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Sin voz ni voto, sólo queda lugar para el debate interno y la impotencia

Domingo 24 de septiembre de 2017
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Acabo de enterarme de que tres familias amigas decidieron sacar a sus hijos de las escuelas tomadas y buscan alguna institución privada. Hace dos horas que sigo inmerso en un grupo de WhatsApp de padres del Colegio Nacional de Buenos Aires donde expresan desesperación, agobio y toda su incertidumbre. ¿Se levanta? ¿No se levanta? Hace dos semanas que no hay clases en las escuelas "tomadas". Alguien opina sobre influir en las votaciones de las asambleas para que los "chicos" recapaciten; otro le retruca que hay que apoyar a los "pibes" porque "defienden" la educación pública; el siguiente comparte una nota sobre un grupo de padres que quiere entablar una demanda contra los "tomadores"... grieta, grieta, grieta hasta el infinito. Y me pregunto: ¿por qué me tocó caer acá?

Aparecen en mi mente los ideales sarmientinos, mi propia experiencia en instituciones de todos los colores, el sueño de luchar por la educación para todos y también me mueve un poco el orgullo de ocupar un lugar de "resistencia" en esta comunidad educativa pública en plena descomposición.

Reconozco que es muy duro y triste. Año tras año, todo empeora. Tengo mucho rock en la sangre, pero esa cultura curtida en la adversidad no alcanza. Quienes miran desde afuera las interminables huelgas docentes, los conflictos y las protestas del alumnado suelen abrir juicios apresurados, ignorantes y sobre todo interesados de apoyo y rechazo, pero, estimados amigos dirigentes políticos, quisiera decirles algo, desde dentro de las familias todo tiene un único sabor: amargo.

Los padres vemos las aulas vacías (más allá de lo justo o no del reclamo) y a nuestros hijos solos en sus cuartos metidos en las pantallas o en la calle, sin poder ejercer su derecho pleno y "sagrado" a tener una educación como el resto de los que pagan un colegio privado. También discutimos entre nosotros por impotencia y vivimos en un limbo monopolizado por este tema, aunque hay que seguir trabajando, pagando impuestos... ¿De qué sirve discutir presupuestos educativos si ya casi la educación pública es una anécdota del pasado? ¿Por qué los que apenas tienen para comer deben "bancar" con sus impuestos a estos chicos de clase media que toman una escuela para tener una "enriquecedora" experiencia política? Son sólo algunas preguntas extremas (como la "toma") que uno empieza a hacerse con el paso de los días.

Sin voz ni voto, los padres naufragamos en los frustrantes chats y, cada tanto, los que toman el colegio nos invitan a una asamblea en la vereda donde un dirigente adolescente nos cuenta desde la altura de las escalinatas (un púlpito natural) cómo ellos a los 16 años van a definir la política educativa del país. Pero seamos sinceros: todo este acto político reedita la vieja política, desde la arenga y la monserga retórica hasta las amañadas asambleas a mano alzada donde una minoría decide por el resto (el voto secreto se "descubrió" hace siglos para evitar manipulaciones, ¿no?). Y así deciden continuar con una medida que además de exagerada y moralmente reprochable, hay que decirlo, es absolutamente ilegal. "Sin interpretar su época, terminarán como nosotros. Sus padres", me digo irónicamente. Entonces vuelvo a casa cansado y ese interrogante fatal regresa para atormentarme: ¿por qué caímos acá? Y un susurro interno me responde: por amor, puro amor.

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