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River pasó del recital de la Copa a desafinar ante un Argentinos que le apagó las luces

Aunque había ocho titulares de la goleada a Wilstermann fue otro equipo, confuso y embotado; y el rival también fue otro: compacto y atrevido para jugar de igual a igual

Lunes 25 de septiembre de 2017
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LA NACION
Foto: LA NACION / Mauro Alfieri

Se gastó todo River el jueves, no le sobró ninguna jugada luminosa. Se vació en una noche lluviosa y no le quedó más que la reserva del tanque para sobrellevar a duras penas los 90 minutos de un domingo primaveral. Un combustible insuficiente para llegar a destino, a otro triunfo. Se quedó a mitad de camino, en un empate que no puede despreciar porque no hizo más para una recompensa mayor.

Penó tanto por el gol que 72 horas antes convertía con los ojos cerrados que necesitó que el árbitro Abal no advirtiera que Scocco se ayudó sutilmente con un brazo para acomodar una pelota que luego pegó de manera más ostensible en el del colombiano Saiz. Un mísero penal como sucedáneo de un festival de fútbol y goles.

El fútbol no espera, es muy demandante y exigente, los exámenes son continuos. No admite la relajación y el carácter transitivo está lejos de ser infalible. La máquina de un día puede chirriar al siguiente. Es cierto que no hay dos partidos iguales, un axioma que ayer quedó una vez más comprobado. Pocas cosas menos parecidas entre el 8-0 a Jorge Wilstermann -partido que igualmente no dejó de ser una rareza y una excepción por la instancia internacional que se jugaba- y el desabrido 1-1 contra un buen Argentinos.

No sólo hubo otro River, diferente, menos lúcido, con tendencia a descompensarse, con piernas más pesadas, mentalmente moroso para resolver el enigma rival. También enfrente tuvo otra clase de adversario. Una oposición para nada asustadiza ni impávida por el desafío. Y eso que Argentinos llegaba al Monumental anímicamente golpeado, no tenía detrás la vitamina de un 3-0 que al equipo boliviano no le sirvió ni para impacientar a River.

El Bicho desembarcaba con las dudas que le entran al cuerpo cuando se pierden dos partidos que se van ganando (ante Patronato y Belgrano). Con bajas por lesión (Ré, Benítez) y con un técnico que empezaba a quedar mal parado ante el legado de Gabriel Heinze. Pero Alfredo Berti se la jugó no sólo con el debut del arquero Chaves (1,75m, lejos de un físico imponente), sino también con un planteo atrevido, dispuesto a pelearle la iniciativa a River y a recuperar la pelota lejos de su área para no perder tiempo en ir a atacarlo.

Gallardo mantuvo a ocho de los titulares que trituraron a Wilstermann. También el esquema de tres zagueros, con la inclusión de Barboza por un Maidana que a estas alturas necesita de más 72 horas para reponerse de un partido. La verdad fue que River nunca se sintió cómodo ni dominante. La línea de tres quedaba muchas veces mano a mano con los tres delanteros de Argentinos. El wing derecho Cabrera abría grietas con su velocidad y decisión para encarar. Auzqui no se podía dedicar exclusivamente a atacar como lo había hecho el jueves; debía retroceder y hacer coberturas defensivas para que Montiel no quedara tan solo. Del otro lado, el juvenil uruguayo Saracchi, que había dejado una buena impresión contra Banfield, quedó flotando a media agua: no fue lateral para marcar ni rompió en ataque. Sólo salió de la hibridez con una escalada en el segundo tiempo y un buen centro que conectó Scocco y tapó Chaves. Lo poco que le quedó al quíntuple goleador del jueves no lo transformó en oro. Todo fue tan distinto que hasta le erró a una pelota dentro del área.

Argentinos no se desmoralizó ni en desventaja, cuando River amenazó con las combinaciones de Nacho Fernández, Pity Martínez y Enzo Pérez. Seguramente para ahorrarle energías que no le sobraban, Fernández jugó más adelantado, sin tanto despliegue, buscando las espaldas de los volantes adversarios. Alguna jugada del 8-0 le quedaba a River en su disco rígido. Una buena asociación entre Nacho y Enzo terminó con el remate del ex Valencia que dio en un poste. Hubiese sido el 2-0, una diferencia que River necesitaba para descansar desde el resultado, ya que por el juego no tenía mucho respiro.

Argentinos se rebeló contra la derrota y alcanzó el empate con una maniobra muy bien tejida a partir de una pérdida de Scocco y un cruce al que Montiel llegó tarde; Romero habilitó a González, que definió ante Lux sin ponerse nervioso.

Estaba claro que River requería cambios, pulmones más frescos. Gallardo no varió su costumbre de no hacer modificaciones en el descanso. Después del cuarto de hora y en un lapso de ocho minutos mandó a la cancha a Rojas (siempre criterioso con la pelota y tácticamente ordenado, aunque no haya podido influir decisivamente en el desarrollo), De la Cruz (algunos grados por debajo de la temperatura que tenía el partido) y Borré (salvo que le armen la jugada para el toque final todavía le queda grande el papel de agitador, de delantero que cambia el curso de los hechos).

Empujó River con lo poco que le quedaba y Argentinos, que había hecho un gran desgaste, por unos momentos sintió que no estaba para discutir de igual a igual. Fue un empate lógico y asimilado sin tremendismo en las tribunas, más agradecidas por el recital del jueves que por la desafinación del domingo.

Ese jueves que River fue la versión futbolística de los All Blacks, ayer presentes y agasajados en el Monumental, y luego testigos de un River al que la pelota se le hizo ovalada.

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