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Lanzamisiles de juguete y esculturas de átomos, en la vida diaria en Pyongyang

La capital del hermético país está impregnada de referencias al plan armamentístico de Kim

Domingo 24 de septiembre de 2017
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The Wall Street Journal Americas
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En la estación central de Pyongyang, los carteles ensalzan las pruebas de misiles del régimen
En la estación central de Pyongyang, los carteles ensalzan las pruebas de misiles del régimen. Foto: AFP / Ed Jones

PYONGYANG.- Las ambiciones nucleares de Corea del Norte están grabadas en el paisaje de Pyongyang, capital del país y vitrina para el mundo. La nueva torre de departamentos construida para los científicos nucleares está coronada por una gigantesca escultura de un átomo, la misma imagen que adorna puentes, postes de alumbrado y fachadas de edificios.

La imaginería de la bomba colorea la vida cotidiana. En un orfanato, los chicos juegan con vehículos lanzacohetes de plástico y no con camioncitos. Hay negocios que venden estampillas conmemorativas del misil balístico intercontinental y panaderías que ofrecen tortas que tienen figuritas de cohetes en su torre de lanzamiento, a punto de despegar.

Durante una reciente visita, el periodismo internacional pudo comprobar que la estética atómica de la ciudad refuerza el mensaje que los funcionarios del gobierno les repiten insistentemente a los reporteros: Corea del Norte no abandonará sus armas nucleares bajo ninguna circunstancia y está dispuesta a sufrir las sanciones económicas y el riesgo de una guerra con Estados Unidos para conservarlas.

"Ya es tarde, ahora hemos crecido", dice Ri Yong Pil, vicepresidente del Instituto de Estudios sobre Estados Unidos, una dependencia del Ministerio de Relaciones Exteriores norcoreano. "No nos interesa un diálogo que implique un socavamiento del nuevo estatus estratégico que logramos alcanzar."

La delegación periodística viajó a Pyongyang para una visita estrictamente controlada entre el 14 y el 19 del actual, en momentos de una creciente tensión entre Estados Unidos y Corea del Norte, una de las dictaduras más salvajes y aisladas del mundo. El segundo día de la visita, el régimen del joven Kim Jong-un lanzó un misil balístico que sobrevoló Japón. Horas después de la partida del grupo, el presidente Donald Trump juró "borrar a Corea del Norte del mapa".

Los dos afables diplomáticos angloparlantes que nos recibieron en el flamante aeropuerto internacional de fachada vidriada de Pyongyang eligieron un tono más mesurado.

Durante los siguientes pocos días, la serie de entrevistas oficiales supervisadas, visitas a los sitios históricos de la ciudad y los breves encuentros con un puñado de vecinos de Pyongyang parecieron indicar una inusual campaña de divulgación del gobierno para explicar la supuesta lógica que sostiene su programa de armas nucleares. Los viajes oficiales del periodismo a Corea del Norte sólo pueden realizarse con explícita anuencia del Estado, y los visitantes son vigilados de cerca.

Los acompañantes oficiales permitían hablar con los vecinos que los periodistas encontraban en el camino, pero la traducción era hecha por norcoreanos y no quedaba claro si esas personas se sentían en libertad de expresar su opinión.

Apoyo

Hace mucho que Corea del Norte pelea por el primer puesto de las naciones más represivas del mundo. Durante la década de 1990, el país sufrió una hambruna que se cobró cientos de miles de vidas, mientras el gobierno seguía destinando recursos a los militares. Se cree que actualmente hay decenas de miles de norcoreanos que languidecen en los gulags y que el Estado no admite disidencia alguna. Oficialmente, Pyongyang niega la existencia de gulags y dice que garantiza los derechos humanos de todos sus ciudadanos.

En las entrevistas con empleados de comercios y otros trabajadores organizadas por el gobierno, todos dijeron que apoyaban el programa misilístico y se mostraron decididos a hacer los sacrificios que hagan falta si las sanciones internacionales ahogaran la economía del país.

Tras ver la transmisión televisiva del lanzamiento de un misil de pruebas, el encargado de un restaurante manifestó su orgullo por la creciente capacidad misilística de su país.

"Lograremos la victoria definitiva contra Estados Unidos", señaló el hombre. "Ojalá lanzáramos 20 o 30 misiles por día", añadió.

Varias personas, incluidos funcionarios de gobierno, expresaron su desconfianza hacia China, amiga histórica de Corea del Norte que siempre se negó a hablar de un cambio de régimen en ese país. Recientemente, Pekín apoyó los pasos dados por la comunidad internacional para profundizar las sanciones contra el régimen de Kim, y algunos vecinos de Pyongyang cuestionan la calidad de los alimentos y otros productos importados chinos.

La ciudad de Pyongyang lucía impecable. Recorrer el Museo de la Guerra de Corea, con sus paredes de mármol, supuestamente lleva cuatro días completos, pero la mañana de la visita no había una sola persona. Y en las amplias avenidas apenas había tránsito, a pesar de tratarse de una ciudad de tres millones de habitantes. En el servicio religioso de una iglesia protestante no había una sola familia norcoreana: sólo personas sueltas, en su mayoría mujeres mayores. El sermón fue una diatriba antinorteamericana.

La ciudad también está en etapa de rápido crecimiento, gracias al miniboom económico impulsado por el intercambio comercial con China. Kim, el líder supremo, agrega rascacielos de aspecto futurista, muchos de ellos construidos para los científicos y docentes universitarios, además de edificaciones como un parque acuático. La nueva biblioteca de ciencia y tecnología tiene laboratorios de computación conectados al sistema de Internet interno del país, que para la casi totalidad de los norcoreanos está desconectado de la web mundial.

La delegación de periodistas fue alojada en una lujosa mansión vidriada de mármol blanco en las afueras rurales de Pyongyang, y fue alentada a caminar libremente por el predio después de los largos de días de visitas y entrevistas. En dos ocasiones, un guardia armado con un rifle hizo retroceder a los periodistas hacia la residencia y puso fin al paseo.

La propaganda es ubicua, desde pósters y eslóganes antinorteamericanos hasta el repique constante de marchas patrióticas, a veces incluso con ritmo de rock. Las letras de las canciones exaltan a las tres generaciones de líderes del clan Kim.

Los carteles con información sobre plazos de terminación de las obras y con las fechas de la visita de autoridades al lugar son recurrentes en museos, en las instalaciones de un espectáculo de delfines, en una fábrica, en hospitales y en otros edificios.

Las elites parecen vivir bien. Un restaurante de sushi dirigido por un ex cocinero del fallecido líder Kim Jong-il sirve bandejas por 100 dólares. Un supermercado de la calle Kwangbok ofrecía productos que iban desde un té de producción local hasta whisky importado de Japón por 70 dólares la botella.

La gente juega a videojuegos en celulares de fabricación nacional, cada vez más ubicuos a pesar de estar desconectados de la web mundial. Los paneles solares florecieron en todo Pyongyang y puede vérselos en los balcones, como una fuente de energía alternativa para los individuos, que les permite no sufrir los frecuentes cortes de luz y, al mismo tiempo, alivian el suministro de energía provista por el gobierno.

Ri Song Ho dirige la fábrica Golden Cup Trading Co., que produce snacks, gaseosas y golosinas, incluida la torta con el misil listo para el lanzamiento. Ri dice que los duros años 90 lo inspiraron a producir más alimentos para esquivar las sanciones internacionales. "Desde chiquitos aprendimos a hacer que las cosas funcionen."

Al igual que todas las empresas del país, Golden Cup es propiedad del Estado. Ri señala que la política económica adoptada en 2013 les da más facultades a los gerentes como él para tomar decisiones, así como la libertad de vender los excedentes de producción directamente a los consumidores. La conversación con Ri derivó rápidamente de los snacks a la disuasión nuclear, y afirmó que la amenaza de una guerra se disolvería a medida que Estados Unidos comenzara a aceptar como un hecho consumado que Corea del Norte es una potencia nuclear.

Ejercicio de bombarderos de EE.UU.

En plena escalada de tensión entre Washington y Pyongyang por su plan nuclear, bombarderos de la fuerza aérea norteamericana sobrevolaron ayer aguas internacionales al este de Corea del Norte, en una demostración de fuerza que, según explicó el Pentágono, busca mostrar las opciones militares que dispone el gobierno de Donald Trump en la crisis.

"Es lo más al norte de la Zona Desmilitarizada que cualquier bombardero estadounidense haya volado ante la costa norcoreana en el siglo XXI, lo que destaca la seriedad con la que nos tomamos la actitud insensata [del régimen]", dijo la vocera del Pentágono, Dana White.

En tanto, el canciller norcoreano, Ri Yong-ho, advirtió ayer ante la Asamblea General de la ONU que su país está "a unos pasos de completar" su capacidad nuclear.

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