúscula pensión de 870 euros por mes.

"Tengo que ajustarme el cinturón. Porque después de todo lo que pago cada mes, no me queda gran cosa de mi jubilación", explica.

En el restaurante y en el estacionamiento, Dieter ejerce los llamados minijobs, contratos precarios de 40 horas mensuales. Lo llaman -a veces más, a veces menos- en función de las necesidades. En resumen: una vida de esfuerzo, en vez de un descanso bien merecido.

Pero Schimann no es la excepción. En Alemania, cuarta potencia económica mundial y primera de Europa, la jubilación promedio es de 1100 euros, y con frecuencia mucho menos. Casi un millón de jubilados se ven obligados a trabajar para sobrevivir: 30% más que en 2005, cuando Angela Merkel llegó al poder.

La arrogante opulencia alemana oculta la cruel realidad de un mercado de trabajo frágil, que afecta sobre todo a jóvenes, ancianos y a los sectores menos formados de la población para adaptarse a las nuevas evoluciones tecnológicas.

En un país donde la tasa de desempleo llega al 5,7% de la población activa, según el instituto estadístico oficial Destatis, hay 7,6 millones de trabajadores precarios -una de las tasas más elevadas de la Unión Europea-, mientras el 45% de las contrataciones realizadas en 2016 fueron de corta duración.

Ese fenómeno es el resultado directo de las llamadas reformas Hartz IV. Esa política de flexibilización, adoptada entre 2002 y 2005 durante el gobierno del canciller socialdemócrata Gerhard Schroeder, modificó las leyes de trabajo y transformó el mercado laboral, permitiendo -en verdad favoreciendo- el surgimiento de millones de trabajos a tiempo parcial. Ese tipo de empleos escapan al perímetro de influencia de los sindicatos y tampoco gozan de los beneficios de las convenciones colectivas, como los aumentos salariales.

El aspecto más criticado de esas reformas son justamente los minijobs: 2,5 millones de personas sobreviven gracias a esos "contratos de actividad reducida" (menos de 12 horas semanales) pagados 8,84 euros por hora y limitados a 450 euros por mes.

Por su flexibilidad ideal, ese tipo de tareas se adapta perfectamente a las necesidades del comercio, los servicios de limpieza y el sector de la hotelería y la restauración. Para los empleados como Schimann, en cambio, la situación es más complicada: además de la inestabilidad, muchos de esos "perdedores del modelo alemán" -como se los define habitualmente- están obligados a acumular dos o tres trabajos para poder vivir en forma precaria.

"Las reformas de los últimos 15 años condujeron a fortalecer Alemania económicamente. El tercio superior de la sociedad disfruta con creces de los beneficios. El tercio medio también, gracias al escaso desempleo. Pero el tercio inferior no sólo percibe magros ingresos y pensiones; también debe pagar mayores alquileres porque el corazón de las ciudades se encarece cada vez más. Sólo basta observar el número de menores pobres en una ciudad pujante como Fráncfort (30%)", señala Philip Stielow, vocero de la VDK, la mayor obra social del país.

Alemania tiene cada vez más niños Hartz IV, eufemismo que reemplaza la palabra "pobre", estigma impronunciable en el país. Según el gobierno federal, la tasa de pobreza aumentó seis puntos entre los jóvenes nacidos en los años 80, en relación a la década anterior. Hoy, el 14,7% de los chicos alemanes vive bajo el umbral de pobreza.

Para mitigar una parte de los efectos perversos de esa situación, el gobierno de Merkel adoptó en 2015 el salario mínimo, que no existía en el país. Desde el 1° de enero de 2016, la remuneración laboral es de 8,84 euros por hora lo que significa 1473 euros mensuales por una actividad mínima de 40 horas semanales.

Esa precariedad, caldo de cultivo de una sólida extrema derecha en el país, será sin duda uno de los factores que más incidirán en la decisión de los electores cuando acudan mañana a las urnas.

"Cuando hay decenas de miles de inmigrantes que no consiguen integrarse, que el 30% de la población es Hartz IV y no consigue siquiera comprar una entrada de cine para sus hijos, obligatoriamente se alienta a la extrema derecha", afirma Philip Stielow.

Cuando era estudiante, tuvo como condiscípula a Frauke Petry, la ex líder de la populista y xenófoba Alternativa para Alemania (AfD): "Nunca imaginé esto. En aquella época estábamos convencidos de que el país estaba inmunizado contra el nazismo", confiesa.

Hoy, la AfD tiene el 13% de intención de voto, cifra que seguramente la llevará al Parlamento, por primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Pero no serán los precarios como Dieter Schimann quienes inclinarán el plato de la balanza el domingo contra Merkel. Lejos de esa cara oscura del modelo, el 59% de alemanes están convencidos de que el país "va en la buena dirección" y el 77% considera que su situación económica personal mejoró en los últimos dos años.

Te puede interesar