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La novela de la imposibilidad absoluta

Domingo 24 de septiembre de 2017
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LA NACION
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Cuando Antonio Di Benedetto anotó la dedicatoria de Zama ("a las víctimas de la espera"), dio en realidad la clave de una poética que iría más allá de esa novela. Publicada en 1956, Zama inicia una trilogía que completan El silenciero y Los suicidas. En todas ellas hay una variedad de la espera. Zama, en particular, lo deja en claro ya en su primera línea. "Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría." Una de las razones por las que resultaba hasta ahora imposible imaginar un correlato cinematográfico de Zama era precisamente porque parecía imposible filmar una espera sin expectativa, una espera sin suspense.

En el prólogo que escribió para la trilogía de las tres novelas, Juan José Saer decía: "En la escena final de Zama, el sublime «No morir aún» expresa menos la esperanza de prolongar la vida [...] que la certidumbre de seguir padeciendo el desfile sin fin de pérdidas y humillaciones". Saer no lo dice, pero podemos decirlo nosotros: Di Benedetto fue nuestro Beckett. Pero volvamos a Zama: año 1794 de la ficción. "Había nacido anciano y no podía morir -leemos-. Su soledad era atroz. Aciaga." Los personajes de Di Benedetto son avatares de la imposibilidad: de la imposibilidad de ser personajes y de la imposibilidad de no serlo. Zama es una aventura, pero una aventura de la sintaxis: una ética del laconismo.

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