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No deberíamos dejar "huérfanos" a los chicos

Domingo 24 de septiembre de 2017
PARA LA NACION
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Nadie a esta altura de los tiempos apelaría al "ninguneo" de los jóvenes como método para llevar adelante una política educativa. Pero eso no debiera significar el hecho de delegar en ellos una autoridad sobre las circunstancias que, claramente, no les corresponde.

Tenerlos en cuenta no quiere decir subordinarse a ellos. Tampoco aceptar y respetar su sensibilidad no significa otorgarles potestades que no condicen con su lugar de chicos.

No es lo mismo ser grande que no serlo. Los chicos son valiosos por ser, justamente, chicos, no por parecer grandes.

Las generaciones diferenciadas tienen un sentido, y es insano e injusto el hecho de pretender igualarlas. Es injusto dejar huérfanos a los jóvenes al tratarlos como grandes, como si hacer esto último significara, necesariamente, menoscabarlos o faltarles el respeto. Pensar que toda autoridad usará su poder perversamente (por lo que el único remedio es la oposición), es dañino y quiebra el vínculo de confianza que requiere todo proceso educativo.

Robarles a los chicos la posibilidad de serlo es cruel. Por eso, hay que pensar qué pasa en el mundo adulto para que las tomas de escuelas sean tan automáticas. Pareciera que ya no hubiera confianza en la palabra, sino en la acción de fuerza, como una forma de dirimir los conflictos. Claro que influye en la cuestión el cómo de la comunicación de las nuevas formas que adoptará la educación. Quizás fue demasiado abrupta y ajena a la sensibilidad de los receptores, pero eso (que deberá ser discutido por los adultos) no habilita a un trastocamiento de los lugares de cada uno.

Identificación

En relación a las diversas actitudes de los padres ante esta circunstancia, es importante que ellos sean leales a su actual rol y no tanto a los sueños de su antigua adolescencia a la que no desean traicionar.

Cuando los padres se identifican más con sus hijos que con su propio lugar en el tablero familiar, todo se complica, y los chicos terminan quedando huérfanos, a veces encuentran un mayor refugio en un estereotipado discurso ideológico (que pareciera darles respuesta para todo) o en la lisa y llana soberbia, ante la falta de referencia de parte de una generación mayor y más sabia, que tutele su accionar desde el rol que corresponde.

Los jóvenes no son mejores que los adultos por ser jóvenes. Decir que lo son es demagogia. La juventud ofrece savia esencial a la sociedad, frescura y ganas, pero no es el criterio sobre políticas educativas su punto fuerte.

El autor es psicólogo especialista en vínculos

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