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Integrarnos a la economía global

Lunes 25 de septiembre de 2017
PARA LA NACION

La estructura productiva influye sobre el desarrollo mediante múltiples canales: la creación de empleos y la equidad, la generación de divisas, la productividad agregada y la sustentabilidad. En consecuencia, cuando se toman decisiones de política que impactan sobre esa estructura hay que prever las posibles consecuencias sobre aquellas dimensiones.

Gran parte de los economistas argentinos coinciden en el objetivo de profundizar el grado de integración del país en la economía global a través de la firma de acuerdos con nuevos socios y la reducción del nivel de protección que hoy tienen algunos sectores productivos. Las divergencias giran en torno a los tiempos y las secuencias del proceso de apertura.

Foto: LA NACION

Cerca del 70% de nuestras exportaciones están basadas en recursos naturales, y mayormente consisten en bienes poco diferenciados o con escaso grado de elaboración. Así, la disponibilidad de divisas para importar los bienes y servicios que demanda una economía en crecimiento queda atada a la volatilidad de los precios de las commodities, a la vez que se desaprovechan las posibilidades de generar derrames e incrementar el valor agregado local en la explotación de esos recursos.

En 2016, las exportaciones estuvieron en el mismo nivel de 2005. ¿Cómo salir de este estancamiento? La Argentina puede elevar su capacidad exportadora en los sectores tradicionalmente competitivos si se logran acuerdos que mejoren el acceso a terceros mercados. Pero la evidencia comparativa y la teoría sugieren que se requiere diversificar y elevar la "calidad" de la canasta exportadora.

Los últimos grandes "descubrimientos" exportadores han sido el biodiésel, el vino, los automóviles (en el marco del comercio administrado con Brasil) y los servicios basados en conocimiento (software, servicios empresariales, ingeniería, etc.). ¿Qué actividades son candidatas a ser los nuevos descubrimientos que ayuden a mover la "aguja" exportadora en un escenario donde el comercio global crece con más lentitud que en el pasado y hay una mayor propensión al proteccionismo?

Del otro lado del mostrador hay sectores en peligro de achicamiento serio si la Argentina ingresa en un proceso de mayor apertura. Esos sectores son, en general, altamente intensivos en empleo, y una parte sustancial de ese empleo es de bajo o medio-bajo nivel de calificación y se concentra en zonas urbanas donde existen serios problemas de pobreza.

Trabajos recientes para Brasil y Estados Unidos muestran que los efectos sobre el empleo de la exposición a las exportaciones chinas son importantes y persistentes en las regiones donde se localizan las industrias afectadas; los trabajadores desplazados ven reducidos sus ingresos y posibilidades de empleo. Nada hace suponer que en el caso argentino los impactos sociales y políticos sean diferentes.

No se trata de proteger a los empresarios, sino a los trabajadores. Aunque existieran recursos públicos para sostener a estos últimos, eso no haría más que profundizar la ya preocupante división de la sociedad entre los "con" y "sin" trabajo, que tiende a perpetuarse intergeneracionalmente.

Hay políticas públicas que pueden beneficiar a ambos tipos de sectores, los potencialmente "ofensivos" y los "defensivos": por ejemplo, mejoras en logística e infraestructura o una menor presión impositiva (donde el margen de acción no es amplio, dada la conocida situación fiscal). Más y mejor capital humano y mayores recursos para innovación también ayudan, aunque sus impactos positivos no son inmediatos.

Estas políticas transversales deben ser acompañadas de iniciativas "micro" (políticas de desarrollo productivo) que ayuden al proceso de descubrimiento de nuevas actividades exportadoras y a una transición o reconversión suave de los sectores amenazados por la apertura, acompañada de metas y compromisos creíbles. Se requieren procesos de diálogo donde se identifiquen oportunidades y desafíos, se acuerden herramientas para afrontarlos y se diseñen políticas basadas en evaluaciones costo-beneficio rigurosas.

El Gobierno parece entender que el gradualismo, aquí como en otras áreas, es condición para la sostenibilidad social y política de las reformas e incluso para su éxito económico en el largo plazo. Hay excelentes razones para seguir este camino a poco que recorramos no sólo la evidencia internacional, sino también nuestra propia historia.

Doctor en Economía, investigador del Conicet y consejero presidencial Argentina 2030

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